Opinión · La realidad y el deseo

Las guerras del fútbol

España jugó como un reloj contra Suiza. Movió el balón igual que un equipo europeo de máxima calidad. La maquinaria, entendida como una inteligencia conjunta, hizo que el balón sólo circulase en un sentido. Después vino la derrota. Los suizos, movidos por la furia, provocaron una jugada poco metódica. Un jugador llamado Gelson Fernandes, de hiriente estirpe ibérica y ojos tomados por la sorpresa, nos dio la puntilla. Siempre llegamos tarde. Hemos aprendido a hacer un fútbol calculador cuando la furia está de moda en el norte.

Sí, siempre llegamos tarde. Es el sentimiento que se apoderó de Francisco Ayala en Recuerdos y olvidos (1906-2006), al evocar su viaje a Alemania en 1929. Alemania era una asignatura que debía cursar cualquier intelectual progresista español nacido después del krausismo. Como discípulo de Ortega y Gasset, Ayala fue a Berlín en busca de la modernidad universitaria de los estados liberales. Se sorprendió al descubrir que al final de los años veinte ya no había muchas diferencias con una España que por fin rozaba el espíritu moderno de la política y la cultura. Si nos olvidamos de unos enormes travestis que salieron a su paso en la Friedrichstrasse, figuras más propias del esplendor decadente de Berlín que del tradicional espíritu alemán, poco podía sorprender a un joven acostumbrado a vivir en Madrid. Bueno, algo sí: el ascenso del nazismo y la consolidación de las lecturas totalitarias de la Modernidad. España llegaba a la democracia cuando los estados liberales se descomponían en un nuevo orden mundial.

Nuestra falta de puntualidad fue una desgracia. Alcanzado por fin en 1931 un Gobierno democrático, Hitler y Mussolini se aliaron con Franco para explicarnos en un sermón agresivo otro tipo de modas. La diplomacia británica se puso también a trabajar para explicarle al mundo que la democracia sí era cosa suya, pero convenía que el fascismo triunfara en España para evitar los peligros de sus inclinaciones izquierdistas. El excelente libro de Ángel Viñas, El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin (Crítica, 2008), pone el alma en los pies y la conciencia en los ojos. Más allá de la catadura moral de Stalin, que comprendió la necesidad estratégica de defender el orden democrático en España mientras convertía su país en un campo de concentración, el verdadero espectáculo de cinismo lo dio Churchill con una política calculada para favorecer la victoria de Franco y el apoyo a las crueldades de su dictadura.

Los ingleses, inventores del fútbol, favorecieron así que los niños españoles de la posguerra aprendiesen a jugar en unas calles prehistóricas. La famosa furia española, ese bajar la cabeza y salir disparados a la portería contraria, se debe a que las calles, poco acostumbradas a los coches, estaban llenas de piedras. Al fútbol se jugaba sin poder levantar la cabeza, mirando al suelo, para evitar un tropezón. El primer coche aparcado en mi barrio tardó poco en llamarse La marrana. El dueño, cada vez que los niños le dábamos un balonazo, salía al balcón para gritarnos que no le “jodiésemos la marrana”.

Llegó la democracia, y con ella la entrada en Europa, y las ayudas económicas, y los polideportivos, y las nuevas infraestructuras, y los monitores, y las porterías con red. Las cajas de cartón, los abrigos en el suelo y los charcos desaparecieron en el olvido. Unos niños bien alimentados aprendieron a jugar al fútbol sin temer a las piedras o a los ingleses. El masculino dio paso al femenino, el rojo a la roja, y los sueños políticos más ambiciosos se disolvieron en el orgullo suave de una selección capaz de instalarse en la Europa del bienestar. Nuestros jugadores son perfectos como un reloj socialdemócrata. Pero las manos malditas de la historia han retrasado nuestro reloj. Siempre llegamos tarde. Ahora se lleva en Europa la furia del neoliberalismo. Nos ha durado poco la felicidad.
No soy pesimista. Ya estamos, por lo menos, en el mismo campo de juego, aunque ingleses y alemanes sigan dando la lata con sus manipulaciones económicas. Cuando algo bueno vuelva a ocurrir en el mundo, navegaremos en el mismo barco que los demás países europeos. No sé cómo va a ser, pero algo tendrá que pasar. Ganaremos el próximo partido. Y confieso que estoy enamorado de una mujer que siempre llega tarde.