La realidad y el deseo

El derecho a tener un problema

En situaciones de crisis internacional conviene recordar el derecho de los países a tener un problema particular. La creación de una comunidad no puede basarse en el olvido de las individualidades, sino en el apoyo de la convivencia. El problema más importante de España es el paro. Lo natural sería que todas las medidas estuviesen destinadas de forma urgente a generar empleo y a evitar la pérdida de puestos de trabajo. Pero está ocurriendo lo contrario. Se invoca la tragedia del desempleo para adoptar decisiones que apagan la economía productiva y el consumo. España es víctima de una paradoja: se aumenta el paro en nombre de la lucha contra el desempleo.

Soportamos reformas que sirven para despedir trabajadores con facilidad, cambios institucionales que desembocan en el despido de funcionarios, recortes en las inversiones públicas que paralizan la creación de nuevos puestos de trabajo y ahorros tajantes en servicios sociales que suponen la no renovación de contratos. La lucha contra el paro está dejando en la calle a muchos trabajadores.

Un disparate así sólo puede tener una explicación: tomamos medidas según la conveniencia de otros. Empieza a ser razonable la sospecha de que en Europa se han impuesto una economía y unas relaciones políticas de carácter imperialista al servicio de Alemania. Entre la metrópoli y sus países dependientes funcionan ya códigos de dominio muy parecidos a los que Moscú estableció con los países del Este o Washington con algunos gobiernos títeres de Latinoamérica.

Este proceso no es una sorpresa. Mientras se nos pedía con demasiada imprudencia que aprobásemos falsas constituciones europeas, hubo voces críticas que denunciaron el disparate de crear una Europa sin Estado. Los partidos socialdemócratas dieron su consentimiento a inercias que los condenaban a la inutilidad. El derecho a un puesto de trabajo se cambió por el derecho a buscar trabajo. Los servicios públicos se supeditaron a que no hubiese empresas privadas dispuestas a hacerse cargo del negocio. El poder político, la soberanía ciudadana y el Parlamento se convirtieron en una farsa. Ahora sufrimos las consecuencias. Como si regresásemos a los tiempos del despotismo, por encima de ciudadanos y de parlamentos, una líder alemana refunda Europa. El papel otorgado a Francia parece más una ayuda electoral a Sarkozy que un pacto real de fuerzas.

El paro ocupa un lugar menor en este panorama de refundación neoliberal y de desmantelamiento del Estado. El papel de nuestros dirigentes se limita a cumplir los deberes impuestos por el capitalismo alemán. Basta con el sentido común para comprender que las medidas adoptadas hasta ahora sólo han servido para generar desempleo. Apostar por la flexibilidad laboral es confundir el papel de los empresarios. Parece que deberían ser hermanas de la caridad dispuestas a contratar más si el mercado no se lo impidiese. Pero no es verdad. Los empresarios crean trabajo cuando tienen posibilidades de ganar dinero. El papel del Estado consiste en facilitar sus negocios y en evitar que lo hagan a costa de una explotación injusta de los demás. Ni los recortes en las inversiones públicas, ni la degradación de los derechos laborales, ni el deterioro de la presión fiscal, sirven para crear empleo. Los puestos de trabajo, la viabilidad de las pequeñas y medianas empresas y la energía social dependen del consumo y de la economía productiva, precisamente los factores que se han sacrificado en el altar de la especulación.

Para que el dueño de un bar contrate a un camarero hacen falta dos cosas: primero, que aumente la clientela; después, que no pueda obligar al camarero que ya tiene, con amenaza de despido, a desempeñar por el mismo sueldo el trabajo de dos. Las medidas que se han tomado van en la dirección contraria. Hoy la gente tiene miedo a consumir y a ser despedida.
La renovación de la izquierda necesita algo más que una recolocación de dirigentes. Si el PSOE no quiere perder también las elecciones andaluzas, debería apresurarse a cambiar de política y a explicar a los votantes que han comprendido que España tiene un problema particular, el paro, y que va a solucionarlo, aunque eso suponga discutir en serio de política con la derecha neoliberal española y alemana.