Opinión · La realidad y el deseo

Un realismo sin hechos

Decir que el descrédito generalizado de la política en España es culpa de los políticos puede parecer una simpleza, una verdad de Perogrullo. Pero conviene hacer alguna matización. No basta con afirmar que unos políticos sectarios, burócratas de la demagogia y la mentira, dan mala imagen. Hay algo más grave: la farsa diaria parece interesada en ocultar otra realidad política que también existe en España. Conozco muchos políticos que son un ejemplo de entrega, sinceridad y pulso ético. Desconocer su trabajo y su realidad cotidiana favorece a los que pretenden negar que resulta posible una dignificación de la política.

Es lógico que los ciudadanos estén desorientados. Al hilo de los recortes en la inversión pública y de la reforma laboral, han asistido a una representación de teatro vanguardista, una de esas meditaciones sobre la identidad donde los hombres salen del biombo vestidos de mujer y la luna se convierte en un pez volador. Una voz socialdemócrata declara que no aprueba determinadas medidas por convicción ideológica, sino por responsabilidad. La oposición conservadora, para no ser menos, critica con dureza y luego vota con una abstención hipócrita que sólo sirve para asegurar el consenso en favor de unos vientos que se integran a la perfección en su programa. Los actores obtienen una ventaja coyuntural en la farsa política: como estrategia electoralista, ocultan el pacto real firmado entre los grupos para facilitar un giro neoliberal en España. Se trata de enmascarar un incómodo pacto de Estado. Pero el mensaje que se envía a los ciudadanos es desolador. Las convicciones y la responsabilidad, las creencias y los hechos están obligados a vivir en habitaciones separadas. Algo así como una ética de la farsa.

Extraño teatro. Y aclaremos también que no es extraño porque el poder sea teatral, ya que durante mucho tiempo nos regimos por una concepción descendente del poder que convirtió la vida en un sueño. Un dios invisible hizo del mundo un gran teatro. Nada tenía consistencia más allá de su voluntad en la definición sacralizada de la historia. Las sociedades modernas necesitaron una concepción ascendente de la vida, desde el pueblo a la política. Y así se justificó el realismo como ética basada en la observación y la experiencia. Lo extraño es que la responsabilidad actual de los gobernantes se basa en un realismo sin hechos, que tiene muy poco que ver con nuestras observaciones y nuestras experiencias. También es extraño que se admita una nueva concepción descendente del poder. En vez de representar la voluntad de los ciudadanos, las autoridades tienen por misión anunciar al pueblo la clase de sacrificios que esperan los de arriba. Lo que antes era una práctica sigilosa, ahora se acepta como orgullo teórico. Es buen político quien sabe obedecer a los nuevos dioses, haciendo aquello que no quiere.

Hablando de Dios, es el momento de aludir al FMI. ¿Alguien ha visto alguna vez que una presión del FMI sirva para dignificar la vida de los ciudadanos de un país? ¿Alguien ha visto que los recortes tajantes en la inversión pública, como ética del tijeretazo, sirvan para democratizar la economía? ¿Es que alguna de las reformas laborales impuestas en España ha servido para crear empleos dignos y cambiar un sistema productivo enfermo? Miro, observo en mi experiencia, toco la llaga de la realidad y veo que los contratos basura, más que crear empleos rápidos, han servido para facilitar el desempleo en épocas de crisis y para generalizar la precariedad en las condiciones laborales. Me temo que la sensatez del pragmatismo invocado una y otra vez se basa en un realismo sin hechos.

Ese realismo sirve, por el contrario, para borrar los hechos de la realidad en una Europa sin Europa y en un mundo sin mundo. Hay en Europa más de 72 millones de pobres, una legión famélica excluida de las sensatas preocupaciones económicas al servicio de los mercados financieros. No es un panorama terrible si lo comparamos con el resto del mundo. ¿Y qué más? Desde los años setenta, desde que yo empecé a ir a la universidad, ha desaparecido casi la tercera parte de las especies de animales vertebrados que había en el planeta. Es la consecuencia de no contabilizar el gasto ecológico en la explotación. Son hechos, simples hechos, que nos exigen una nueva forma de realismo. Un realismo con hechos.