Opinión · La realidad y el deseo

El país, con la democracia real

Los últimos días del año, entre aplausos y lágrimas, nos invitan a una reflexión seria sobre la democracia. Las lágrimas suponen una expresión natural de las emociones humanas. El aplauso es un acto social de reconocimiento. Cuando lágrimas y aplausos suenan a hueco, hay algo que necesita ser discutido con sinceridad. Está en juego la degradación privada y pública de nuestra convivencia.

No hubo pañuelos capaces de secar las lágrimas de Corea del Norte por la muerte de su dictador Kim Jong-il. Como también se llora de risa, supongo que tampoco faltarían pañuelos en la mayor parte del mundo para secar las carcajadas ante el estruendo de un dolor tan falso. Resulta esperpéntico el desgarro orquestado ante la muerte de un gobernante criminal, violador de los derechos humanos y ciego para la miseria de su pueblo. Lo sustituye en el trono su hijo Kim Jong-un, otro elegido de los dioses y del culto a la personalidad.

Este tipo de revolucionarios, que imponen sus dictaduras en nombre del comunismo, juegan un papel en la política internacional. Hemos tenido que soportar declaraciones de algunos descerebrados que homenajeaban como libertador a Kim Jong-il por su enfrentamiento con EEUU. Son sectores sociales muy minoritarios los que caen hoy en esta trampa, porque la identificación que ha triunfado de forma general es la contraria. La unión reiterada a lo largo del siglo XX entre las palabras comunismo, crimen, dictadura y Estado ha servido para confundir los valores de la libertad y la democracia con la ideología neoliberal que trabaja al servicio de los mercados. Personajes como Kim Jong-il son el mejor argumento del capitalismo para enmascarar sus propios crímenes y desacreditar cualquier control de sus injusticias a través de las leyes
democráticas.

Frente al horror de las dictaduras nos parecen aceptables unas democracias a medias, sin soberanía real, al servicio de los especuladores y los bancos, incapaces de utilizar su poder legítimo y legal para evitar el empobrecimiento de los ciudadanos y la pérdida de sus derechos. Son falsas democracias que sólo pueden sentirse orgullosas ante revoluciones falsas. En realidad, la ilusión socialista es inseparable hoy de un redescubrimiento de los poderes democráticos o republicanos.

Y ahora vamos de las lágrimas a los aplausos. Los dos partidos mayoritarios del Parlamento español le dedicaron una ovación histórica al rey en la inauguración de la nueva legislatura. Querían apoyarlo, en medio de los escándalos de su yerno, por haber declarado en el discurso navideño que todos los españoles son iguales ante la ley. ¿Es asumible que lo diga un rey? ¿Ha sido ejemplar su actitud? La Casa del Rey conocía, por lo menos desde 2006, los negocios de Urdangarin. Por eso lo apartó de la trama del Instituto Nóos, le buscó un puesto de lujo en Telefónica y lo envió a Washington para evitar el escándalo. Sólo cuando Urdangarin, pese a las operaciones de silencio, estaba a un paso de ser imputado, el rey hizo una declaración pública de crítica y neutralidad, como si no tuviese nada que ver. Esa actitud es la que celebraron los parlamentarios con una ovación tan hueca como las lágrimas coreanas por Kim Jong-il. ¿Pero qué se aplaudía?

En el discurso navideño, el rey quitó la foto de su familia y colocó otra con Rajoy a su derecha y Zapatero a su izquierda. Fue el verdadero mensaje bipartidista de su intervención. Aquí nos salvamos o nos hundimos juntos, vamos a apoyarnos todos porque el crédito de las instituciones es agónico y el país está cada vez más cansado de la política oficial. No se refería tanto a la salvación de la Casa del Rey, el PP y el PSOE, sino al modelo de una democracia a medias, sin soberanía cívica, dominada por los mercados. Turnos, alternancias sin alternativas. ¡Aplausos!

Frente a la sumisión pedida por el rey, es el momento de tomar conciencia de los poderes de una democracia real. Juan Carlos de Borbón empezó su carrera apartándose de su padre y ahora la acaba separándose de sus hijas. Nunca se han llevado bien la democracia y los asuntos de familia. Esto vale para Kim Jong-il y Kim Jong-un.

El compromiso con la verdad es imprescindible en la decencia democrática. ¿Hay lugar para ella entre nosotros?