La realidad y el deseo

El mundo 'Público'

Por favor, diga algo de izquierdas… Al prologar un libro del lingüista Raffaele Simone, El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Alfaguara, 2012), Joaquín Estefanía recuerda una escena de Abril, la película de Nanni Moretti. El protagonista está viendo en la televisión a D’Alema, antiguo dirigente del Partido Comunista Italiano, y ante sus ambigüedades y sus dudas suplica: "¡D’Alema, di algo de izquierdas!".

Se trata de un sentimiento que define bien el estado de ánimo de buena parte de los lectores de Público. Un periódico es una costumbre, una cita cotidiana. En tiempos de degradación de la soberanía cívica, cuando las manipulaciones populistas y el interés de los poderes económicos marcan el ritmo de una opinión domesticada, los lectores de Público han acudido a su periódico para pedirle una mirada de izquierdas a la realidad.

¿Qué significa una mirada de izquierdas? Conviene responder con perspectiva histórica a esta pregunta para explicarnos por qué un periódico puede convertirse en la piel cotidiana de una parte de la ciudadanía, representar un modo de vivir y sentir la España de hoy. No valen el sectarismo o la tergiversación ideológica. La izquierda es inseparable de la conciencia crítica y la mirada de Público conlleva un ejercicio implícito de conciencia.

La crisis que vive la izquierda europea tiene en cada país su historia particular. La nube negra que descarga sobre España demuestra la gran estafa que supuso en los años ochenta la confusión felipista entre la modernidad y el mercado. En nombre de la modernización, se desató una dinámica de reformas laborales, privatizaciones, estrategias electoralistas, complicidades con el mundo del dinero, alianzas con grupos mediáticos y corrupciones políticas que tienen mucho que ver con la realidad que nos ha caído encima. En una tormenta, cada vela soporta su responsabilidad. Junto a los mercados avariciosos y las políticas neoliberales del PP, fue decisiva la transición de una socialdemocracia que renunció a sí misma, poniendo a trabajar a sus políticos y sus intelectuales no sólo para cantar las ventajas de una definición capitalista de la libertad, sino para convertir a cualquier pensamiento crítico con el sistema en un resto trasnochado y marginal de los viejos tiempos. En algunos fenómenos sociales, los barros preceden a la nube.

El socialismo domado es la pareja de baile perfecta para una derecha que va imponiendo paso a paso su cultura social. La izquierda avanza cuando renuncia al espíritu mesiánico y la utopía totalitaria, pero pierde su razón de ser si abandona modos de análisis históricos como el marxismo. Ni la modernidad hedonista, ni los desahogos furiosos del populismo sirven para entender una realidad sometida a la especulación. Abandonadas a la intemperie, las viejas conciencias críticas y los jóvenes indignados con la degradación de la democracia necesitaban oír algo de izquierdas, es decir, algo capaz de explicar las causas de lo que sucede, el porqué de los acontecimientos, como el único modo riguroso de consolidar sus valores e imaginar un porvenir.

La ciudadanía que se opuso a la guerra de Irak, la que respaldó las políticas sociales y cívicas de la primera legislatura de Zapatero, necesitaba oír algo de izquierdas. Y entonces apareció Público, sin apoyo de ningún poder, pero imprescindible para sus lectores. Los mismos ojos que no están dispuestos a desamparar la memoria de las víctimas del franquismo son los que se identifican con la indignación juvenil ante el deterioro de la democracia. Son lectores convencidos de que no vale todo. Piden rigor frente a la mentira descarada o las medias tintas de una objetividad falsa. Piden la dignidad de un oficio imprescindible. La mercantilización de los cuerpos por medio de los anuncios de contactos sexuales es una metáfora de otro tipo de prostitución.

Como esa ciudadanía existe, Público se ha convertido en una costumbre de libertad y en un ámbito de integración vigilante para el pensamiento que no se resigna ni a las consignas del poder ni a la algarabía de los márgenes. Público forma parte de los transportes, las aulas, los cafés y las conversaciones. El periódico pertenece a sus lectores, porque sus lectores se definen en él.