Opinión · La realidad y el deseo

Política y fútbol

Los niños de provincias suelen tener doble militancia en las ilusiones futbolísticas. Junto al equipo de la ciudad, cercano como el descampado de un barrio o como el patio de un colegio, resulta conveniente elegir a uno de los grandes. Eso permite jugarse también una liga o una competición europea. Yo me hice del Granada Club de Fútbol y del Real Madrid, los dos equipos de mi padre. Es bueno que los niños rebeldes, destinados a llevar una vida muy diferente a la esperada por sus mayores, mantengan algún vínculo familiar sólido.

En la universidad de los años setenta, provocaba mala conciencia ser un apasionado del fútbol. La dictadura lo había enturbiado todo, ya fuesen las obras literarias o los goles de Di Stéfano. Aunque yo me escudaba ante algunos compañeros en los poemas futbolísticos de Alberti y Celaya, o en el sueño de Bertolt Brecht de convertir el teatro moderno en un gran estadio deportivo, mis argumentos íntimos tenían más que ver con las tardes de domingo en Los Cármenes, o con la quiniela de mi padre en el cenicero del lunes, o con el golazo de Serena en 1966, contra el Partizan de Belgrado, que me dejó ronco durante tres días por las celebraciones caseras de la sexta Copa de Europa.

Más de 30 años después, estaba yo en el Festival de Poesía de Barcelona cuando el Real Madrid ganó su séptima copa frente a la Juventus. Llamé a casa de mis padres y me contestó mi hija Irene. Pero no pude hablar con ella, porque una ronquera imperiosa le impedía hablar. Se había puesto al teléfono para que yo escuchase su ronquera, y a mí se me encogió el corazón. No me atreví a explicarle el significado de la realidad. Entre copa y copa, se pasa la vida. No hay más que eso, la familia, los amigos, la gente y la posibilidad de una alegría.

Cuando empecé a vivir en Madrid, perdí definitivamente la mala conciencia de ser del Real Madrid. Me habían repetido muchas veces que no me pegaba nada, porque era un equipo de derechas. Es el tema de conversación de muchos amigos bien situados. Pero cada 15 días, cuando voy al Santiago Bernabeu en compañía del poeta Benjamín Prado, coincidimos con Félix el portero, y con Juan Manuel el guarda del garaje, y con Fernando el sindicalista, y con Luminitza la asistenta rumana, y me doy cuenta de las paradojas de esta ciudad. Eso de que el Madrid es de derechas parece hoy un bulo propagado sobre todo por los señoritos de la casa. Después de la alegría del Mundial, entretengo las mañanas de verano con la prensa deportiva, sin mala conciencia, esperando que se concreten los fichajes para la próxima temporada. Tal vez este año deje de reírse de mí Juan Cruz, devoto en cualquier parte del mundo de los teléfonos y del Barcelona.

Cuando estos días agitados se discute sobre la política y el fútbol, siento una inquietud muy distinta a la que me afectaba en mis años de estudiante. Ya no me
preocupa justificar el fútbol con Miguel Hernández o Manolo Vázquez Montalbán, sino aclarar lo que se entiende por política. No concibo otro compromiso político que la alegría de la gente. La felicidad es una aspiración demasiado soberbia en un mundo marcado por las precariedades. Nos lleva al autoengaño. Pero la alegría es un compromiso que nos acerca a la vida cotidiana, los amaneceres y el atardecer, la puerta de la calle y los amigos del barrio.

Me interesa la política por la alegría de la gente. No hay motivos para aceptar la tristeza de una chica que no quiere ser madre y no puede interrumpir su embarazo. No hay motivos para aceptar la humillación cotidiana de unos empleos sin seguridad, de unos puestos de trabajo llenos de incertidumbre, de unos salarios cada vez más débiles. No hay motivos para dar por bueno un mundo gobernado por la explotación económica, o por el sentido de la culpa religiosa, o por los prejuicios sociales. Los dramas afectan a las vidas particulares, a las noticias que se dan por teléfono, a los insomnios, a las camas, a los despertadores, a los viajes de los pensionistas, al juego de los niños y a la tristeza de muchos pasaportes.

Los especuladores acumulan dinero y recortan la alegría de los demás. Los políticos que no fundan su compromiso en la alegría de la gente acaban trabajando para los bancos, las banderas, las siglas o los comisarios. Y si hablamos de la alegría, no hay por qué discutir más. Sé que el fútbol y la política no son incompatibles.