Opinion · La realidad y el deseo

La crueldad

Es muy difícil que una idea se justifique sin un diálogo flexible con la realidad. Las elucubraciones teóricas necesitan el filtro de la experiencia humana. La compasión es una de las compañías más inteligentes que puede tener el pensamiento. Sin compasión, la teoría se convierte en catecismo dogmático y las reflexiones desembocan en la crueldad. Uno de los síntomas más claros de la falta de justificación intelectual, científica o teórica de la actual política neoliberal es su falta de compasión, su extrema crueldad.

En años de contradicciones íntimas y sociales, el joven Federico García Lorca se acercó a la figura de Cristo para denunciar el carácter corrosivo del clericalismo oficial. El amor aparecía como un horizonte de vida frente a los catecismos marcados por la intolerancia. La ley pierde su legitimidad cuando se opone a la supervivencia. En un proyecto de tragedia juvenil titulado Cristo, el poeta le hizo decir a Jesús: “El hombre que deja secarse los lirios y no los riega porque es sábado tiene perverso el corazón”. Es más importante el respeto a un lirio que la obediencia ciega a Dios. Ahora hay en Europa y en España muchos políticos de corazón perverso que están dejando que se sequen demasiadas cosas por imponer sus consignas con la misma crueldad de un inquisidor o de un carcelero. La libertad de los neoliberales está resultando tan cruel como el desprecio a la libertad de los estalinistas.

La tensión entre la ley y la bondad es también otro de los grandes asuntos de Los miserables, la novela de Víctor Hugo. El rígido inspector Javert no duda a los largo de cientos de páginas en cumplir la dureza de la ley sobre la humanidad conmovedora de Jean Valjean. Y cuando al final de la narración llega la duda, conmovido por su propia experiencia, la incapacidad de decidir con claridad entre una legalidad cruel y un presidiario justo le empuja al suicidio. Mario, otro de los grandes protagonistas de Los miserables, pasa una época de fervor revolucionario y canta las glorias napoleónicas sin el más mínimo asomo de fisura. Le oye una reunión de conjurados y futuros luchadores en las barricadas. Su amigo Combeferre quizá no pudo resquebrajar sus certezas con la palabra libertad, pero sí lo desarmó cantando una canción sobre el César y la madre. Si a Combeferre le daban a elegir entre la gloria del César, la guerra, la victoria y su madre, prefería quedarse con su madre.

Victor Hugo le abrió así el camino a una de las más conocidas afirmaciones de Albert Camus. Preocupado por los debates de la independencia argelina, se había alejado del nacionalismo francés más reaccionario e intransigente. Pero cuando empezaron a producirse atentados terroristas, el escritor quiso dejar claro un sentimiento: “En estos momentos están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, prefiero a mi madre”. Cuidado con cualquier sentido de la responsabilidad que suponga una traición a la madre, sea biológica o sea la tan cacareada Madre Patria.

No es demagogia. El neoliberalismo mata, como denunció el politólogo Tony Judt. La crueldad de las consignas neoliberales está afectando a la vida de las madres, los padres y los hijos de un país condenado al empobrecimiento por unas decisiones que están al servicio de la banca alemana. Es impresionante la falta de compasión ante un paisaje marcado por la pobreza, el desempleo y el desmantelamiento de la sanidad y la educación pública. El famoso grito “que se jodan” fue algo más que una salida de tono. Fue una salida a escena de la inmoralidad necesaria para aplicar un programa económico que da por zanjados los equilibrios democráticos.  Si la democracia es eso, me quedo con mi madre. O mejor: como no podemos cambiar de madre, tendremos que buscarnos otra democracia. Y rescatar un pensamiento teórico que necesite sentirse acompañado de la compasión.