La realidad y el deseo

Literatura moral

Las declaraciones de los ex mandatarios suelen caer fuera de lugar. Más que la hipocresía de los que piden a destiempo un perdón inútil o la terquedad de los que no se arrepienten de sus equivocaciones, provoca malestar el hecho de introducir la memoria en una experiencia marcada por los códigos del vértigo y el olvido. Resulta difícil habitar nuestro presente conservando un rastro de memoria. Los recuerdos nos obligan a ser lectores de la realidad, a sentirnos involucrados en un argumento ético. Y este mundo, más que un libro, parece un videojuego sin responsabilidades. Los ex presidentes son programados para estallar y desaparecer en la pantalla como burbujas o marcianitos que ya han cumplido su misión, llevándose con ellos nuestras culpas. Por eso incomodan tanto sus reapariciones. Agitan una borrada dimensión histórica que hace más difícil la disciplina contemporánea de comulgar con ruedas de molino.

Un sector de la población mundial aplaudió la foto de tres presidentes, Bush, Blair y Aznar, desatando una guerra en defensa de la civilización democrática. La violencia justa, afirmaron, es desagradable, pero necesaria. Después fluyeron las noticias, unos acontecimientos desplazaron a otros y todo perdió importancia, incluso los horrores dejados al descubierto. La prisa por pasar de pantalla en el videojuego de la actualidad ganó la partida. Pero si un molesto ex mandatario reaparece con terquedad y afirma, como Blair, que no lamenta su decisión, tal vez al humilde ciudadano se le revuelvan las tripas. Y es que le obligan a recordar la escena una vez superadas muchas pantallas: los servicios secretos habían preparado informes falsos, no existían peligros reales, las consecuencias de la acción multiplicaron las amenazas, han muerto miles de seres humanos, se ha destruido un país y se ha provocado una situación más dura que la anterior. Con esa historia ya conocida, el videojuego se convierte en lectura del mundo y mueve a pensar que no hay guerras justas y que la actual definición de la democracia occidental es un disfraz deshilvanado que utilizan los lobos. Se rompe la dinámica y el error pasado se convierte en responsabilidad presente.

¿A qué barbarie contribuyo cuando creo a un presidente? ¿Cuándo acaba una guerra? ¿Y Afganistán? La literatura moral es pesimista en sus respuestas. El final no depende de la decisión de un mandatario, sino de un entramado inagotable de intereses, odios, heridas generacionales y culpas. Jorge Volpi ha publicado una magnífica novela moral, Oscuro bosque oscuro (Salto de página, 2010), en la que utiliza los recursos de la poesía para medir el extremo carnal de la violencia. Ciudadanos normales, oficinistas, panaderos, enamorados, hasta el mismo lector que abre el libro pueden aceptar la barbarie, se dejan llevar por una rutina de crueldades y consignas. La degradación caricaturesca de los otros desemboca en el exterminio. Aunque el nazismo palpita al fondo de esta historia, su terror nos empuja a los límites del mundo actual, un cuento infantil que acaba en desgracia. Los ogros y las brujas se comen a sus víctimas.

En otra inolvidable narración moral, Esperando a los bárbaros (1980), J. M. Coetzee contó una tragedia semejante a la que años después hemos sufrido en Irak. El imperio inventa un peligro en la frontera, da carta blanca a los militares, se rompen las normas, y llega un tiempo de tortura, pobreza y muerte que es sólo el prólogo cruel a una retirada llena de incertidumbres, con los horizontes sucios y mucho odio en los ojos. La culpa es un sentimiento angustioso para el lector, porque descubre que sus conciudadanos exteriorizan en una guerra la ira y el miedo que llevan dentro. ¿Entre qué gentes vivo?, se pregunta el magistrado que intenta parar la estupidez y el crimen a costa de su propia destrucción.

Blair actualiza no sólo la crueldad personal, sino la culpa colectiva, cuando afirma que volvería a tomar la misma decisión junto a Bush, un idealista lleno de integridad, y Aznar, un tipo duro y admirable. Contemplo el mundo con ojos de lector, veo a los ogros y a las brujas despidiéndose de Irak y escuchando el himno de su país con una mano en el corazón. Antes de salir a la puerta de mi casa, me gustaría olvidar la historia, regresar al videojuego. El militarismo de los civiles es más insoportable que el de los militares.