Opinión · La realidad y el deseo

Decir que no

La huelga general convocada no supone sólo una movilización en apoyo de los sindicatos. La huelga no es sólo una protesta contra el Gobierno del PSOE. Desde luego, merecen apoyo las consideraciones sindicales sobre la reforma laboral y la pendiente insolidaria que se agudiza con las novedades introducidas en el mercado de trabajo, la revisión de las pensiones, el retraso de la edad de jubilación y el deterioro del compromiso público de las cajas de ahorros. Desde luego, el Gobierno merece una protesta clara por haber capitaneado un bloque neoliberal en el que se integran también el PP y los nacionalismos conservadores. Pero nos equivocaríamos si cayésemos en la trampa de pensar que se trata sólo de apoyar a los sindicatos o de protestar contra el PSOE. Hay cosas más serias en juego. Por ejemplo, el sentido de la democracia europea.

La policía franquista tiroteó en julio de 1970, en Granada, a unos obreros de la construcción que exigían dignidad para sus condiciones laborales. Asesinaron a Antonio Cristóbal Ibáñez, Manuel Sánchez Mesa y Antonio Huertas. Todavía recuerdo sus nombres. Yo era un adolescente que veraneaba con un tío paterno emigrado a París. Tomé conciencia de lo que pasaba en mi ciudad a través de un chiste malhumorado. Los obreros de Granada son pájaros, comentó mi tío Manolo. La policía ha disparado al aire y han caído tres. Más tarde, en la Universidad, participé en discusiones que valoraban si aquellos obreros habían muerto luchando contra la dictadura o a favor de sus condiciones laborales. Como ya había leído a los novelistas sociales Armando López Salinas, Antonio Ferres, Jesús López Pacheco, Alfonso  Grosso o Juan Goytisolo, comprendí enseguida que resultan inseparables la lucha por la libertad y la dignificación del trabajo. La verdadera democracia no es concebible sin una vida laboral digna y el movimiento sindical es el exponente más profundo de la libertad social. La policía franquista no defendía únicamente el orden maniático y agresivo de un dictador. Procuraba también mantener un sistema basado en la humillación de los trabajadores y las desigualdades sociales.

Un convenio laboral justo es la encarnación en el mundo cotidiano de la idea del Estado democrático. Es el espacio público de nuestra jornada, algo así como la seguridad social o la educación gratuita de nuestros puestos de trabajo. La pretensión de un Estado con derechos universales, amparador, en el que se reformaron las leyes para limitar la avaricia de los especuladores, coincidió con una legislación laboral dispuesta a defender a todos los ciudadanos. Por eso la contrarreforma laboral condensa hoy la idea de un Estado débil socialmente, o sea, del Estado fuerte sólo para imponer medidas al servicio de los poderes económicos. Se trata de un Estado poco democrático, si es que entendemos por democracia algo más que el derecho al voto. Quienes afirman en alto que la reforma laboral sirve para crear empleo o para buscar nuevas formulaciones del Estado del bienestar, mienten. La tendencia precipita las costumbres económicas en sentido contrario y de forma irreversible. Quienes se encogen de hombros y dicen por lo bajo que son exigencias injustas de la realidad, no hacen más que asumir el fin de la política democrática. Por ese camino podemos cerrar los parlamentos y dejarnos gobernar por el FMI.

Europa rueda por un camino donde las necesidades de un banco o los quiebros de un especulador sustituyen la soberanía de los ciudadanos. ¿Implica alguna diferencia elegir? ¿Es lo mismo votar a Elena Salgado que a Rodrigo de Rato y Figaredo? Esa es la pregunta que nos jugamos el 29 de septiembre. Si queremos que un proyecto socialdemócrata sea diferente a una consigna neoliberal, debemos aprender a decir que no. Los mercados neoliberales no sólo privatizan espacios públicos. También han privatizado a los ciudadanos europeos. Somos ciudadanos privatizados, seres privados de la capacidad de decirle que no a los nuevos señoritos. La huelga general está convocada contra ese proceso y contra el olvido de muchos siglos de lucha por la igualdad. Estoy convencido de que, al margen de situaciones coyunturales, el éxito de esta huelga irá contra los intereses que representa el PP y a favor de las bases socialistas que necesitan un futuro distinto para Europa. Hay que dejar de comulgar con ruedas de molino.