Opinion · La realidad y el deseo

Europa, el naufragio preferente

La economía española vive un proceso de deterioro generalizado. El empobrecimiento ha entrado en la vida cotidiana de la gran mayoría de la población. No se trata sólo de la angustia de una bolsa humana marginal, sino de sectores extensos de la sociedad, el mundo real de los trabajadores y las clases medias que definen el ánimo de un país a la hora de ir al supermercado, llevar a los hijos a la escuela, comprar un remedio en la farmacia, ver una película o preparar un viaje. La rutina se ha convertido en un naufragio y los restos de la política y del Estado flotan delante de nuestros ojos.

Esta crisis tiene ya mucho de experiencia histórica. Sabemos por experiencia, pensamos lo que nos dicta una realidad experimentada. Por eso resulta cada vez más insostenible la relación de los ciudadanos españoles con Europa. Sólo los tontos o los trapisondistas pueden agradecer ahora que las autoridades europeas suavicen un poco su exigencia sobre el déficit. Es hoy una idea común que la obsesión sobre el control del déficit, impuesta de forma interesada por Alemania y asumida por nuestros partidos mayoritarios, que llegaron incluso a pactar con prisas un cambio constitucional, ha sido uno de los factores decisivos del hundimiento nacional. La falta de inversiones públicas, la liquidación del consumo y los recortes en la administración son ahora elementos más graves que el famoso estallido de la burbuja inmobiliaria si se quiere analizar de un modo objetivo el aumento vertiginoso del desempleo y la pérdida de poder adquisitivo.

El calendario y las directrices impuestas por las autoridades europeas chocan también con la experiencia de los españoles. Otra vuelta de tuerca en el mercado laboral, después de dos reformas que han dejado en el absoluto desamparo a los trabajadores, no puede entenderse sino como la instalación de la ley de la selva empresarial en una realidad que nos conduce al 28% de desempleo. Pedir subida de impuestos para los asalariados y consumidores de las clases medias se parece mucho a una extorsión –o a la imprudencia de matar la gallina de los huevos de oro-, mientras se permite una fiscalidad llena de privilegios y de ingenierías deshonestas al servicio de los grandes poderes financieros. Y resulta difícil no enfadarse al leer y oír que el próximo deterioro del sistema público de pensiones se debe al aumento de la esperanza de vida. El aumento de la desigualdad, el desempleo y la avaricia de los bancos que hacen negocio con la privatización de las pensiones son los verdaderos peligros que amenazan el derecho a una jubilación digna.

Los españoles vemos hoy en Europa no ya la causa más grave de nuestra crisis, sino también el obstáculo mayor para salir de ella. Cada uno de sus consejos, cada una de sus directrices, suponen leña para el fuego que nos destruye. Y esto es un problema gravísimo, porque de nada sirve el odio a Europa cuando nuestra realidad es inseparable del destino europeo. Los nacionalismos antieuropeos sólo pueden ser caldo de cultivo para esa extrema derecha que quiere evitar de forma violenta los matrimonios homosexuales en Francia e Inglaterra o que pretende desvirtuar en España la ley de interrupción voluntaria del embarazo según los dictados medievales de la Conferencia Episcopal.

La única alternativa democrática es la politización de la palabra Europa. La politización de topónimos como Bruselas, Berlín o Madrid. No se trata de nombrar fatalidades sobrenaturales o destinos abstractos, sino de decidir en construcciones políticas al servicio de unos intereses determinados. La politización de Europa es una urgencia democrática y supone en primer lugar una toma de conciencia sobre el pasado. Los partidos socialdemócratas y los sindicatos de clase deben asumir la barbaridad que hicieron al apoyar una construcción europea sin Estado, sin instituciones económicas fuertes, en el que la pérdida de soberanía de las naciones no supuso una nueva realidad cívica, sino el abandono de las personas  en manos de la economía especulativa. La libertad de esta economía es hoy la mayor amenaza que sufren los europeos.

Politizar Europa significa también imaginar alternativas comunes. No debiera permitirse que las próximas elecciones europeas se redujesen a un voto de castigo contra los gobiernos nacionales en un paisaje desértico y dominado por la abstención. Definir claramente una alternativa electoral, mayoritaria e internacionalista, contra el neoliberalismo europeo sería la mejor respuesta ante la degradación de nuestro país, de nuestros países.