La realidad y el deseo

¿Qué le pasó a Miguel Hernández?

Hay pocos poetas tan solitarios y conmovedores como Miguel Hernández en la historia española. Su altura lírica y su significación civil lo han acercado a nuestra educación sentimental, convirtiéndolo en el símbolo de los años dramáticos de la Guerra Civil y la represión de los vencedores. Pero es necesario meditar de manera más profunda el sentido de la soledad que domina sus poemas. No basta con apiadarse del pastor pobre que sufrió las cárceles del franquismo por su militancia comunista. Soportaba una herida anterior.

Miguel Hernández no pudo estudiar. Conviene recordar que no se trató de un problema económico, sino de la decisión de un padre reaccionario. En la España clerical que vio nacer a Miguel, la educación sólo era propia de los sacerdotes y de la clase destinada a dirigir el país. Desde muy joven el poeta vivió la tensión de las dos españas, pero como una herida interior, porque su firme vocación literaria, necesitada de estudio y diálogo con la modernidad, chocó con su propia ideología.

Guiado por el sacerdote Luis Almarcha y por intelectuales de inclinación fascista como Ramón Sijé y Ernesto Giménez Caballero, Miguel Hernández representó el papel devoto del pobre católico. Su figura de sencillo pastor-poeta fue utilizada como un arma contra los intelectuales de la República que habían perdido la inocencia. La imagen del buen cabrero suponía un testimonio para ridiculizar los esfuerzos republicanos en favor de la educación y la cultura. Miguel Hernández se vio así íntimamente enfrentado con los poetas a los que quería parecerse. Si Alberti estrenó en 1931 El hombre deshabitado, escenificando la crisis del hombre moderno, Hernández contestó en 1934 con el auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras para pedir respeto a la divinidad. Publicó también una Profecía sobre el campesino contra la reforma agraria, defendiendo el regreso al orden de los caciques y al seno de la Iglesia.

Todavía en 1935 escribe lo siguiente en el Silbo de afirmación de aldea: "Huele el macho a jazmines, / y menos lo que es todo parece / la hembra oliendo a cuadra y podredumbre". Es decir, en el Madrid moderno los hombres son maricones y las mujeres putas. Se ha hecho mucha demagogia sobre la prevención que poetas como Alberti o García Lorca sintieron ante el autor pobre. Pero un mínimo conocimiento de la historia justifica la poca simpatía que despertaba un muchacho clerical y homófono que afirmaba escribir "con más cojones" que todos los poetas de España. Para comprender la soledad de Miguel Hernández hay que darse cuenta del enfrentamiento íntimo que sentía al verse obligado a despreciar aquello mismo que admiraba.

Tampoco lo tuvo fácil con las mujeres. El rayo que no cesa, publicado en 1936, es un libro de altísima calidad poética. Pero el ideal de mujer que propone, y que le hace sufrir una dura angustia sexual, es el de una aldeana castísima que se indigna si su novio se atreve a besarla en la mejilla. Esta ideología estaba ya fuera de lugar en la España representada por María Teresa León, María Zambrano o Victoria Kent. Las nuevas ideas eran incompatibles con la visión de la feminidad expresadas en versos como "tus piernas que implacables al parto van derechas".
La conversión a la izquierda de Miguel Hernández fue repentina y tajante. La devoción que antes reclamaba como católico se convirtió en pureza dogmática dispuesta a dar lecciones de comunismo, lo que creó nuevas tensiones entre sus compañeros. Sólo al final de la guerra, como se ve en El hombre acecha, abjura de la agresividad y llama por sus nombres a los demás poetas en busca de un abrazo. Apuesta entonces por una palabra sosegada y leal a la vida. Es el tono de su Cancionero y romancero de ausencias, una de las cumbres de la lírica española.

Podremos comprender la dimensión del drama humano del poeta si advertimos que sólo en la derrota empezó a sentirse acompañado. Su mejor lección la escribió cuando no quiso dar lecciones. Sus viejos amigos fascistas le pidieron un gesto de acercamiento al Régimen para sacarlo de la cárcel. Él prefirió morir junto a sus camaradas. Esta es la verdadera significación histórica de la soledad y la compañía de Miguel Hernández. En su interior vivió y superó las contradicciones de lo que, años después, Gil de Biedma llamó "un intratable pueblo de cabreros".