La realidad y el deseo

La ética de la irresponsabilidad

Las épocas de crisis facilitan que se escenifique la famosa distinción de Weber entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Muchos políticos, en nombre de los intereses inmediatos, toman decisiones contrarias a sus principios o a la dignidad de sus países. Se sacrifican los valores, en la conciencia de la repercusión negativa que puede tener la defensa de una idea justa. Hasta aquí las explicaciones ofrecidas. Pero creo que es hora de aportar una perspectiva más. Para entender del todo la situación política, habría que añadir un breve examen de la ética de la irresponsabilidad. Cuando la llamada responsabilidad se convierte en una sentencia de muerte del mundo que uno quiere defender, las pretendidas actuaciones sensatas son un disfraz de la irresponsabilidad. Tenemos derecho a sospechar que estamos en manos de unos insensatos.

El deterioro ecológico mundial, justificado por sistema en nombre del realismo económico inmediato, es un ejercicio de pura insensatez. El pragmatismo nos lleva a la ruina. Lo mismo ocurre con las estrategias políticas dominantes. Fijémonos en España. El PP quiere, como es lógico, ganar las elecciones. Desgasta a su adversario y derrocha cinismo en su oposición dolorida ante cualquier recorte de carácter social. Pero no me refiero a este tipo de irresponsabilidades, ya que por desgracia estamos acostumbrados a las promesas incumplidas. La verdad es que resulta poco peligroso que el PP critique con descaro las medidas neoliberales tomadas por el Gobierno socialista. Una vez alcanzado el poder, no sentirá vergüenza alguna al desdecirse y multiplicará los recortes que ahora denuncia. Esta farsa demagógica, además, sería imposible si el Gobierno no le hubiese arrebatado el ámbito de la política neoliberal y si la ley electoral no santificase el bipartidismo o el bipartito.

Pero hay otras cuestiones de más calado, como las estrategias con las que el PP pone en duda su propia idea de comunidad. Para crearle problemas al PSOE, lleva años provocando operaciones de desgaste con el telón de fondo de la identidad catalana. No ha dudado en forzar contradicciones de tipo jurídico, lingüístico, migratorio o económico. El resultado directo ha sido una vertiginosa potenciación del sentimiento independentista catalán. Que el PP ponga en peligro su idea de España, a cambio de ganar unos pocos diputados y de crearle problemas al PSOE, es un dislate asombroso. Ocurre lo mismo ahora con sus alarmas económicas. La derecha hace gala de nacionalismo español, pero alimenta, con una pulsión electoralista desmedida, las desconfianzas en su patria y se convierte en el primer aliado de los especuladores que quieren atentar contra la soberanía nacional. Estar dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su propia idea de comunidad, para vencer en unas elecciones, es en verdad irresponsable. No sé qué país va a gobernar el PP cuando gane.
La ética de la irresponsabilidad ha marcado también el comportamiento de los partidos socialistas europeos. Aunque se nos obligue a admitir que las medidas neoliberales adoptadas son un acto de responsabilidad, resulta muy irresponsable que no se haya convocado de inmediato una mesa socialista europea para buscar respuesta al asalto que los mercados financieros protagonizan contra la política, el Estado del bienestar y la democracia. Es irresponsable aceptar la presión de un capitalismo feroz, dispuesto a acabar con la soberanía cívica y los amparos de la democracia social, sin buscar una alternativa. Cuando la intemperie de los mercados dinamita cualquier ilusión de comunidad justa, no debe olvidarse que la democracia está legitimada para prohibir conjuras en su contra, ya la haga un grupo terrorista, una banda de extrema derecha o una pandilla de banqueros especuladores.

Por eso es también irresponsable repetir sin cautela que los políticos han perdido el poder. No es verdad. Podrían hacer mucho más de lo que hacen. El Estado sigue siendo tan importante que los especuladores necesitan apoderarse de él. Estamos asistiendo a lo que Todorov ha calificado de forma paradójica como un ultraliberalismo de Estado en su libro La experiencia totalitaria (Galaxia Gutenberg, 2010). Una política que liquida la política sólo puede entenderse como un acto de dejación de responsabilidades democráticas, como un ejercicio de irresponsabilidad.