La realidad y el deseo

¡Qué regalo de reyes!

En su Historia de la Universidad Española, cuenta Alberto Jiménez Fraud la reacción que tuvo Francisco Giner de los Ríos cuando el rey Alfonso XIII quiso visitar la Institución Libre de Enseñanza: "La Institución tiene dos puertas, y cuando su Majestad nos haga el honor de llamar a una de ellas, yo saldré por la otra". He recordado la anécdota al leer Isabel II. Una biografía (Taurus, 2010), un excelente libro de Isabel Burdiel. Cuando lo abrí, estuve a punto de salir por la puerta de atrás, porque me pareció que algunas frases del prólogo dedicadas a Juan Carlos de Borbón, tataranieto de la hija de Fernando VII, resultaban demasiado palaciegas. Disculparse intelectualmente, aunque sea de manera tímida, por contar las verdades de una antepasada del monarca, es una concesión innecesaria al costumbrismo cortesano. Pero, por fortuna, seguí leyendo. Isabel Burdiel ha escrito un libro aconsejable, riguroso, de mucha calidad académica, con una documentación asombrosa y perspectivas que nos ayudan a conocer por dentro la historia española del siglo XIX. Un magnífico regalo de reyes.

El libro analiza las tensiones inevitables entre una monarquía que necesitaba a los liberales, pero no quería renunciar a su poder sagrado, y unos liberales que necesitaron apoyarse en Isabel II para defender frente a los carlistas su credo en la soberanía nacional. La historia acaba con la revolución de 1868 y el exilio de la reina en París. El desprestigio de Isabel II fue tan grande que su hijo Alfonso XII, repuesto en el trono, y su nieto Alfonso XIII intentaron por todos los medios alejarse de ella. Tampoco la familia real de hoy se ha mostrado muy inclinada a participar en los diversos actos organizados en su memoria.

Los antecedentes históricos salen con frecuencia en los debates políticos. Al PP se le recuerdan sus herencias franquistas, al PSOE su tendencia histórica a traicionar su ideología y a Izquierda Unida sus posibles deudas, a través del Partido Comunista, con las dictaduras del realismo socialista. La Casa Real, sin embargo, instalada en su limbo informativo y en su edulcorada versión rosa del trabajo bien hecho, parece que no tiene pasado. Y lo tiene, vaya si lo tiene. Una de las razones de que en España sea tan difícil llevar a cabo un ejercicio sereno de memoria histórica es la necesidad de borrar el pasado inmediato y lejano de la familia real.

La biografía de Isabel II habla de manipulaciones en la educación de los príncipes y princesas, de actos de traición entre padres e hijos, de matrimonios sin amor y ambiciones morganáticas, de maniobras irresponsables que provocan golpes de Estado, de la útil influencia real a la hora de acumular fortunas, del envío al extranjero de aquellos miembros de la familia real demasiados expuestos a la opinión pública por sus corrupciones y de numerosos escándalos sexuales. ¿Han cambiado los tiempos?

La respuesta depende de las ganas de hablar y de la perspectiva de cada uno. La razón democrática, por ejemplo, ahora no se reiría con las coplillas escritas contra el rey Francisco de Asís: "Paquito natillas,/es de pasta flora/y mea en cuclillas/como una señora". La libertad sexual y los gustos personales merecen hoy un respeto. Por eso mismo también se rebajaría mucho la importancia de la vertiginosa vida privada de Isabel II, que no dudó en consolarse de su mala boda borbónica con una legión de amantes capaces de engendrar herederos para el trono.

Lo que parece más escandaloso que nunca hoy, cuando la realidad económica está poniendo en duda la soberanía nacional, es que haya gente que se considere con derecho a ser el rey o la reina de todos los españoles. La monarquía simboliza para la política lo que los paraísos fiscales para la economía, limbos al margen del control de los ciudadanos. Hace unos años salió a la luz un álbum decimonónico titulado Los borbones en pelotas, en el que Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer caricaturizaban la corte de Isabel II con muchas escenas y coplas pornográficas. Pese a ser un documento de primera magnitud, pasó casi desapercibido. Siempre es mejor no molestar, pero –como diría José Bergamín– es necesario hablar de algunos asuntos conflictivos en esta "confusión reinante". Los demócratas deberíamos tener dos puertas en la conciencia para salir por una cuando determinadas cosas entran por la otra.