La realidad y el deseo

Las basuras del poder y las mareas

El vertedero es una metáfora poderosa para hablar del mundo de hoy. Sin duda nos hace ver la cruz de esa moneda que llamamos realidad. Abrir una ventana y mirar hacia la calle supone enfrentarse a un panorama sucio. Ahí están los plásticos, las latas, el óxido, la carroña, la pobreza, las catástrofes no prevenidas, las provocadas, el desempleo, la injusticia y los mendigos que remueven la basura en busca de la supervivencia.

Los músicos contemporáneos componen en sus partituras una frialdad hostil que responde al vertedero. Los escritores más lúcidos hablan de las consecuencias de la desolación y dejan que sus palabras adquieran el olor de las cosas podridas. Las calles de Madrid, a causa de la huelga en el servicio de recogida de basuras, parecen una inmensa instalación artística que alude a las venas del poder. Bajo las chaquetas y las corbatas de los banqueros, bajo las declaraciones de los gobernantes, bajo los análisis de los economistas que trabajan al servicio de la usura, se acumula una montaña de desperdicios.

La rutina y el silencio se acostumbran a todo. La normalidad es una costra despiadada que oculta los desequilibrios más injustos. Vivimos en un mundo de usar y tirar. Las basuras del consumo no afectan sólo a las bolsas de plástico, los cristales rotos y los cartones. Usamos y tiramos vidas humanas, sueños, cuerpos, la salud de la gente, la educación, las instituciones, la política, la conciencia. Todo es hoy un producto del usar y tirar. El vertedero quiere ser la gran metáfora de nuestra convivencia. Y como toda gran metáfora es minuciosa y se extiende por muchos rincones.

Hace ahora 11 años un barco con bandera de las Bahamas se partió en dos frente a las costas gallegas con 77.000 toneladas de fuel en sus depósitos. Una sentencia benévola que evita los castigos reconoce, sin embargo, el mantenimiento deficiente de la empresa encargada del Prestige, la embarcación en la que navegaba la catástrofe. Ese mantenimiento deficiente parece más un chiste que una metáfora del mundo. Hoy soportamos un  verdadero proceso de destrucción.

Aunque la memoria es otro valor de usar y tirar en nuestro tiempo, porque el olvido significa la impunidad del poder, muchos ciudadanos alcanzarán a recordar los casi tres mil kilómetros de costas infectadas, el chapapote devorando las orillas, los peces y los pájaros muertos y las lágrimas de la gente. Es posible que recuerden también la incompetencia de un ministro de Fomento llamado Francisco Álvarez-Cascos y las explicaciones asombrosas, ridículas y manipuladoras de un vicepresidente que respondía al nombre de Marino Rajoy. La cara visible de la marea negra estaba ensayando sus misiones futuras.

Pero la memoria conserva otro tipo de cosas. Una marea humana salió a la calle dispuesta a combatir la catástrofe. Toda cruz tiene su cara. Suelen componerla las mujeres y los hombres que sufren, la gente maltratada, la personas que se movilizan para decir nunca más. Los malos olores del recuerdo del Prestige se compensan en la memoria con la aparición de la plataforma Nunca Máis, precedente de las actuales mareas que luchan contra el basurero de la España de Mariano Rajoy.

Los valores y las promesas electorales son aquí objetos de usar y tirar. Rajoy no cumplió ninguna de las promesas sociales que utilizó para derrotar al PSOE. Ahora el PSOE celebra un congreso de renovación más pendiente de las componendas internas que de valores sociales, porque ese tipo de asuntos son de usar y tirar para un partido con su historia reciente. Si alguna vez llega al Gobierno, hará lo mismo que en las épocas de González y Zapatero: ponerse al servicio de las leyes hipotecarias que necesitan los bancos y de las reformas laborales que exigen los grandes empresarios. Ese inmenso vertedero del voto que es la ley electoral española mantiene unidos al PSOE y al PP.

Nunca Máis. Nos queda la ilusión de la gente que no emplea su conciencia como un valor de usar y tirar. Junto al chapapote nació una plataforma de solidaridad y rebeldía. Junto al inmenso vertedero en el que el sistema vigente quiere convertir nuestra sociedad, nacen las mareas blanca, verde y roja. No basta con recordar las catástrofes, hay también que traer a la memoria la capacidad de rebeldía. Olvidar los desmanes del poder resulta peligroso, pero más corrosiva es la tentación de borrarnos, de quitarle importancia a la fuerza de nuestra solidaridad y nuestra lucha.

El vertedero es una metáfora. Una plaza que grita nunca más también. La ciudadanía que se niega a utilizar su voto como un papel de usar y tirar puede darle un vuelco a la realidad.