Opinión · La realidad y el deseo

El oficio de contar las cosas

La importancia de la información en la sociedad democrática nos obliga a tomar conciencia de las dificultades que soportan hoy los periodistas cuando quieren desempeñar con dignidad su oficio. No basta con denunciar a los tiranos o a las mafias castigadoras de las voces libres. Hay también inercias corrosivas en los países democráticos que, muy orgullosos de su libertad de expresión, ahogan la posibilidad de una verdadera expresión en libertad.

Los síntomas están ahí, marcando nuestra vida cotidiana. Las confusiones entre información y publicidad, que caracterizaron el aprovechamiento del desarrollo tecnológico por los totalitarismos del siglo XX, modelan de forma cada vez más imperiosa la opinión pública en las sociedades capitalistas. La salida a Bolsa de los grupos mediáticos diluye la responsabilidad de informar en los intereses de la especulación, convierte a los periodistas en ejecutivos y transforma las redacciones en centros de negocios. Las audiencias, acostumbradas por los intereses comerciales al consumo de mercancías baratas, exigen una paulatina pérdida de rigor y sacrifican las referencias intelectuales a la diversión sórdida que ofrecen los personajes de la telebasura.

Los vicios de la manipulación política son también una enfermedad alarmante. Más que portavoces de la conciencia social a la hora de vigilar al poder, los periodistas se convierten en liberados del poder para vigilar a la sociedad. Los grupos mediáticos se creen con derecho a poner y quitar gobiernos, a proponer candidatos o a ejercer incluso el terrorismo informativo. La crispación, la corrupción, el descrédito, la calumnia, el bipartidismo empobrecedor que definen la situación política española, no se entienden sin una prensa dispuesta a mezclar la información con la mercadería de la mentira en un peligroso camino de ida y vuelta. Sería muy difícil que un político corrupto se atreviera a denunciar a los policías y los jueces que lo investigan, si no hubiese periódicos capaces de inventar grandes conjuras policiales, con las que ocultar los errores o las corrupciones de los políticos afines.

El periodista con experiencia, con olor a calle, con tiempo para vivir, conocer, confirmar, comprender y contar la realidad, deja paso en la ley del mercado a los becarios o los profesionales con contratos inseguros que se ven obligados a obedecer al dueño y a resumir con prisa las informaciones que llegan a través de internet y de las grandes agencias. El gerente manda. Cuando una reducción de plantilla deja en la calle a los trabajadores de la información, y en este caso no para informar, su descalabro suele interesar poco como noticia a los otros grupos periodísticos. Pura solidaridad empresarial.

Las dificultades para que nuestra sociedad reciba una información en libertad, las dificultades de los periodistas para cumplir con la misión de su oficio, son uno de los índices más significativos de la precariedad democrática en la que vivimos. Por la confianza y el crédito que a tantos ciudadanos nos merece su personalidad, es muy importante que Iñaki Gabilondo haya publicado el libro El fin de una época. Sobre el oficio de contar las cosas (Barril & Barral). La frase “maestro de periodistas” sirvió en España durante años para calificar a algunos santones de la cultura franquista. Que hoy podamos devolverle su verdadero sentido, se debe a trayectorias democráticas ejemplares como la de Iñaki Gabilondo.

El libro acierta al plantearse los problemas como una reivindicación del oficio. A la hora de pensar en el futuro, la dignidad y la responsabilidad de los profesionales son más significativas como asunto de discusión que las nuevas tecnologías. El compromiso con la modernidad no está en los cacharritos, sino en la raíz de un oficio que nació para reivindicar el uso público de la razón democrática y del conocimiento, sea en el soporte que sea. Otro acierto del libro es que no está escrito por un viejo cascarrabias. Iñaki no piensa que con él se acaba el mundo. Necesita opinar, explicar sus inquietudes, los problemas que observa, porque sabe que muchos jóvenes periodistas van a continuar su camino: un oficio que no pretende contar audiencias, sino contar las vidas y las realidades de la gente.