El ojo y la lupa

Cromwell vence a Coetzee

Dos motivos para leer ‘En la corte del lobo’, de Hilary Mantel (Destino): 1) Comprender cómo un jurado solvente pudo concederle en 2009 el premio Man Booker cuando competía esa obra maestra de la autobiografía que es ‘Verano’, de J. M. Coetzee, incapaz de escribir una frase que no ahonde en lo más oscuro de la naturaleza humana. Y 2) Mi admiración por la serie ‘Los Tudor’, creada por Michael Hirst, y cuyos 38 capítulos de cuatro temporadas me tragué en cinco días.

Los protagonistas de ese drama de aliento shakespeariano tienen ya para mí caras muy concretas: Jonathan Rhys Meyers como Enrique VIII, Sam Neill como el cardenal Wolsey, Maria Doyle Kennedy como Catalina de Aragón (primera esposa del rey), Natalie Dormer como Ana Bolena (la segunda) y James Frain como Thomas Cromwell.

‘Verano’ está predestinada a la gloria literaria, pero casi agradezco al jurado de Booker que la relegase. Coetzee ya había ganado dos veces el premio y su currículo, Nobel incluido, no necesitaba más honores. Y así, el novelón de Hilary Mantel (750 páginas) logró una repercusión que ha facilitado su edición española.

‘En la corte del lobo’ eleva la novela histórica a un nivel pocas veces alcanzado. No es sólo la maestría en la descripción de ambientes, costumbres y personajes, cómo si Mantel hubiera viajado en una máquina del tiempo hasta el siglo XVI. Es sobre todo la habilidad para meter al lector en la mente de Thomas Cromwell, consejero de Enrique VIII, gran urdidor de la estrategia con la que el rey Tudor desafió al Papa y, a la postre, dividió la Iglesia en dos por una cuestión de autoridad, justo cuando Lutero planteaba un desafío mucho más de fondo.

Cromwell, hijo de un herrero que le molía a palos, escaló con astucia y talento hasta lo más alto y se convirtió en un ingeniero del poder con ideas que los políticos de hoy deberían tener en cuenta. Como que está muy bien tener planes a largo plazo, pero de nada sirven sin un plan para mañana mismo. O como esta otra, cuyo mérito Cromwell cede a Wolsey: que en un tratado, lo que importa no es su contenido, sino el tratado en sí y la buena voluntad de los firmantes, ya que si ésta acaba, el tratado está muerto.

¿Lo peor? Que el lector pide más. ‘En la corte del lobo’ registra cómo Wolsey perdió el poder, y Thomas Moro la cabeza pero, cuando termina, Ana Bolena y Cromwell la conservan aún sobre los hombros. El consejero la perdió en 1540, a manos de un verdugo chapucero. Más de un siglo después, otro Cromwell, Oliver, se cobró venganza, pero Carlos I tuvo más suerte: el hombre del hacha fue más hábil y rápido.