El Neruda de Praga

Praga es un milagro en el corazón de Europa. En la plaza y las callejuelas de Staré Mesto (Barrio Viejo) las casas burguesas evocan un pasado de esplendor que se redondea al cruzar el puente de Carlos (un museo de escultura al aire libre) y trepar por esa ‘galería arquitectónica’ que es el barrio de Malá Strana (Barrio Pequeño) hasta el Castillo, que domina la ciudad. El circulo se cierra en el antiguo gueto, en sus sinagogas, en la lista del horror con miles de exterminados por los nazis grabada en piedra, y en el antiguo cementerio, cuya tumba más visitada es la del rabino Löw, creador del Golem, estatua de barro a la que dio vida para proteger a los judíos de los pogromos pero que tuvo que destruir cuando enloqueció.

Recorrer Praga revitaliza el espíritu, que conviene alimentar con sus grandes literatos en checo o alemán. Como Kafka (Impedimenta recupera ‘Un médico rural y otros pequeños relatos’). O Rilke (‘Los últimos y otros relatos’, Alba Clásica), Hasek (‘Las aventuras del buen soldado Svejk’, Galaxia Gutenberg), Seifert (‘Toda la belleza del mundo’, Seix Barral), Kundera (‘La broma’, Seix Barral), y Jan Neruda (‘Cuentos de Malá Strana, Espasa Calpe).

Caso curioso el de Neruda: para ser una gloria nacional (la principal calle del ‘barrio pequeño’ lleva su nombre), este magnífico prosista en checo (1834-1891), promotor del renacimiento cultural de su país (que era parte del imperio austro-húngaro) es apenas conocido en España. Su maldición: que un poeta chileno nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto le homenajeó al adoptar el pseudónimo (luego nombre legal) de Pablo Neruda. Cuando se dice Neruda fuera de la República Checa se piensa en Pablo, no en Jan. Estas líneas son un modesto intento de hacerle justicia.

¿Lo peor de Praga? Algunos praguenses para los que el turista es presa a la que engañar en el cambio, el restaurante o el taxi, mientras la policía se lava las manos. El mal humor es moneda corriente, incluso en el trato con los clientes. La belleza de la ciudad contrasta con la venta de droga en algunas zonas céntricas y la proliferación de casinos, cabarés y puticlubs. Pocos checos responden si se les habla en ruso (aunque la mayoría lo estudió y aún lo habla) y casi todos abominan de la época bajo dominio soviético, pero han abrazado el capitalismo con un exceso de entusiasmo que contrata con viejos resabios impropios de un país de la UE. Esa es mi experiencia reciente, no mejor que en anteriores visitas, con el Muro de Berlín aún en pie. Pese a todo, hay que ir (o volver) a Praga. Es única. Pero conviene estar alerta para que no te chafen su magia.