El ojo y la lupa

De Jerusalén a Rumanía

 

Al cineasta Eran Riklis (que asombró con ‘Los limoneros’) y al escritor Abraham
Yehoshúa les interesan las historias de hondo contenido humano que cuesta
imaginar lejos de Israel y del conflicto con los palestinos. Riklis asegura que
"en Israel hay siete millones de personas y setenta millones de historias".
Yehoshúa sostiene que, con la disputa que ensangrienta la Tierra Santa de las
tres principales religiones monoteístas, la literatura de su país "ha ganado
mucha vitalidad". Sus caminos se unen en el filme ‘El viaje del director de
recursos humanos’, basado en la obra homónima de Yehoshúa, editada por Anagrama
con el título ‘Una mujer en Jerusalén’, no tan sugerente como el original.

 

Publicada en 2008, merece la pena releer la novela y comparar el rendimiento de una misma
materia prima procesada con dos instrumentos artísticos tan diferentes. La
trama apenas cambia. Arranca con un atentado suicida palestino en el que muere Yulia
Petracke, una rumana cuyo destrozado cuerpo sólo puede identificarse por su
última y ensangrentada nómina en una panificadora. El escándalo por el
desinterés de la empresa hacia su empleada lleva al dueño de la misma (un
anciano en la novela, una viuda en el filme) a encargar a su jefe de personal
que devuelva el cadáver a su familia en Rumania.

 

Con ritmo de ‘road movie’ y personajes muy bien trazados (la cónsul y su marido, el
hijo de Yulia, el periodista que desencadenó el escándalo...), el filme deriva
hacía el autodescubrimiento del hierático jefe de personal, que convierte una
tarea ingrata en la obsesión por devolver la dignidad a la víctima colateral de
un conflicto ajeno. Mientras escarba en su interior, el directivo, al que da
vida Mark Ivanir, intenta dar sentido a la existencia de quien huyó de la
miseria y buscó una existencia más próspera en ese lugar tan peligroso que, no
por casualidad, se conoce todavía como Tierra Prometida.

 

El viaje resulta ser de ida y vuelta para Yulia. Su madre y su hijo coinciden en
que sus restos deben reposar en Jerusalén. Las imágenes hacen que esa evolución
del argumento se entienda como algo natural e inevitable. En el libro, hacía
falta ir más allá. El director de recursos humanos explica a su jefe que ese
retorno acabará "fortaleciendo a una Jerusalén que no hace más que
desesperarnos a todos".

 

Yeshohua, como Amos Oz o David Grossman, propugna una paz justa que reconozca los
derechos nacionales del pueblo palestino, con el que Israel comparte la Tierra
Santa de judíos, musulmanes y cristianos. Su libro, como la película de Riklis,
no trata de eso, pero saberlo ayuda a entenderlos mejor.