El ojo y la lupa

Franzenmanía

Es difícil no dejarse arrastra por la corriente dominante cuando un autor llega a la portada de la revista ‘Time’ y un desequilibrado le roba las gafas y pide un rescate de 115.000 euros, cuando algunos críticos descubren en su última obra la denuncia de la bajeza moral de la era de Bush o la ‘crónica tolstoiana’ de la descomposición de una familia, y cuando se la aclama como la reencarnación de la ‘gran novela americana’, a la altura de ‘Huckleberry Finn’ o ‘Las uvas de la ira’. Así que, pese a decidir en principio que iba a dejar que ‘Libertad’, de Jonathan Franzen (Salamandra), reposara unos meses, hasta que pasara el alboroto, en la pila de la tarea pendiente, he sucumbido en pocas semanas a la presión por leerla.

Ha merecido la pena, he disfrutado a tope, es una magnífica novela, pero es cuestionable su candidatura a ‘la gran novela americana’. Grande, sí, pero ¿americana? Mucho menos que ‘Guerra y paz’ rusa o ‘Madame Bovary’ francesa, sin que por ello dejen de ser universales e intemporales por la forma misteriosa con la que conectan con sentimientos y sensibilidades que no entienden de tiempos o lugares.

Los problemas de la sociedad actual no son troncales en ‘Libertad’. La forma misma de la escritura de Franzen es más clásica que moderna y retrotrae a los arrebatadores novelones del siglo XIX, en los que Estados Unidos no fue tan pródigo como algunos países europeos, España incluida. Aunque tenga de fondo la evolución de la sociedad norteamericana en los últimos 40 años, ‘Libertad’ no es en sentido estricto una novela contemporánea, y mucho menos vanguardista, ni por su estilo ni por su intencionalidad. Nada que ver, por ejemplo, con la exuberancia terminológica, el trasfondo experimental y el afán por trascender de ‘Meridiano de sangre’, publicada por Cormac McCarthy en 1986 y en la que una desquiciada expedición punitiva por la frontera desértica con México desnuda el paisaje físico y moral que hizo posible la forja salvaje de Estados Unidos.

Al volver la última página (la 667), queda la sensación de haber tenido entre manos algo tan simple como difícil de lograr: una ‘buena historia’. ¿Sus ingredientes? Además de un accesorio alegato ecologista, el retrato de un triángulo amoroso, la infidelidad, la comprensión, la frustración, el arrepentimiento y el perdón, las complejas relaciones entre padres e hijos, el contraste entre ideales e intereses materiales, la dificultad de ser honrado con uno mismo, la coherencia y la ausencia de la misma. La sustancia de la vida. Eso es lo que convertirá la obra de Franzen en un clásico.