El ojo y la lupa

Embajador en la corte de Hitler

A William E. Dodd, un profesor de historia del Viejo Sur convertido en 1933 en embajador de EE UU en Berlín, cuando Hitler acababa de llegar al poder, le sorprendió que en Alemania nadie pegaba a perros y caballos, siempre "limpios, gordos y felices". La ley castigaba con cárcel el maltrato animal mientras se mataba a hombres sin juicio. "La población temblaba de miedo", aseguraba este atípico diplomático. "Los animales tenían garantizados unos derechos con los que ni hombres ni mujeres podían soñar. ¡Uno casi deseaba ser un caballo!"

El detalle ilustra el interés de un libro que refleja un punto de vista diferente sobre una época que condujo a la guerra más salvaje y mortífera de la historia: ‘En el jardín de las bestias’ (Ariel), de Erik Larson. El título alude al Tiergarten, junto al que se hallaban la cancillería del Reich, el cuartel general de la Gestapo y la embajada norteamericana. Pese a su barroca presentación editorial no se trata de un ‘best seller’ convencional, y el subtítulo ‘Una historia de amor y terror en el Berlín nazi’ despista más que informa. Se lee como una novela, pero su público natural es el de los interesados por la investigación histórica.

Larson inserta la vida cotidiana de los Dodd en un contexto histórico en el que Hitler construía su Estado totalitario, racista, expansionista y belicista sin que el mundo percibiese la magnitud de la amenaza. El propio embajador era casi comprensivo al principio de su misión, pese a las muestras de que se suprimía por la fuerza cualquier disidencia y se recrudecía la persecución implacable a los judíos.

Cuando comprendió lo que de verdad ocurría y alertó a su Gobierno, teñido de aislacionismo, no halló eco. Peor aún: cayó en desgracia, por ser incapaz de mantener una relación amistosa con el Gobierno ante el que estaba representado, pese a que algunos jerarcas del partido eran asiduos a su mesa, como el vicecanciller Von Papen, o esporádicos, como Rohm, el jefe de las SA, la fuerza de asalto desmantelada la Noche de los Cuchillos Largos, un episodio que Larson narra con fibra de novelista.

Es sin embargo la hija del embajador, Martha, que luego fue agente soviética y terminó sus días en la Checoslovaquia comunista, el principal instrumento que permite al autor penetrar sin maniqueísmos en el ambiente social nazi de la época, dados sus contactos estrechos, incluso íntimos, con miembros del entorno de Hitler, como el jefe de la Gestapo, Rudolf Diels. Una de estas amistades intento sin éxito convertirla en amante del ‘führer’, al que fue presentada en un restaurante, y que le besó la mano. Pero sin pasar de ahí.