La importancia de un buen final

Se entiende que la fama sea más esquiva con el final de los grandes libros que con el comienzo. La primera frase de ‘El Quijote’ (‘En un lugar de La Mancha…’) casi se ha incorporado al inconsciente colectivo, incluso de quienes no lo han leído, pero ¿quién se acuerda de la concisión extrema de la última (‘Vale’), y de que la penúltima es tan farragosa que casi hago un favor al lector al no reproducirla?

El inicio de ‘Ana Karénina’, de Tolstói (la NOVELA por antonomasia), es casi tan universal como el de la obra cumbre de Cervantes: ‘Todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera’ (hay casi tantas variantes como traductores), pero la conclusión resulta comparativamente insulsa. También me la ahorro.

El caso de ‘Cien años de soledad’, de García Márquez, es muy especial, ya que es difícil decidirse entre el cabo y el rabo, ambos magníficos. El comienzo: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. El final: “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Esta columna reivindica los buenos finales con tres ejemplos.

1)    ‘La peste’, de Albert Camus: ‘Puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa’ (traducción de Rosa Chacel).

2)      ‘Verano’, de J. M. Coetzee: ‘Una cosa o la otra: no hay una tercera vía’ (Traducción de Jordi Fibla).

3)      ‘El amante de los caballos’, uno de los relatos de la recopilación del mismo título (Anagrama) de la poetisa norteamericana Tess Gallagher, la última esposa de Raymond Carver, uno de los máximos representantes del ‘realismo sucio’: ‘A partir de aquella noche me juré entregarme de lleno al primer deseo sucio que se apoderase de mí. Sumergirme en el corazón de mi vida y perderme sin piedad y para siempre’.

Ya que no tan sugerentes, sí que hay en el libro de Gallagher otros buenos finales. Como el de ‘Medidas desesperadas’: ‘Esperaba que nunca más volvieran a desnudarme a la fuerza en el asiento trasero de un coche en el blasfemo nombre del amor’. Incluso comienzos más que notables, como el de ‘El pelele’: ‘El día que mi hermano Gordon me echó de su casa y me llamó bruja, deseé que mi marido fuera Rocky Marciano’.

Un consejo: que antes de desechar un libro porque no le guste el comienzo, eche una ojeada al final. Puede que merezca la pena y que se anime a dar una segunda oportunidad a la obra.

Lástima que la última frase de este artículo no esté a la altura de las que glosa. Mis disculpas.