Cuando las españolas en París no eran Erasmus

La proyección de Las chicas de la sexta planta, el filme de Philippe le Guay que recrea las vicisitudes de las chicas de servir en la Francia de los sesenta, convierte en inevitable el recuerdo del estreno, hace ya 41 años, de Españolas en París, el filme con el que Roberto Bodegas inauguró la llamada tercera vía del cine español. Fue éste un difuso territorio cultural en algún lugar a mitad de camino entre las casposas comedias del subdesarrollo y las obras de los Berlanga, Bardem o Buñuel que, a despecho del inculto generalísimo que moraba en El Pardo, plantaban la bandera (más republicana que roja y gualda) en los festivales internacionales de más prestigio.

Se trató de un estimable intento de cine comercial, difícilmente merecedor de la vitola de cine de autor pero que prestaba atención a problemas sociales del momento sin desafiar a un régimen cuyos cimientos, sin embargo, se desmoronaban al triple ritmo de la decadente biología del dictador, la apertura a millones de turistas y la imprescindible modernización económica. El terreno estaba abonado para que, como en el caso del filme de Bodegas, se abordasen temas como el de la emigración desde un prisma que reducía al absurdo la estética cutre de, digamos, la inefable Vente a Alemania, Pepe.

José Luis Dibildos, productor y coguionista (junto a Antonio Mingote y Christian de Chalonge), declaró entonces que el estreno en Francia de Españolas en París pretendía dar a conocer en ese país a quienes no se valoraba “más que como mano de obra”, en referencia a las chicas de servir, las chachas o las criadas, aún no dignificadas con denominaciones como empleadas de hogar.

Parece que Le Guay fue criado por una de esas españolas que huían de la miseria y la falta de oportunidades en su propio país, y tal vez sea cierto que con su película quiere rendirles un homenaje. Pues muchas gracias, pero a buenas horas. El resultado, por otra parte, es una amalgama de tópicos amables y sensibleros abundante en paella, chorizo, copla, pandereta, misa y nostalgia que, en más de una ocasión hace temer que se escuche por la radio a Antonio Molina cantando aquello tan sentido de “¡Adiós mi patria querida, España de mis amores…!”

Es de agradecer que, en el empeño, se haya dado trabajo a un espléndido elenco de actrices españolas, entre las que destacan Carmen Maura (adoptada ya por el cine francés, que le retribuyó su papel aquí con un César), Lola Dueñas y Natalia Verbeke, pero con sus papeles reducidos a estereotipos, el resultado arranca algunas sonrisas, invita a algunas reflexiones y comparaciones, pero se aleja de toda trascendencia y pierde casi todo su valor como estampa histórica. A este filme le sobran 40 o 50 años, y no precisamente porque se desarrolle en los sesenta.

Las chicas, en una inversión irónica del arriba y abajo británico, viven arriba, en habitaciones minúsculas y con un retrete común, en la sexta planta de un edificio habitado por familias burguesas. Se levantan a las seis, se acuestan a las once, son tratadas con más exigencia e indiferencia que benevolencia y casi siempre son invisibles para los señores. No son unas esclavas, trabajan por un salario, y “nunca pierden la sonrisa” marca de la casa (otro topicazo), pero hay un tufo repelente a explotación y clasismo. Por eso, cuando el señor de la casa en la que trabaja el personaje de Verbeke, seducido sin ella pretenderlo, se precipita por un torbellino de admiración hacia el carácter de las españolas, a las que ayuda con pasión de misionero, el choque con las convenciones de su entorno social es clamoroso, aunque en la película se resuelve con estética de cuento de hadas, un recurso que está resultando muy rentable al reciente cine francés.

Las españolas en París de hoy son muy diferentes: turistas, tituladas universitarias, becarias del programa Erasmus… Aquel tiempo no volverá, ni siquiera si este país se precipita al abismo. Y si para algo útil, además de entretenerse un par de horas, puede servir Las chicas de la sexta planta es para recordarnos, más allá de las evidentes y numerosas diferencias entre ambas situaciones, a los centenares de miles de ecuatorianas, peruanas, filipinas, bolivianas, brasileñas o dominicanas que viven en España realidades próximas a la explotación no muy diferentes de las que recoge la película. Algo que se pone de manifiesto estos días, cuando el plazo de seis meses para la inclusión de las empleadas de hogar en el régimen general de la Seguridad Social ha concluido sin que los empleadores de muchas de ellas las hayan dado de alta.