El ojo y la lupa

Islandia, un plató de cine

Nada más natural que para rodar Viaje al centro de la Tierra, dirigida en 2008 por Eric Brevig, se eligiese el país por la boca de uno de cuyos volcanes, el espectacular Snaefellsnes, hizo descender Julio Verne a los expedicionarios de su novela homónima. Ese país es Islandia, un pedazo emergido de la dorsal trasatlántica que parece tan de otro mundo que se entiende que se eligiese como set de rodaje de Oblivion, dirigida por Joseph Kosinski, protagonizada por Tom Cruise y aún no estrenada en España. Después de todo, trata del envío de un veterano soldado del futuro a un "planeta distante donde debe destruir los restos de una raza alienígena". Nadie podrá negar tampoco a Ridley Scott que Islandia es también un escenario perfecto para los primeros 15 minutos de Prometheus (una especie de precuela de Alien), en los que se representa el principio de los tiempos.

Resulta también lógico que se eligiese un glaciar islandés (de los que hay 12.000 kilómetros cuadrados) como localización de las escenas de Batman begins que, en teoría, se desarrollan en un templo budista del Himalaya. O que James Bond se las tuviese que ver con los malos en dos de sus aventuras (Muere otro día y Panorama para matar) en lugares tan exóticos como la laguna de Jokulsarlon, repleta de bloques de icebergs desprendidos de un glaciar.

Si se buscan hielos y nieves, paisajes desolados, fiordos, pozas de agua caliente, géiseres, enormes campos de lava o cubiertos de musgo, acantilados de diseño caprichoso poblados por miriadas de aves, ríos de agua lechosa, enormes playas de arena negra, montañas de todos los colores, cascadas recoletas o furiosas, glaciares majestuosos, auroras boreales, noches blancas y días negros de 24 horas, praderas inmensas que en verano están cubiertas de un una hierba verde intenso y de flores amarillas y violetas, tierras y piedras extrañas y paisajes que no parecen de este mundo... Si se busca algo de todo eso, Islandia es la elección obligada. Allí hay de todo eso en cantidad y variedad imposible de hallar en cualquier otro lugar de este planeta. Un paraíso para localizaciones cinematográficas naturales.

Sin embargo, el factor paisaje no es el único que explica que Islandia se haya puesto tan de moda como destino de rodaje. Es fácil de entender la elección en casos como Tomb Raider o la serie televisiva de moda, Juego de tronos, cuya Tierra del Norte parece hecha a la medida de Islandia, pese a que abunda en ella lo único que no tiene Islandia (árboles). Sin embargo, desconcierta un tanto que también se rodasen allí filmes como Banderas de nuestros padres, en la que Clint Eastwood hubo de efectuar un importante esfuerzo de adaptación para que la recortada península de Reykjanes (donde está la mundialmente famosa Laguna Azul) recordase la isla japonesa de Iwo Jima.

Factores decisivos, sobre todo para la industria norteamericana, es que Islandia está relativamente cerca (pese a lo remota que parece a la mayoría de los europeos) y, sobre todo, que el Gobierno de Reikiavik devuelve el 20% de los costes de producción a las películas que se ruedan en el país, además de dar facilidades a la filmación que llegan hasta cerrar durante días algunas de las principales atracciones turísticas.

Por otra parte, Islandia, pese a sus escasos 320.000 habitantes, tiene una pujante industria cinematográfica, con directores como Dagur Kari, Fridrik Thor Fridriksson (toda una institución en su país) y, sobre todo, por su mayor proyección internacional, Baltasar Kormákur, cuyo nombre de pila y su apellido real (Baltasarsson) apuntan a su origen español, ya que su padre es el pintor barcelonés residente en la isla Baltasar Sabater.

Kormákur es el realizador de Contraband, remake norteamericano de Reykjavik-Rotterdam, que él mismo protagonizó (es también un buen actor), y ha llevado a la pantalla Las marismas, una de las obras de mayor éxito internacional del escritor islandés de novela negra Arnaldur Indridasson. Pero su filme más conocido, cuyo DVD se traen de vuelta a casa muchos turistas españoles, es 101 Reykjavik, que algún crítico ha definido como réplica islandesa de Almodóvar y que está protagonizado por Victoria Abril, que da vida a una profesora lesbiana de flamenco que se lía con la madre del protagonista y con este mismo, un joven desarraigado, eterno adolescente que vive de la ayuda social y abjura de cualquier compromiso... aunque termina trabajando de controlador de parquímetros.

La película, apenas promocionada, pasó sin pena ni gloria por España, pero aún puede encontrarse en algún videoclub o rastreando por la red. Es un buen aperitivo para quien viaje a Islandia con un interés que vaya más allá del deseo de contemplar algunos de los paisajes más impresionantes de la Tierra.