La nueva TVE se desnorta con ‘La forja de un rebelde’

La producción por TVE de una serie como ‘La forja de un rebelde’, basada en la trilogía homónima de Arturo Barea (1897-1957) y que costó la friolera de 2.300 millones de pesetas de la época (unos 13 millones de euros) fue posible en 1989 (se emitió al año siguiente) por la confluencia de dos circunstancias: porque a nadie parecía importarle demasiado entonces el presupuesto de la televisión pública y, sobre todo, porque los socialistas estaban en el Gobierno. Hoy, habría sido imposible, justamente por las razones opuestas: porque no hay dinero ni para barrer los pasillos y porque ni hartos de vino aceptarían los actuales jerarcas del ente (y sus jefes en La Moncloa) poner en antena la adaptación de una obra que, más allá de sus sobresalientes cualidades literarias e históricas, presenta una visión de la guerra civil y de las décadas inmediatamente anteriores que choca frontalmente con la ideología del PP.

Sin embargo, en las noches dominicales de La 2, compitiendo en condiciones muy desfavorables con los Juegos Olímpicos, es decir, casi de tapadillo, se está reponiendo la serie que dirigió Mario Camus y en la que,  desde la óptica de las izquierdas y del bando republicano, se muestran esos años turbulentos en los que España se partía en dos. Es cierto que “¡Ahorremos a toda costa tirando de productos enlatados!” se ha convertido en uno de los dos grandes gritos de guerra de los nuevos directivos de RTVE (el otro es “¡Purguemos a todos los rojos de la etapa socialista!”), pero aún así sorprende que al responsable de turno, por mucho que tenga la mirada más fija en la calculadora que en los contenidos, se le haya pasado por alto que, de Rajoy abajo, a casi todos en el PP se les puede indigestar la cena dominical si ven un solo capítulo de ‘La forja…”.

En el último episodio, por ejemplo, la división entre ‘malos’ (el cura, el cacique, el filonazi…) y ‘buenos’ (sindicalistas, campesinos, socialistas, comunistas, azañistas, anarquistas…) es nítida y transparente, apenas templada por la figura del propio Barea, al que los excesos del otro bando nunca impidieron condenar los del propio, como le ocurrió también a Azaña. Ese distanciamiento crítico, más de silencios que de denuncias, no fue ajeno (como en el caso de Manuel Chaves Nogales) al hecho de que optase por el exilio antes de que terminase la guerra, primero en París y luego en Inglaterra, donde escribió ‘La forja…’ en castellano, una primera versión que se extravió después de traducirse al inglés y de gozar de un éxito instantáneo. Por supuesto, el libro estuvo prohibido en vida de Franco, pero también fue ignorado, quizá por la independencia de criterio de su autor, por amplios sectores de la ‘izquierda oficial’. El caso es que la trilogía no fue editada en España hasta entrados los ochenta, cuando ya era considerado un libro de culto.

Su estructura recuerda a otra trilogía, esta de ficción: ‘La lucha por la vida’, de Pío Baroja, un fresco de la sociedad española de finales de finales del XIX y comienzos del XX en el que la peripecia del protagonista tiene más peso que en ‘La forja…’. Es ésta una biografía novelada, de indiscutible calidad literaria, pero que trasciende hasta convertirse en una sobresaliente lección de historia. Si las partes de la obra de Don Pío se titulan ‘La busca’ (llevada a la pantalla por Angelino Fons en 1966), ‘Mala hierba’ y ‘Aurora Roja’, las de la trilogía de Barea son ‘La forja’, ‘La ruta’ y ‘La llama’.

El itinerario vital de su protagonista y autor revela la miseria de los barrios pobres de Madrid (el Lavapiés de su madre lavandera), al absurdo de la sangrienta guerra de Marruecos (en la que lucharon en condiciones terribles solo quienes no podían pagar para quedar excluidos), la esperanza que trajo la república (que luego se esfumó) y el horror de la guerra fratricida, durante la cual Barea fue censor de las crónicas de los corresponsales extranjeros. Algunos de ellos, según su relato, falsificaban la realidad y situaban poco menos que desfilando por la Gran Vía al Franco que se estrellaba contra la resistencia simbolizada por el mítico “¡No pasarán!”.

La serie tiene secundarios de lujo (Manuel Aleixandre, Rafael Alonso, Emilio Gutiérrez Caba, José Luis López Vázquez, Pilar Bardem…), pero falla en algo troncal. Aunque Antonio Valero es un actor notable, aquí (sea por culpa suya o de Camus) compone un Barea hierático, siempre con el mismo gesto frío y desapasionado, como si se hubiese tragado el palo de una escoba. Pese a ello, el personaje que encarna, y la historia en su conjunto, son tan apasionantes que no se desluce el resultado, mientras que la inversión económica se refleja en lujos tan poco frecuentes en televisión como la reconstrucción parcial de la Gran Vía de los años treinta y la filmación en el norte de África.

Gracias, por tanto, al despistado o al valiente que, desafiando los nuevos aires que corren por Televisión Española, ha hecho posible la reposición de ‘La forja de un rebelde’ (que puede verse completa en la web de RTVE), y ojalá que eso no le mande al pasillo o el ‘cementerio de elefantes’. Si así es, que no piense que ha sido en vano. Si gracias a él un puñado de espectadores se lea el libro, historia viva, documento excepcional, literatura de muchos quilates, habrá merecido la pena.