El ojo y la lupa

Jovenes airados, Shanghai y un ‘best seller’ con receta

He aquí algunas lecturas recientes que corrían peligro de quedar fuera de esta columna. Una pieza  a la semana no da para mucho.

Sabado por la noche y domingo por la mañana, de Alan Sillitoe (Impedimenta). Nueva edición, con magnífica traducción de Mercedes Cebrián, a más de 50 años vista de la primera en el Reino Unido, del clásico de uno de los más destacados integrantes (con Osborne, Pinter, Amis…) del movimiento de los ‘jóvenes airados’ que, a mediados del siglo XX, fue un revulsivo denunciador de un sistema que favorecía la alienación de la clase obrera y la mediocridad de la media y la alta. El protagonista, Arthur Seaton, trabaja a destajo en una fábrica de bicicletas (como hizo el propio autor) sin más inquietudes que pulirse su salario en cerveza durante el fin de semana y acostarse con mujeres casadas. Su desapego hacia el sistema se ilustra, no obstante, con detalles como el utópico e irónico deseo de rifar la sede del Parlamento entre los obreros de las fábricas.

La época era mala, pero con aspectos que hoy la hacen envidiable, al menos desde esta España del paro masivo. El antihéroe Seaton, de 22 años, reflexiona: "Si el patrón te pilla [perdiendo el tiempo con el periódico en el baño] siempre puedes decirle que se meta el trabajo donde le quepa y marcharte a otro lado". Y no estaba demasiado mal pagado: "Puedes ganarte un buen sueldo si te dejas la espalda trabajando a destajo (…) Puedes ahorrar para una moto o un coche usado, o irte diez días de farra y dilapidar todos tus ahorros".

Albert Finney dio vida a Seaton en la película homónima de Karel Reisz, un título clave del movimiento ‘free cinema’, junto a la adaptación que efectuó Tony Richardson de un relato del propio Sillitoe (La soledad del corredor de fondo, protagonizada por Tom Courtenay), e If’ (de 1968, el año en el que cambiaron menos cosas de las que luego nos dijeron), dirigida por Lindsay Anderson, protagonizada por Malcolm McDowell, el psicópata de La Naranja mecánica, y que refleja la represión y el maltrato en un internado inglés y que ganó la Palma de oro en Cannes.

Merece la pena releer a Sillitoe y ver o volver a ver estás películas. El paso del tiempo les ha robado algo de brillo y frescura, pero no su valor como testimonio de una época en la que germinaba la reacción contra una sociedad injusta, un impulso que llegó a parecer deslumbrante, pero que fue perdiendo fuelle y, a la postre, ha quedado en este desierto moral en que malvivimos.

Visado para Shanghai, de Qiu Xiaolong (Tusquets). Nueva entrega de la serie del inspector jefe Chen Cao, con la que el poeta, traductor, crítico y novelista residente en Estados Unidos, persigue un doble objetivo. El primero es describir, sin la amargura de un emigrado, con tramas propias de la novela negra, y sin perder nunca de vista el pasado que la conforma, la prodigiosa transformación que sufre su país de origen, a ritmo mucho más rápido que el de su sistema político. El segundo objetivo es homenajear a su ciudad natal, Shanghai, a lo que queda de su antiguo esplendor y a la ciudad nueva que crece cada día, que busca su alma entre bosques de rascacielos y se convierte en el corazón económico de una China que planta cara a Estados Unidos.

En este episodio, Chen Cao, un producto del sistema pero con ideas propias sobre cómo burlarlo, se enfrenta a un crimen y una desaparición ligados por la acción de las Triadas (el crimen organizado). Tanto o más que la búsqueda de indicios, lo que le condiciona a la hora de llevar la investigación por uno u otro camino, es la ‘razón política’, defendida por los jerarcas del partido y, muy en particular, por el representante de éste en la jefatura de la policía de Shanghai. Qiu añade un relevante componente sentimental: la relación con una agente norteamericana que debe conducir a su país a una importante testigo de un caso contra la inmigración ilegal. Chen, soltero, se deja llevar por una posibilidad que sabe imposible, que violaría todas las normas, algo que él, un hombre del sistema con un brillante futuro, no está dispuesto a hacer, aunque juguetee con la transgresión para cerrar el caso.

Como las otras entregas de la serie, Qiu deja entrever su crítica al sistema, pero nunca la lleva hasta sus últimas consecuencias. No es, ni mucho menos, el típico chino que emigra a Estados Unidos y consigue el éxito con libros en los que describe lo perverso y dañino que es el régimen comunista. Él va varios pasos por delante, y su mirada es la de un poeta. De hecho, como en anteriores ocasiones, incluye en sus novelas poemas propios y ajenos, difíciles de traducir (y a veces de comprender), pero que le ayudan a elevarse por encima de la gran mayoría de los autores de novela negra actuales, hasta casi el umbral de lo que es, lisa y llanamente, buena literatura.

Iron House, de John Hart (Quaterni). No es el tipo de novela que suelo glosar en esta columna, poco hospitalaria con las obras que se convierten en ‘best sellers’ porque ésa es su vocación esencial y originaria, reflejada en el empleo de técnicas que parecen más cinematográficas que literarias, destinadas a captar la atención del lector desde la primera página y a graduar la atención en busca del clímax final. Pero reconozco que, pese a tanta prevención, me he dejado atrapar por una trama inverosímil, pero bien desarrollada, que mezcla ingredientes de manera ‘científica’ en busca de la máxima rentabilidad, como si el autor escribiera tanto para el lector como para el espectador del futuro filme, que no dudo de que llegará pronto. Lo más probable es que busque el provecho inmediato, algo asequible a poco que el guión siga la trama de Iron House. Y, quien sabe, en manos de alguien de la talla del Scorsese de Shutter Island, incluso convertirse en un peliculón.

Es una novela negra, aunque no policiaca (los policías sólo son presencias fugaces e irrelevantes), con una dosis exagerada de psicología criminal, asesinos fríos e implacables y siniestras historias familiares que, casi de milagro, no se le escapa a Hart de las manos. Aunque a cierta distancia en cuando a peso literario, su referencia más inmediata son las estremecedoras obras del irlandés John Connolly, sobre todo la serie de Charlie Parker. ¿Hay que leerla? No diré ni que sí ni que no, pero advierto: si se comienza, será difícil dejarla antes del final.