El ojo y la lupa

Los tipos que nos rompen las piernas

El 15-M, por su propia naturaleza, no tenía líderes, y otro tanto le ocurría a su equivalente norteamericano, Occupy Wall Street (OWS), pero si hay un intelectual con capacidad de encarnar la esencia de ambos movimientos ése es David Graeber, antropólogo y anarquista, por este orden, porque fueron sus trabajos de campo en esa disciplina tan esencial como desconocida los que determinaron su ideología. Meses antes de que una heterogénea coalición de descontentos con las fórmulas empleadas por su Gobierno para combatir la crisis se concentrasen en un parque del distrito financiero de Nueva York, Graeber publicó un libro que prefiguraba el contenido filosófico de la protesta. La editorial Ariel acaba de publicar su versión en castellano. Su título: En deuda. Una historia alternativa de la economía. La gran pregunta que se hace es: ¿Hay que pagar las deudas? No debe sorprender que la respuesta sea: No, o al menos no siempre.

Como antropólogo, Graeber, radical activista contra la globalización presente en muchas citas antisistema de este siglo, escarba en la evolución de las estructuras y costumbres culturales y económicas a lo largo de la historia, se remonta hasta épocas tan lejanas como la de las civilizaciones mesopotámicas y concluye que, ya entonces, la deuda era un elemento fundamental para definir las relaciones sociales y de poder, esencial, ayer como hoy, de la división entre acreedores y deudores, o entre verdugos y víctimas.

Graeber compara al Fondo Monetario Internacional (FMI), "ejecutor de la deuda mundial", como "el equivalente en las altas finanzas a los tipos que vienen a romperte las piernas" si no pagas. Pero, ¿acaso no es justo y razonable que si alguien te presta dinero debas devolvérselo, con los intereses correspondientes? Porque las deudas hay que pagarlas...

Graeber nos recuerda que gran parte de los préstamos al Tercer Mundo fueron al bolsillo de dictadores que los colocaron en bancos suizos mientras sus compatriotas morían de hambre. En muchos países, por la magia del interés compuesto, se devolvieron varias veces sin reducir su importe, e hipotecaron a países enteros muchos años después de que los jerarcas que los recibieron hubiesen muerto. La deuda no moría con ellos. Porque las deudas hay que pagarlas...

No es un problema de ahora. Graeber describe con minuciosidad científica un ejemplo paradigmático en Magia y legado de la esclavitud en Madagascar, un clásico de la antropología. A finales del siglo XIX, Francia invadió la isla africana e impuso fuertes impuestos para pagar su aventura imperialista y desarrollar infraestructuras. El rechazo de gran parte de la población provocó una represión en la que murieron decenas de miles de malgaches. Cuando el colonialismo directo pasó de moda, Francia se fue, pero la deuda no caducó. Aún está sin saldar del todo. Porque las deudas hay que pagarlas...

A comienzos de este siglo, en Estados Unidos tanto como en España y otros países, millones de familias se endeudaron casi ‘obligadas’ por bancos y cajas ansiosos por prestar dinero, incluso a quien no ofrecía garantías mínimas de devolverlo. Con esos créditos compraron viviendas a precios astronómicos y se hipotecaron de por vida. Muchos de esos créditos incobrables se convirtieron en objeto de especulación sobre la fecha en que se produciría el impago. Apuestas y préstamos se fundieron en paquetes únicos, se vendieron a inversores institucionales que traficaron con ellos como si fuese dinero y que se protegieron en grandes aseguradoras, tan grandes que el Estado ‘no podía dejarlas quebrar’, como tampoco a las entidades financieras que nos metieron en el lío. Estas fueron (están siendo) rescatadas, pero nadie lanza un salvavidas a las familias asfixiadas, que perdieron sus viviendas, a medida que perdían sus empleos. En España, para más INRI, se quedaron sin casa y siguieron en deuda con los bancos. Graeber denuncia y desnuda esta "estafa muy elaborada". Tiene razón, pero no sirve de nada. Porque, ya se sabe, las deudas hay que pagarlas...