El ojo y la lupa

‘1948’, memorias de guerra de un judío atípico

¿Por qué es Yoram Kaniuk un judío atípico? Por razones que se desprenden de 1948 (Libros del Asteroide), la novela-biografía en la que rescata sus recuerdos de la guerra que consagró el Estado de Israel, sin darlos por totalmente ciertos porque, más de 60 años después, la memoria es esquiva. También se sale de la norma por su integración en el Comité de Escritores Israelíes y Palestinos Contra la Ocupación. O por una insólita reclamación ante los tribunales: figurar legalmente como judío de nacionalidad, pero no de religión judía, sino "sin religión". Sus motivos: que una hija y un nieto (que incluso sirvió en el Ejército), israelíes descendientes de su mujer cristiana, estaban catalogados en el registro de población como "cristianos americanos". Una reclamación sólo permitió cambiar la etiqueta de su nieto a "sin religión", la misma que ha obtenido por fin Kaniuk, un sabra nacido en 1930 en la Palestina del mandato británico y descendiente de judíos askenazis emigrados de Europa.

Con estos antecedentes, el lector queda advertido de que no va a encontrar en 1948 nada parecido a una glorificación de la lucha por conquistar un Estado en la tierra prometida por Dios al pueblo elegido, que acababa de sufrir bajo el nazismo una brutal operación de exterminio masivo. Kaniuk, con tan solo 17 años, luchó voluntario en las fuerzas judías del Palmach, estuvo a punto de morir en varias ocasiones, y fue herido de gravedad, pero, sin embargo, en 1948 no se muestra convencido de la razón de su causa, y reconoce que, en aquella época "el concepto de Estado era vago, incluso ridículo". Abraham, recuerda, huyó de Mesopotamia porque Dios, "no el de Moisés, sino otro, cananeo", le dijo: "¡Vete de tu patria! Así que, ¿cómo vamos a saber qué es el amor a la patria?".

El sabra Kaniuk no siente el imperativo categórico, incuestionable, ineludible, automático de conquistar un Estado para acoger a las víctimas del Holocausto y a cualquier judío, de cualquier parte del mundo, que quiera volver a sus orígenes. Lucha y se juega la vida por ese objetivo, pero sin creerse en posesión de la verdad absoluta, comprendiendo también al enemigo, sin entender bien por qué lo son aquellos con quienes hasta entonces había coexistido. "Nos dispusimos a fundar un Estado contra los cosacos", dice, "y todo lo que encontramos enfrente fueron árabes".

Con 17 años, se juega la vida, ve cómo la pierden muchos compañeros pero, al mismo tiempo, se cuestiona si su esfuerzo merece la pena. Considera a Israel "un Estado de muertos, que se fundó para los muertos", resultado de "una gigantesca operación de represalia contra la Historia" y, en el fondo, contra Dios, "una especie de Dios (...) que asesinó con frialdad, con indiferencia, a un tercio de su pueblo", es decir, que permitió el Holocausto. No es la actitud de un combatiente, sino la de un intelectual.

1948 contiene estas paradojas, pero es también unas memorias de guerra, aunque no describe en detalle los avatares de aquellos meses cruciales, sino que se centra en las reflexiones de su autor, filtradas por el paso de más de 60 años. Es difícil, por ejemplo, saber si el reencuentro con el inglés al servicio del rey jordano que le hirió ante la puerta de Sión de Jerusalén, pero que le perdonó la vida, es un ser real o un artificio literario. Pero en el libro le dice años después: "No pude matarte. Era amigo y enemigo. Intenté matarte, pero también te salvé. Te amaba y te odiaba".

Para escapar del corsé de los hechos concretos, Kaniuk recurre al formato de novela. Tal incidente, tal batalla, tuvo lugar en tal pueblo, o tal otro, o en el de más allá; quizás el muerto fue éste, o aquél, no está seguro. Lo que importa es que todo ocurrió en lo esencial, en su trascendencia. Como el terror a la tortura y la mutilación si caían en manos de los árabes, lo que les hacía llevar siempre a mano una granada para poder suicidarse. O el error que hizo que el autor matase un niño árabe al fallar el tiro cuando pretendía justo lo contrario: disparar a un compañero de unidad que vengaba en inocentes las atrocidades del enemigo.

Quien quiere matarte es tu enemigo. Pocos combatientes puedes ignorar esta terrible verdad. Tampoco en el fondo Kaniuk, pero sí rechaza considerar enemigos a los árabes a los que se expulsa de sus casas y de sus tierras. Cuando lo ve, se siente "cómplice de un delito". Esa gente son "ausentes presentes". "Cualquier árabe", recuerda, "que saliera de una ciudad conquistada hasta el 14 de mayo de 1948, que fuera a visitar a alguien, a comprar algo, incluso a visitar a un familiar en otro lugar fuera del territorio de Israel y quisiera volver era como si no hubiera estado ahí antes". Ni ellos ni sus descendientes han podido regresar jamás.

Kaniuk comprende a quienes ocuparon el lugar de los expulsados, en su mayoría supervivientes del Holocausto que habían encontrado "un lugar bajo el sol" después de tanto sufrimiento, procedentes del "cubo de la basura de la historia". No les demuestra simpatía, encuentra su aspecto terrorífico, pero también los ve "ungidos por una especie de belleza humana que hacía difícil juzgarlos". Los describe enfermos, angustiados, "desprovistos de romanticismo y pensamientos sobre la justicia", entrando en una localidad como una plaga de langostas, como "una jauría de chacales", "asaltando las casas vacías (...) con hambre, con avidez, mientras los dueños de esas casas permanecían junto a la alambrada lejana con la esperanza de regresar (...) o se arrastraban en caravanas hacia lo desconocido".

Una tragedia se mitigaba, mientras nacía otra, la del pueblo palestino, con millones de refugiados, aún sin Estado 64 años más tarde, a pesar de varias guerras y de tantos y tantos muertos. Y la guerra, dice el escritor, continuará al menos durante cien años. "Hay acuerdos de seguridad y treguas, pero aún no hay paz, ni Estado, ni futuro, ni tranquilidad".

  • Los interesados en la obra de Kaniuk pueden ver ahora, recién estrenada, la adaptación cinematográfica, dirigida por Paul Schrader, de su novela más conocida, Adam resucitado, publicada en español por Asteroide con el título El hombre perro.