La novela del gran ‘Karnaval’ de Strauss-Kahn

Es probable que Karnaval (Anagrama), de Juan Francisco Ferré, ganadora del último Premio Herralde de Novela, pase a la historia como el más valioso y genuinamente literario de los innumerables productos culturales emanados del caso DSK.

Será difícil, por no decir imposible, que alguna vez se sepa con total seguridad lo ocurrido el 14 de mayo de 2011 en la suite 2806 del hotel Sofitel de Nueva York entre el director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, el socialista francés Dominique Strauss-Kahn, y la camarera e inmigrante de origen africano Nafissatou Diallo, que presentó una demanda contra él por agresión sexual e intento de violación.

Ese incidente o supuesto delito seguirá coleando durante mucho tiempo, ha dado pie a otras denuncias del mismo cariz contra un dirigente marcado ya para siempre como un depredador sexual y ha tenido consecuencias de gran envergadura que sobrepasan la esfera personal. Es más que probable, sin ir más lejos, que de no haber mediado esos hechos, François Hollande no sería hoy presidente de Francia, ya que DSK era ya por entonces el precandidato socialista con más probabilidades de disputar el Elíseo a Nicolas Sarkozy, frente al que se alzaba como claro favorito.

El suceso se convirtió enseguida en carne de cañón para la prensa seria y la sensacionalista, en detonante de investigaciones que señalaban que la pulsión erótica de Strauss-Kahn era una patología de sobras conocida desde muchos años antes, en objeto de especulaciones como que fue víctima de una conspiración de sus enemigos políticos y económicos, y en materia prima de ensayos, novelas, películas, series de televisión y obras de teatro.

Por poner algunos ejemplos, hace meses que se estrenó una comedia sobre el caso titulada L’affaire (El caso), escrita por Jean-Louis Bauer y Philippe Adrien y, más recientemente, comenzó a representarse en París Suite 2806, de Guillaume Landrot, tan bien acogida por el público como destrozada por la crítica. Poco antes, el incidente había sido objeto de un episodio de la serie norteamericana Ley y orden. Y ya está en marcha una película que dirigirá el norteamericano Abel Ferrara, con Gerard Depardieu en el papel de DSK e Isabelle Adjani en el de Anne Sinclair, hoy su divorciada esposa.

Tampoco faltan los libros, como el de investigación Les Strauss-Khan, de las periodistas de Le Monde Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin y, en el terreno de la ficción, Caos ardiente, de Stephane Zagdanski, pero el salto cualitativo que supone Karnaval absuelve a Juan Francisco Ferré de cualquier eventual acusación de oportunismo. Convertido con tan sólo cuatro novelas en uno de los escritores españoles de referencia, y tras la revelación que supuso su anterior obra, Providence –finalista del Herralde 2009-, Ferré construye un edificio literaria sólido y potente, ambicioso y de múltiples registros, en el que, lejos de modas y corrientes, sin más equipaje que su imaginación y un prodigioso dominio del idioma, crea una novela total y multiforme.

Con una mezcla abrumadora de estilos e influencias, en Karnaval cabe todo: la parodia y el esperpento, el ensayo y la crítica política, el espíritu de la protesta del 15-M, la denuncia de los abusos de bancos y mercados y la exaltación de los ideales revolucionarios, la crítica de la hipocresía y lo políticamente correcto, el erotismo compulsivo y desenfrenado, la ironía y el sarcasmo, la alegoría, la utopía y la desesperanza.

Karnaval es un cóctel de alto contenido tóxico, una explosiva mezcla de sabores no apto para todos los paladares, aunque quizás sería más justo decir que está al alcance de cualquiera, pero siempre que lo deguste con paciencia, sin prisas, con espíritu de gourmet, demorándose en cada uno de sus múltiples registros.

Ferré utiliza, recreándolos, a numerosos personajes reales, y nunca cita por su nombre a Strauss-Khan, sino como DK o el dios K. Se maneja como pez en el agua en la invención de textos apócrifos, como en los que aparecen citados en un supuesto documental canadiense sobre el caso en el que se recogen declaraciones, pasadas por un tamiz de parodia, de intelectuales de distinto pelaje, como Slavoj Zizej, Judith Butler, Camille Paglia, Philip Roth, Noam Chomsky, Michel Houellebecq o Harold Bloom. Incluso Lady Gaga, tan intelectual como los otros, al menos en Karnaval, y a quien lo sucedido a DK le recuerda algo que leyó en un libro sobre Einstein: “Cuando las proposiciones matemáticas se refieren a la realidad no son ciertas. ¿O era al revés?”.

En su hora más aciaga, DK escribe a diversos líderes mundiales. A Sarkozy le explica que le cazaron como a “una alimaña en una granja de gallinas” cuando, desde el FMI, quería “evitar la catástrofe” y convencer a los líderes europeos de que cambiasen una política que “cercaba a Grecia como los griegos antiguos cercaron a Troya”. Él tenía que ser sacrificado “para que el asedio al pueblo griego se pudiese realizar con impunidad (…) en nombre de una entelequia financiera”.

A Obama le pide que convenza a los votantes de que hay alternativa, “un mundo paralelo donde todos los deseos se cumplen y todas las necesidades se cubren, una suerte de Estado ideal, un régimen híbrido de socialismo y capitalismo”.

Y al Papa le da una lección profesoral en la que le descubre que la economía es otra forma de la teología, y que ambas “se miran en el mismo espejo”, aunque “con presupuestos antagónicos”. Dios, le asegura en un insólito reconocimiento por parte de un judío al jefe de la Iglesia católina, es “el gran economista del cosmos, el único contable del universo”; “la invención del dinero encierra una respuesta lógica al problema de la fe”; existe un “parentesco entre el misterio de la eucaristía y la invención del dinero”, y “la presencia real en la sagrada forma y en las moneda o billetes participa de la misma credulidad e ilusión”.

Más adelante, Ferré, que utiliza el caso de Strauss-Kahn para desarrollar su propio discurso, relata como el dios K considera que “el afán de posesión, ligado a la esclavitud y la explotación del trabajo, es el verdadero causante de la desgracia universal”. Escenifica en España el triunfo final de la revolución, la sublevación “contra la ignominia y la injusticia” y se exalta por cómo su discurso incendiario hace que le veneren “como a un líder, como a un dios político, como un magnetizador”. Ante las masas exaltadas, declara proscrita la propiedad privada y “abolidas las instituciones burguesas”. Luego, la multitud toma el palacio real, “el monarca borbónico y su familia” huyen a un paraíso fiscal del Caribe y él exige el cese inmediato del Gobierno. Casi nada.

Pero la apoteosis está aún por llegar, centenares de páginas más adelante. Se producirá en la neoyorquina Times Square, trasunto del centro del universo, donde el dios K concierta una cita con la muerte para “calmar el alboroto y el frenesí de los mercados”.