Entre Dickens y Kim Philby

El cine español ha crecido mucho artística y comercialmente, pero entre los vicios que aún lo contaminan y que han contribuido a darle fama de espeso y soporífero, figura el que se resume en esta escena: la pareja acaba de romper; ella permanece sentada en el sofá, con la mirada ausente; el plano cambia y nos muestra a él, a punto de irse, ya con mano en el picaporte y la mirada de pesar dirigida hacia atrás; ella le pregunta: “¿Qué?” Él se toma su tiempo para contestar: “No, nada”, y sale, del piso y de la vida en pareja. Duración: uno, dos o tres interminables minutos. ¿Para qué? Para nada. Tal vez sólo para completar metraje.

En la literatura ocurre lo mismo con frecuencia. El intento de crear atmósfera se traduce a veces en una verborrea insustancial y, lo que es peor, inútil. Barbara Comyns (1909-1992) deja muy claro que ese es un pecado que no quiere cometer cuando, al inicio del capítulo IX de Y las cucharillas eran de Woolworths (editada por Alba), se burla de ese artificio con un diálogo, el único por cierto que, como tal, aparece en el texto:

–         Estoy segura de que es verdad –dijo Phyllida.

–         No estoy de acuerdo –respondió Norman.

–         Bueno, yo sé que tengo razón –replicó ella.

–         Siento disentir –dijo Norman en tono severo.

“Ese es el tipo de material que aparece en los libros de la gente de verdad”, asegura con ironía la narradora, que relata con estilo desenvuelto y antiliterario, como podría expresarse en una conversación informal con unas amigas a la hora del té, las desventuras de un matrimonio prematuro y desgraciado que, a tenor con los datos que he podido rastrear de la vida de la autora, contiene un alto contenido autobiográfico. El resultado es una novela deliciosa, de las que reivindican el placer de la lectura. Publicada por vez primera en 1950, emana profundidad pese a su aparente ligereza, optimista unas veces, trágica y de perfiles claramente dickensianos otras.

La pareja formada por Sophia y Charles, basada -con la libertad que da la ficción- en el primer matrimonio de Barbara Comyns (nacida Bayley) con el pintor John Pemberton, sufre en el Londres de los años treinta del pasado siglo las consecuencias de su inmadurez, su falta de afinidad y objetivos vitales comunes. Sophia no solo lucha contra la indiferencia y el egoísmo de su marido, aquejado del síndrome de Peter Pan, sino contra una pobreza extrema difícil de compatibilizar con la vida bohemia y que lo mismo le hace pasar hambre física, que fuerza el corte del suministro de gas o electricidad, impide pagar el alquiler o la obliga a abortar.

Pese al declarado deseo de desdramatizar su peripecia personal, de no elevarla a símbolo de los problemas sociales de la época, la narradora conmueve en numerosas ocasiones, como en la descripción naturalista del trato atroz que recibe por parte del insensible personal de un hospital público cuando da a luz a su primer hijo. Más adelante, sin embargo, restablece el equilibrio al relatar la bondadosa dedicación con la que es atendida en otro centro público cuando cae enferma de escarlatina, al igual que hija. La obra deja un rastro de referencias sarcásticas o agradecidas (según que Sophia sea víctima u obtenga alguna ventaja) al sistema de beneficencia de la época, imposible de confundir por entonces con un embrionario estado del bienestar.

Pese al trasfondo triste de la historia, Y las cucharillas eran de Woolworths no deja un regusto amargo. Sophia casi nunca se deja abatir, es optimista por naturaleza, se conforma con lo que le toca en suerte, pero nunca cae en el desánimo. Se merece el final feliz, casi idílico, que le proporciona Barbara Comyns y que permite al lector cerrar el libro con un buen sabor de boca.

La propia autora, superada la nefasta experiencia de su primer matrimonio, tuvo una vida interesante, de las que contribuyen a dar soporte a un mundo literario propio. Pasó por dificultades económicas, diversidad de empleos y métodos para ganarse el sustento (su trabajo como cocinera le inspiró buena parte de este libro) y hasta una relación con un contrabandista. Rescatada ya por la literatura, alcanzó el equilibrio en la convivencia con su segundo marido, Richard Comyns, un funcionario del Foreign Office´y amigo de Kim Philby.

Esa relación con el mítico superespía soviético y miembro del círculo de Cambridge forzó a la pareja a abandonar el Reino Unido. Vivieron en Ibiza, San Roque (Cádiz) y, durante 18 años, en Barcelona, antes de regresar a su país en 1973. Dos de sus novelas se desarrollan en España, aunque no la que se considera su obra maestra, La hija del veterinario, que la editorial Alba se propone rescatar también. Ojalá sea pronto.