Dionisio Ridruejo, ¿espía de Stalin?

Gritad concordia (Plaza y Valdés Editores), de Rafael Fraguas, es una de esas ficciones cuya trama, solo posible en una realidad capaz de cualquier disparate, puede resultar descabellada. Hacerla verosímil es el reto que afronta este veterano periodista fascinado por las conspiraciones y las guerras secretas, como ya puso de manifiesto en Espías en la transición. Secretos Políticos de la España Contemporánea.

Esta es la invención de Fraguas: Dionisio Ridruejo, el poeta falangista que llegó a ser Director General de Propaganda del bando franquista durante la guerra civil, y que luego se convirtió en reputado escritor y una de las figuras más conocidas de la oposición interior al régimen, fue suplantado por un doble, en una compleja operación que se inició durante el cerco de Leningrado. Mientras en su versión original permanecía prisionero de los soviéticos, su réplica, el comunista excombatiente republicano Teobaldo Aparicio, volvía a España, burlaba a Serrano Suñer, Carrero Blanco y el mismísimo Franco, y jugaba un papel trascendental para que el dictador resistiese la presión de Hitler y optase por la neutralidad en la II Guerra Mundial.

El libro, una singular novela histórica de espías, deja buen sabor de boca. Fraguas recrea con habilidad personajes, ambientes y situaciones fascinantes, aunque con frecuencia de perfiles siniestros: las intrigas de la posguerra entre las diversas tendencias del régimen, la frustración de intelectuales falangistas por la traición a los ideales de José Antonio, la personalidad de los miembros más relevantes de la camarilla de Franco, la astucia mezquina del dictador, la actuación de las redes comunistas clandestinas, la compleja personalidad de Stalin, el disparate pseudoromántico de la División Azul, el tono triste, gris y apagado de la España de la posguerra…

El libro pierde brillo cuando se hace intimista, incorpora recuerdos de infancia de los dos protagonistas y deriva hacia una historia de amor. Pero lo recupera con creces al recrear situaciones concretas. Como las proclamas que republicanos españoles que combatían en el Ejército Rojo lanzaban por altavoz desde las trincheras a sus compatriotas y enemigos de la División Azul, reticentes ante sus mandos alemanes. O como la entrevista al Este de los Urales del doble de Ridruejo con Josif Stalin, que le felicita y condecora por el éxito de su primera misión secreta en España. O la de este mismo agente con Franco, en su guarida de los sótanos del Palacio del Senado. O la de los dos Ridruejos, cuando el falso intenta convencer al genuino de que retorne a España con una misión que, sin traicionar sus ideales, servirá también a los intereses soviéticos.

Gritad concordia está trufada de nombres propios, como un reto al lector para que adivine los apellidos, a lo que ayuda un índice alfabético que despeja dudas sobre qué personajes son reales y cuales de ficción. En la relación figuran desde Pedro Laín Entralgo a Gonzalo Torrente Ballester, Javier Pradera, Antonio Machado, Manuel Tuñón de Lara o Emilio Mola. Y un tal Antonio Fraguas, con el carné número 33 de Falange, salvado del fusilamiento por un anarquista y del que cabe sospechar una relación familiar con el autor.

Ridruejo murió a los 62 años, el 29 de junio de 1975, cinco meses antes del fin de la agonía de Franco, tras conocer el exilio y algún corto periodo de cárcel, convertido en escritor de prestigio y en abierto opositor al régimen, y tras fundar la Unión Social Demócrata Española. Teobaldo Aparicio, su alter ego en la ficción, murió allá por 1944, gritando “¡Viva España comunista!”, tras recibir el mensaje de aliento de un tal Koba, apodo de Stalin. O tal vez, puestos a imaginar, ocurrió justo lo contrario.