El ojo y la lupa

Anuradha Roy, en las estribaciones del Himalaya indio

Los numerosos lectores de todo el mundo que se dejaron seducir por Atlas de una añoranza imposible están de enhorabuena. Anuradha Roy vuelve con otra novela del mismo estilo que muestra la India desde un prisma indio, el más genuino, por definición. Eso supone una garantía de autenticidad siempre que, como es el caso, la autora tenga fibra literaria, sensibilidad para recrear sentimientos y personajes y una lente de aumento tan bien enfocada que permita ir de lo individual a lo sociológico, lo que solo es patrimonio de un puñado de grandes escritores. Los pliegues de la tierra (Salamandra) reúne todas esas condiciones y las pone al servicio de la recreación de la vida de los habitantes de Ranikhet, una hermosa y pequeña localidad (unos 20.000 habitantes) de las estribaciones del Himalaya, en la que la propia Roy vive desde hace años.

Maya, la protagonista, se traslada a Ranikhet porque cerca de allí murió su marido, Michael, en un accidente de alpinismo, aunque, por motivos que ni siquiera intenta descifrar, se resiste durante años –hasta el fin del libro- a abrir su mochila, que tal vez contenga algún oscuro secreto. Maya es hindú y Michael era cristiano, por lo que su unión supuso la ruptura de ambos con sus familias. Porque se trata de esa India en la que el choque entre tradición y modernidad, entre prejuicios religiosos y apertura de miras, se resuelve aún con excesiva frecuencia a favor de la intransigencia, la intolerancia y el fanatismo.

Maya da clases en un colegio católico, administra una pequeña fábrica de mermeladas y desarrolla una relación paterno-filial con Diwan Sahih, su aristocrático casero, mientras ella se convierte a su vez en la figura materna que le falta a Charu, una adolescente analfabeta y paupérrima que sólo se esfuerza por aprender a leer cuando empiezan a llegarle desde Delhi las cartas de su alma gemela.

Roy hace desfilar a un administrador corrupto y soberbio, al candidato a diputado que atiza el odio religioso y al tío de Charu, tan simple e identificado con la naturaleza como el Azarías-Rabal de los Los Santos Inocentes, aunque aquí el objeto de sus atenciones no sea una milana bonita sino una cervatilla desvalida. Otro personaje central es Veer, sobrino de Diwan, alpinista como Michael y en el que Maya encuentra, con los riesgos y decepciones que eso puede llevar consigo, la esperanza de un amor al que ya no aspiraba tras la muerte de su marido. Pero la riqueza de esta novela estriba también en los numerosos actores secundarios que contribuyen a recrear un microcosmos que reproduce muchas de las características esenciales de la India actual.

En Los pliegues de la tierra hay, además, otras figuras incorpóreas pero de fuerte presencia en la narración. Como Edwina Mountbatten, esposa del último virrey inglés, y Jawaharlal Nehru, primer líder de la India independiente, cuya apasionada relación cuando estaba a punto de partirse la Joya de la Corona, se documenta en un intercambio epistolar que supuestamente atesora Diwan, y que es objeto de deseo de multitud de biógrafos e historiadores. O como Jim Corbett, un legendario cazador inglés reciclado en naturalista y ecologista cuya biografía investiga Diwan con paciencia de entomólogo. O como el paisaje, el clima y la fauna de la región, descritos con una dedicación que da personalidad propia a las brumas del monzón o las montañas escarpadas y hace sentir la presencia ominosa de un tigre tras unas rocas o el éxtasis ante el majestuoso vuelo de las águilas que llegan desde Kazajistán.

Para serenar el ánimo del lector le basta a Los pliegues de la tierra con el retrato de sus personajes y la descripción del entorno en el que se mueven. En cierto sentido, el desenlace, en el que ocurren demasiadas cosas, resulta fuera de lugar porque distrae y altera el clima apacible de la narración. Porque la trama no es aquí lo sustancial, sino esa atmósfera espesa que te deja sedado cuando doblas la última página.