El ojo y la lupa

‘El héroe discreto’, un Vargas Llosa menor

Sea o no por voluntad propia, Mario Vargas Llosa se ha convertido en un personaje polémico. Tal vez porque hay dos Vargas Llosa. El destinado a perdurar es el gran escritor, el merecido ganador del Premio Nobel, el firmante de novelas prodigiosas como Conversación en la catedral y La casa verde, el principal representante junto a Gabriel García Márquez del boom latinoamericano, el que un día dotó a sus obras de una sustancia y un trasfondo social que ayudaba a entender la atormentada historia y la lacerante realidad del subcontinente.

Junto a él, robándole buena parte de su gloria, haciéndole sombra, luchando contra su yo más noble y perdurable, se sitúa el candidato conservador a la presidencia de Perú, el neoliberal que en mediocres artículos periodísticos, con la pasión del converso —fue un precoz militante comunista—, defiende los valores establecidos, compara a Esperanza Aguirre con Juana de Arco, demoniza a Julian Assange y Edward Snowden y, solo muy de cuando en cuando, defiende alguna buena causa perdida.

Mal que bien, esta esquizofrenia ha preservado ahora la mayor parte de su brillante trayectoria literaria, aunque haya que remontarse al año 2000 para encontrar su última gran novela: La fiesta del chivo, denuncia de la dictadura de Trujillo. O, con algo más de benevolencia, a 2003, con un penetrante y sensible homenaje a Gauguin (El paraíso en la otra esquina) que rivaliza con el que, sin citarlo, dedicó Somerset Maughan al pintor francés en Soberbia. Todavía en 2010, con El sueño del celta, le quedaba fuelle —aunque su talento mostraba síntomas de decadencia— para homenajear a Pierre Casament, denunciador del genocidio que sufrieron los nativos del Congo a manos de los sicarios del rey empresario Leopoldo de Bélgica. Un héroe con claroscuros y con notorios puntos en común con sus ahora denostados Assange y Snowden.

En el El héroe discreto —editado por Alfaguara como casi toda la obra— el liberalismo conservador de Vargas Llosa contamina su literatura de forma más evidente que nunca. Con todo, es una buena novela, no una de las grandes pero, aún así, refleja un notable dominio del lenguaje, unos excelentes diálogos, una trama bien trenzada y unos personajes que transmiten autenticidad. Entretiene siempre, incluso interesa en ocasiones, pero nunca deslumbra.

Es duro decirlo de la obra de todo un premio Nobel, pero resulta prescindible. Pasas la última página y te das cuenta de que no te dejará una huella perdurable, que no pasará mucho tiempo hasta que la olvides. Y te deja un difuso malestar por el tratamiento de las relaciones paterno-filiales, porque la justicia se convierta en venganza, porque los protagonistas actúen bajo el paradigma de que a los hijos traidores no hay que darles ni agua, sino castigarles sin piedad por sus pecados y felonías. O porque justifique tratar a un hijo legal como delincuente, no ya porque sea un mal bicho sino, sobre todo, porque se descubre que no lleva la propia sangre. Un concepto no ya conservador, sino reaccionario.

Lo más progresista que podría hallarse en la novela es el matrimonio de un magnate anciano con una sirvienta joven, aunque la decisión se justifica sobre todo por el deseo de revancha sobre unos hijos que anhelan su muerte para repartirse la herencia, antes que por amor o por el deseo implícito de nivelación social. Por lo demás, y pese a que los personajes principales son el dueño de una flota de autobuses y el de una gran aseguradora, no hay en todo el libro ni la sombra de cómo se desarrollan las relaciones laborales en ambas empresas, de si las condiciones de trabajo y los salarios son o no justos, de si existen las tensiones habituales entre patronos y empleados.

Se ve que todo eso le parece irrelevante a Vargas Llosa, que deja claro que, si este Perú de hoy no es la Arcadia feliz, sí que es infinitamente mejor que aquel que "se jodió" un día, como él mismo ilustraba en Conversación en la catedral. No llega a afirmar que sea un país más justo, pero sí lo retrata como más próspero, gracias al empuje emprendedor de la iniciativa privada, la apertura económica y la democracia liberal, bases del ascenso de las clases medias, aunque con indeseados efectos secundarios en forma de corrupción y criminalidad. De hecho, el chantaje a uno de los dos protagonistas y su heroica reacción son patas clave que sustentan la trama.

Vargas Llosa sitúa la acción en Lima y Piura, ambas muy importantes en su biografía personal y literaria, y para recuperar algunos de sus viejos y más conocidos personajes, como los protagonistas de Los cuadernos de don Rigoberto y Lituma en los Andes. Si embargo, el homenaje se queda en pincelada en el caso de las dos ciudades; y a medio camino en el de los actores, de los que los incondicionales del autor hispano-peruano lamentarán su falta de evolución y, en el caso del sargento Lituma, que haya perdido todo su empuje y personalidad, hasta presentarse como un ser inerte y congelado en una cápsula del tiempo.

Tal vez para introducir un elemento de misterio en una novela por lo demás muy a ras de tierra, Vargas Llosa se inventa a Edilberto Torres, que se aparece con frecuencia al hijo de Felícito Yanaqué, el héroe discreto. ¿Es un habilidoso intrigante, un pedófilo, un alma atormentada, un ángel de la guarda o el mismísimo diablo? Se apuntan todas estas posibilidades, pero ninguna se concreta, y el intrigado lector se queda con las ganas de conocer la solución del enigma. También se echa en falta algo más de imaginación en la resolución de las dos grandes tramas paralelas que articulan el libro, con tan solo un frágil nexo de unión entre ellas.

Como si se anticipara a las críticas, Vargas Llosa reduce las expectativas y reconoce que las historias y personajes de El héroe discreto están más cerca de los culebrones televisivos que de Cervantes o Tolstói, aunque no aprecia tanta distancia con Dumas o Dickens. Pero no es tanto cuestión de comparar como de meditar sobre si un excelente escritor, con una reputación tan merecida, necesita tanto estar en candelero, pese a sus 77 años, como para seguir produciendo novelas que no están a la altura de sus mejores obras.

Tampoco aportan nada a su gloria sus artículos periodísticos, cada vez más previsibles. Y merece la pena recoger esta perla de El héroe discreto en la que se despacha sobre su segunda profesión: "La función del periodismo en este tiempo, o, por lo menos, en esta sociedad, no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia". Puede que me equivoque, pero creo que estas palabras no retratan precisamente a un buen encajador de las críticas adversas.

En la presentación del libro, Vargas Llosa destacó que son los héroes anónimos, como don Felícito –que desafía corajudo a los chantajistas, como surgido de un western- los que permiten el progreso social. Defendió la decencia como la "reserva moral" que puede salvar a un país. Y descalificó sin matices el nacionalismo, al que considera una tara terrible, un regreso a la tribu responsable de toda clase de guerras y desastres. Un mensaje, lanzado –no sé si con toda la intención- justo el 11-S, cuando se conmemoraba la Diada en Cataluña… aunque también el 40º aniversario del golpe de Pinochet y el derrocamiento de Allende.