El ojo y la lupa

Quevedo y Caravaggio juegan al tenis en Piazza Navona

"Es una novela arriesgadísima", ha dicho el editor de Anagrama, Jorge Herralde, de la ganadora de la última edición del premio que lleva su nombre: Muerte súbita, del mexicano Álvaro Enrigue. Tiene razón en que el autor toca tantas teclas que cabría temer que alguna pirueta llevase al descarrilamiento. Si no ocurre así es por dos motivos. 1) Porque estamos ante una obra que, pese a su complejidad temática, resulta siempre entretenida y con frecuencia divertida, siquiera sea por la vía irónica. Y 2): porque el riesgo que asume se equilibra con un derroche de talento en el engranaje de tramas que se desarrollan en diversos espacios temporales y geográficos.

El hilo conductor es una partida de tenis que, con reglas muy alejadas de las actuales, disputan el 4 de octubre de 1599, en la romana Piazza Navona, dos hombres excesivos y de vida y arte exageradas, con cuentas que saldar con la justicia, pero destinados ambos al panteón de los genios: Quevedo y Caravaggio. Ahí se enfrentan "dos versiones de la modernidad cuando ésta estalla" y cuando el mundo se ha hecho enorme con el descubrimiento, exploración y conquista de América. Enrigue vuelve cada tanto a esa cancha, para que el lector tenga un punto de referencia, y lo aprovecha para ilustrar el potencial artístico revolucionario del pintor milanés, aunque cueste perdonarle que no profundice más en la personalidad del poeta madrileño.

El autor dibuja otros focos de atención en escenarios del convulso siglo XVI. Como el patíbulo en que una espada francesa cortó la cabeza de Ana Bolena y el destino (supongo que ficticio) de su melena, materia prima para confeccionar cuatro disputadas pelotas de tenis. O como la corrupción de la Iglesia  de Roma –tocada del ala por Lutero y Enrique VIII- que, incapaz de reformarse, con papas y cardenales que acumulaban amantes, hijos, perversiones y riquezas, optó por emplear todas sus energías –concilio de Trento mediante- en la guerra contra la herejía, con campeones poseídos por un santo furor como Carlos Borromeo y una inquisición que llenó de hogueras santas Europa y América. O como, sin agotar la lista, los avatares de la cruel y prodigiosa conquista de México por Cortés, el destino trágico de Moctezuma y Cuauhtémoc, o la misión revolucionaria para la época, destinada a dejar su huella durante siglos, que llevó al obispo  Vasco de Quiroga a desarrollar comunidades indígenas sostenibles aplicando de forma casi literal las ideas de la Utopía de Tomás Moro.

Si acaso, la duda que plantea la lectura es si se trata o no de una novela. En el mejor texto de una contraportada que he leído en muchos años, se asegura: "Muerte súbita se vale de todas las armas de la escritura literaria para dibujar un momento tan deslumbrante y atroz en la historia del mundo que solo puede ser representado mediante la más venerable y maltratada de las tecnologías, el artefacto cuya regla de oro es que no tiene reglas: Su Majestad la novela". Claro que, ¿qué se entiende por novela?

Y allá por la página 200, el propio Enrigue describe su obra por la vía de señalar lo que no es: no es un libro sobre el tenis, aunque tenga su origen en una investigación sobre los orígenes de este deporte; tampoco es  un libro sobre Quevedo Caravaggio –"el primer pintor propiamente moderno de la historia"-, aunque sí "con" ellos, y también con Quevedo, Cortés, Pio IV o Galileo; tampoco es un libro "sobre la lenta y misteriosa integración de América a lo que llamamos con desorientación obscena el mundo occidental"; tampoco es un libro sobre la Contrarreforma, aunque haya en él "curas sexópatas que se la metían a niños por deporte, torcidos y sedientos de sangre".

¿Qué es entonces Muerte súbita? "Tal vez sea", en palabras del autor en sus mismas páginas, "un libro que trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros traten solo de eso. Un libro con vaivenes, como un juego de tesis". Un libro, por fin, que surge de la rabia de la impotencia ante la injusticia, de que a Carlos Borromeo, que "aniquiló el Renacimiento convirtiendo la tortura en la forma única de ejercer el cristianismo" le hicieran santo poco después de su muerte, mientras que Vasco de Quiroga no lo será nunca. "No sé de que trata este libro", concluye Enrigue. "Sé que lo escribí muy enojado porque los malos siempre ganan".