Por el placer de leer a James Salter

¿No han leído nada de James Salter? ¡Qué pena! No saben lo que lo que se pierden, pero nunca es tarde. Salamandra está recuperando su obra, y acaba de publicar una de sus mejores novelas, Años Luz. Para hacerse una idea de la precisión en el trazo de este maestro del detalle, uno de esos raros escritores que parece que no escriben una frase hasta que no la han cambiado al menos diez veces y la encuentran perfecta, basta con leer el capítulo 3.

En esas ocho páginas, con una sensible y magistral levedad, se recoge una escena intrascendente: la compra de unas camisas a medida, o más bien el encuentro, enriquecedor para ambos, entre Viri, “un judío de lo más elegante y romántico” aunque “claramente descuidado”, y un sastre satisfecho de su condición y que se dice a sí mismo: “Conrad, te han faltado por desgracia estudios y tus arcas no están muy boyantes, pero hay algo indiscutible, que sabes de camisas”. El diálogo entre ambos sobre un tema en apariencia banal permite a Salter trazar un preciso retrato del sastre y de su existencial relación con su trabajo. Al despedirse, el cliente se sorprende de tener que esperar tres semanas para que su pedido esté listo, pero le convence la explicación: “Cuando las vea se quedará sorprendido de lo rápido que se han hecho”. Al salir, Viri llama a su amigo Arnaud y le recomienda que conozca a Conrad, uno de “esos doce hombres cuya existencia es vital para el mundo”.

Años luz, por supuesto, trata de cosas más serias, aunque hacer camisas sea para Conrad lo más serio del mundo. En realidad, trata de la esencia de la felicidad, de la dificultad de que se conserve la armonía en una pareja que parece tenerlo todo para disfrutar juntos de las cosas buenas de la vida, de cómo, incluso en un panorama que parece idílico, pueden surgir brechas capaces de derrumbar incluso los cimientos más sólidos, socavados por el peso de la rutina y del tiempo, capaz de arrasar con todo.

No es un tema nuevo. Se ha tratado muchas veces antes de que lo hiciera Salter (el libro se publicó por vez primera en 1975), se ha seguido haciendo desde entonces y sin duda se hará todavía en el futuro, dada la universalidad de su materia prima, que permite ser utilizada en cualquier contexto y escenario. Pero Años Luz merece quedar como un referente, y ayudará a ello que su autor, ya con 88 años, experimenta un reconocimiento que por fin le permite dar un gran salto: desde la admiración de la crítica y de sus compañeros escritores al reconocimiento de los lectores.

Años luz estaba considerada la obra maestra de Salter… hasta que hace poco se publicó en Estados Unidos All that is, que llegará a España la próxima primavera. La acogida crítica ha sido entusiasta, teñida de asombro por el hecho de que su inspiración no se resienta con el paso de los años. Entre tanto, nada mejor que aderezar la espera con la lectura de La última noche, una espléndida colección de relatos, dos o tres de los cuales son obras maestras, sobre todo el que da título al volumen, con un acercamiento esclarecedor sobre la eutanasia.

O con su tercera novela, recién recuperada también por Salamandra, Juego y distracción, que recrea el romance de un universitario norteamericano en la Francia de los años cincuenta, aunque no es el argumento lo que importa, sino la capacidad del autor por conectar con la sensibilidad de todo tipo de lectores, excepto de los que busquen un trasfondo social o un mensaje político concretos, ya que Salter parece escribir desde una isla a la que no llegan las miserias y desigualdades materiales.

O, si se desea conocer la interesante vida del propio Salter, más allá de lo que se desprende de ella en muchas de sus novelas, nada mejor que leer la autobiográfica Quemar los días, que recoge desde su formación como piloto en West Point a la experiencia de combate en Corea, su trabajo como guionista y director de cine y las claves de su dedicación a la escritura. En todas estas obras queda patente la obsesión por destilar palabras e ideas, por despojarlas de todo lo accesorio y artificial, para quedarse en una desnudez esencial, compatible no obstante con una prodigiosa capacidad de evocación al alcance solo de un selecto grupo de elegidos.

Hace unos meses, Nick Paumgarten publicó en The New Yorker un extenso artículo, cuya versión completa en castellano ha reproducido la revista cultural frontera.com, que sin duda interesará a quienes, tras leer Años luz, quieran conocer cómo se gestó la obra. Revela más allá de toda duda que Salter se inspiró en gran parte en una pareja de amigos a la que, durante años, sin que ellos lo supieran, observó con dedicación de entomólogo, captando hasta detalles mínimos que luego reprodujo. Incluso ese sastre singular del capítulo 3 era el de los Rosenthal. Salter describe la destrucción de un matrimonio, y así ocurrió con el de la pareja real, aunque el divorcio solo se produjo  después de la publicación del libro, como imitando su desenlace.

“Salter había observado “aquello de lo que ellos mismos todavía no se habían dado cuenta”, señala Paumgarten, según el cual “los Rosenthal encontraron cierto consuelo en la creencia de que Años luz iba tanto sobre el matrimonio del autor [que también se fue a pique] como sobre el suyo propio”. La anécdota arroja algunas sombras sobre su ética personal, y tal vez justificaría que el resto de sus conocidos le hiciesen el vacío, pero ayuda a entender por qué sus ficciones tienen ese sabor a autenticidad. Justo lo que las convierte en memorables, con sabor a clásicos. Lo que hace que te quedes absorto después de leer frases como ésta: “Aquella vida era como una prenda de vestir. Su belleza estaba fuera, su calor dentro” (página 90). O esta otra: “¿Es verdad que solo tenemos una estación, un verano y se acabó?” (173).

Años luz no se agota en el fracaso del matrimonio de su pareja protagonista. Se bifurca siguiendo el rastro de sus dos hijas y de ellos mismos, Nedra y Viri, que entran en un territorio inhóspito, en un desierto que, tras permitirles repostar en algunos oasis, está marcado por la nostalgia, la sensación de fracaso y la falta de horizonte. Con el tiempo convertido en asesino implacable, no ya solo de ese futuro cada vez más corto, sino también de las ilusiones, de las segundas oportunidades: “El tiempo se le había agriado a Viri. Apestaba en los bolsillos”. Con la enfermedad y la muerte acechando, hasta el límite de la desesperanza: “Seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe”.

Leer Años luz te deja para el arrastre, pero te fascina por su prodigiosa capacidad de conectar con las cosas esenciales de la vida. Y puede que ayude a enfrentar el mayor desafío, el que Salter ilustra en la última frase del libro: “Siempre  he estado preparado, por fin estoy dispuesto”.