El ojo y la lupa

‘La gran belleza’ más allá de ‘La dolce vita’

Si algo le falta para convertirse en una obra maestra a La gran belleza, el film de Paolo Sorrentino que acaba de arrasar en los Premios del Cine Europeo (mejor película, director y actor), es una distancia temática que evite la comparación con La dolce vita, de Federico Fellini, a la que el tiempo no ha privado de su lozanía. Pero, ¿cómo no evocar las noches locas por Via Veneto que recorría el cronista de la vida social romana al que daba vida Marcello Mastroiani cuando se contemplan las andanzas de este cínico de hoy, Jep Gambardella, magníficamente interpretado por Toni Servillo y que, desde la altura de su torre de marfil y su disfraz de dandy, ejerce más de 50 años después de árbitro de una casta de inútiles con glamour?

El joven Marcello y el Gambardella que acaba de cumplir los críticos 65 años tienen en común su escepticismo y la frustrante sensación de fracaso y descontento consigo mismos. Fellini y Sorrentino, expresan esa angustia vital con una exuberancia plástica y un dominio tan exquisito de la imaginación y el exceso que es muy difícil resistirse al deslumbramiento. Los espectadores que se dejaron seducir por La dolce vita, incluso los que sólo recuerdan la icónica escena del baño de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi, y todos quienes de forma permanente o esporádica se han dejado seducir por el encanto un tanto tenebroso de Roma, podrán hacerse la ilusión de que medio siglo no es nada y hay motivos de sobra para llamarla todavía Ciudad Eterna.

No hay ninguna fórmula química que explique por qué hay películas que dejan huella y por qué otras, aunque rocen la perfección técnica, no son capaces de cautivar. Ni los críticos se ponen de acuerdo sobre lo que hace que un film sea o no memorable. La gran belleza, por ejemplo, se fue de vacío del festival de Cannes, donde La dolce vita se alzó con la Palma de Oro en 1960. Sin embargo, esa injusticia se reparó el pasado sábado en los Premios del Cine Europeo, que se rindió con armas y bagajes al tándem Sorrentino-Servillo, que ya demostraron lo que eran capaces de hacer juntos con ese prodigio de cine político que era Il divo, donde el actor encarnaba al incombustible Giulio Andreotti.

Me incluyo entre los deslumbrados por la gran belleza de La gran belleza, por el inteligente recorrido al que nos invita Sorrentino por hermosos y desconocidos palacios romanos, por descubrir y enriquecer con su talento otros muchos rincones, por convertir incontables escenas en exquisitas pinturas con encuadres y fotografía magistrales, por escarbar en las miserias de la naturaleza humana hasta mostrarla en toda su desnudez, por su retrato de personajes inolvidables como la enana editora de la revista en la que trabaja Gambardella, por la cáustica ironía de éste, por la elegancia sutil con la que expresa su rechazo de la fauna urbana de la que él mismo forma parte, por su habilidad para diseccionar a los miembros de esta prescindible clase social y mostrar su profunda fragilidad, por su angustia ante la impotencia creadora que le impide escribir una segunda novela tras un debut arrollador 40 años antes, por evocar al Flaubert incapaz de novelar sobre la nada y que tal vez por ello lo hace con su propia vida, por su escepticismo que no está tan lejano del que mostraba el antihéroe existencialista de El extranjero de Camus que, por cierto, interpretó Mastroiani.

El propio Servillo atribuye el éxito de su personaje a que es "un cínico sentimental que al final de convierte en moralista", y sostiene que la película no trata del presente, sino de la "eterna fatiga del discurrir del tiempo". Desde la amplia terraza de su lujoso apartamento con vistas al Coliseo en la que celebra la fastuosa fiesta de su 65 cumpleaños, la edad que le fuerza a hacer expresa su melancolía más profunda, Gambardella, escéptico y agnóstico, agudo y distante, lanza su mirada pausada sobre amigos y conocidos, si no tan inteligentes y lúcidos, si casi tan inútiles y fracasados como él.

Como todas las películas (y libros) llamados a ser grandes, La gran belleza conecta con las preocupaciones vitales de espectadores individuales y de amplios espectros sociales, más allá de la clase de la que se burla. Esa inusual capacidad –que atesora en mayor medida que La dolce vita- es lo que hace merecedora de perdurar a esta gran película, sin que Sorrentino tenga por qué salir perdedor de la comparación con Fellini.