El ojo y la lupa

Testigos de excepción de la Europa en ruinas

"Al final de la Segunda Guerra Mundial Europa no era solo materialmente un montón de ruinas; también su bancarrota política y moral era absoluta", asegura el intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger en el prólogo de Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948 (editado por Capitan Swing). Se trata de la recopilación efectuada por él mismo de las crónicas en vivo de testigos occidentales de la devastación material y humana que dejó el conflicto más destructor y mortífero de la historia.

El libro se editó en 1990, 45 años después del fin de la contienda, cuando el sentimiento predominante en el continente era la euforia por el futuro de un proyecto europeo que, como ahora, ya lideraba Alemania, que había superado su derrota y casi el sentimiento de culpa colectiva. Brillantes escritores y periodistas como Norman Lewis, Edmund Wilson, Marta Gelhorn, Alfred Döblin, Max Frisch y Janet Flanner recogieron en países devastados testimonios de supervivientes, atrincherados a veces en la amnesia, en un ejercicio de autenticidad más revelador que muchos sesudos ensayos históricos y ejercicios de psicoanálisis colectivo. "Y no porque [los cronistas] aspirasen a una mayor objetividad", señala el antólogo, "sino más bien por todo lo contrario, porque se aferraban a una perspectiva radicalmente subjetiva".

Enzensberger no lanza una mirada piadosa sobre las responsabilidades de los alemanes en el estallido de aquella guerra brutal como ninguna otra. Considera "más que un escándalo moral, una insolencia política" que los vencidos en 1945 se sientan en 1995 como vencedores. Y ve con perplejidad la mutación de Alemania en "una nación de mercanchifles" que dirige con mano de hierro el proyecto de integración europeo y a la que todos los países de Occidente –y ahora también la mayoría de los del Este- intentan imitar. Lo escribió en 1990, pero no ha perdido su vigencia. Es algo que obliga a reflexionar sobre las paradojas de la historia.

La Europa del futuro no debería cimentarse sobre el olvido de un pasado tan atroz. Cuando se asiste a las convulsiones económicas y al auge de la xenofobia, la desigualdad y la falta de solidaridad que afectan actualmente a la línea de flotación moral del proyecto europeo, en medio de esta guerra sin bombas pero con millones de víctimas, es pertinente recordar el caldo de cultivo en el que se gestó la subida de Hitler al poder y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, con las terribles consecuencias que se ilustran en este libro, trágicas casi siempre, esperpénticas a veces cual film de Fellini. Como esa imagen que Norman Lewis describe en 1944 de un cementerio de Nápoles, convertido en un burdel improvisado y en el que "había más gente tumbada encima de la tierra que debajo".

Casi tres cuartos de siglo después, reflexionar sobre aquel cataclismo para evitar que se repita sigue sin ser tarea fácil. Después de todo, incluso entonces, cuando Europa era todavía un gigantesco montón de ruinas humeantes, la realidad "no solo era ignorada, sino simple y llanamente negada".

Reproduzco sintetizados, con autorización de los editores, algunos pasajes de los escritos de aquellos testigos de excepción que presenciaron la quiebra física y moral de naciones que, tan solo unos años antes, eran paradigma del progreso material y espiritual. Enzensberger atribuye, de forma no del todo convincente, la ausencia de fuentes del sector soviético, no a motivos ideológicos, sino a que "la doctrina de prensa [impuesta por la URSS] no permitía la publicación de testimonios subjetivos".

Mayo de 1944. A. J. Liebling. París era una fiesta. "Por primera y probablemente última vez en mi vida he vivido una semana en una gran ciudad en la que todo el mundo se siente feliz. Como esa ciudad es París, todos hacen alarde de su euforia. (…) La gratitud hacia los americanos es inmensa y a veces incluso embarazosa. (…) La vida se normaliza con celeridad. (…) Las condiciones de vida no son del todo malas. (…) Debido a la ocupación alemana el estraperlo, de alguna manera, tenía una justificación moral. La gente era lo suficientemente realista como para saber que todo lo que ellos mismos no compraban en el mercado negro iba a parar a manos alemanas".

Octubre de 1944. Norman Lewis. Nápoles en la Edad Media. "Esta ciudad devastada, hambrienta, despojada de todas sus condiciones de vida, lucha por acomodarse tras el colapso a unas condiciones que semejan las de la temprana Edad Media. Como beduinos, los napolitanos acampan entre las ruinas. Hay poco que comer, poca agua, no hay ni sal ni jabón".

Marzo de 1945. Janet Hanner. Colonia, dinamitada. "La ciudad es un paradigma de la destrucción. Con su grave esplendor medieval, ha sido dinamitada. En ruinas y envuelta en la soledad de la destrucción física total, yace desprovista de su perfil y desnuda a orillas del río. Aturdidos por una semana de derrota militar, tres años de bombardeos y 12 años de propaganda, los ancianos, las mujeres y los niños parece que hubieran perdido toda capacidad de pensar razonablemente o de decir la verdad".

Abril de 1945. Marta Gellhorn. Nadie fue nunca nazi en Renania. "Nadie es un nazi. Nadie lo ha sido jamás. Tal vez había un par de nazis en el pueblo de al lado y sí, es cierto, esa ciudad a 20 kilómetros de aquí era un verdadero nido del nacionalsocialismo. Para decir en verdad, en total confianza, aquí había una gran cantidad de comunistas. Nosotros siempre tuvimos fama de ser unos rojos. ¡Oh! ¿Los judíos? Aquí no había muchos. Se los llevaron. Yo oculté a un judío durante ocho semanas (todo Cristo ha escondido a judíos). No tenemos nada contra los judíos. Siempre nos hemos llevado bien con ellos. (…) Un pueblo entero que declina toda responsabilidad no constituye una visión edificante".

Abril de 1945. Edmund Wilson. Londres, como Moscú. "Se respira un ambiente soviético parecido al de Moscú. (…) Al igual que la Unión Soviética, los ingleses han permanecido aislados del resto del mundo desde la guerra. Sus periódicos son tan escuálidos como los rusos, si bien un poco menos engañosos. Su percepción del mundo exterior parece haberse desvanecido. Los funcionarios más jóvenes, que han tenido que sacrificar cinco años de su vida a la guerra muestran la misma mezcla de hastío y sumisión que los jóvenes obreros soviéticos al final del segundo plan quinquenal. Al igual que en Moscú, las mujeres van en pantalones y en sus rostros se refleja la preocupación por no poder atender debidamente a sus hijos".

Finales de 1945. Alfred Döblin. Flores sobre las ruinas de Pforzeim. "En realidad la ciudad ya no existe. Está arrasada, borrada de la faz de la tierra. (…) A menudo he visto a personas escalando los montones de ruinas. ¿Qué hacían? ¿Buscar algo, cavar? Llevaban flores en las manos. Sobre los montones habían clavado cruces y letreros. Eran tumbas. Allí dejaban sus flores, se arrodillaban y entonaban una plegaria".

Mayo de 1946. Max Frisch. Refugiados sin esperanza en Francfort. "Múnich te lo puedes imaginar. Francfort ya no. (…) Las ruinas no se alzan, sino que se hunden en sus propios escombros (…) y lo que aún sigue en pie son las grotescas torres de una cresta desmoronada. (…) La hierba crece en las casas, el diente de león en las iglesias (…) una selva va cubriendo nuestras ciudades lenta, inexorablemente, un avance desprovisto de seres humanos. (…) En la estación de ferrocarril hay refugiados tendidos en todos los escalones y uno tiene la impresión de que no levantarían la vista ni aunque sucediera un milagro tan seguros están de que no sucederá ninguno".

Finales de 1946. Stig Dagerman. Hambre en el Ruhr. "Lluvia, frío, crisis de hambre en el Ruhr y hambre sin crisis en el resto del antiguo Tercer Reich. Durante todo el otoño llegaron trenes a las zonas occidentales llenas de refugiados del este. Personas andrajosas, hambrientas e indeseadas se hacinan en los búnkeres altos y sin ventanas, semejantes a gasómetros rectangulares, que se alzan como colosales monumentos erigidos a la derrota".

Mayo de 1947. Janet Hanner. Rusos invisibles en Varsovia. "Varsovia es la ruina mejor conseguida de Europa. Esa especial distinción le cayó en suerte entre el verano y el otoño de 1944, cuando la ciudad fue dinamitada bloque por bloque y casa por casa como castigo por la insurrección contra los alemanes. (…) Resulta asombroso no toparse prácticamente con ningún ruso tras el telón de acero polaco. (…) Rusia gobierna en Polonia, por así decirlo, in absentia. (…) En su condición de antiguos invasores son tan impopulares como los alemanes. Yo diría que incluso se les teme más".

Verano de 1948. John Gunther. La peor de las guerras en Atenas. "Es trágico y doloroso. Aun cuando los combates son aislados y hay relativamente pocas pérdidas, lo que ocurre en Grecia es una auténtica guerra, incluso peor: es una guerra civil, la más devastadora de todas las guerras. Más aún: no se trata de una guerra puramente griega, sino también de una guerra americana. Los americanos son los que la hacen posible. Atenas es una fortaleza angloamericana: sin la ayuda militar de Estados Unidos, ni el ejército griego ni el gobierno podrían sobrevivir siquiera diez días".