El ojo y la lupa

El juego de los espías de Ian McEwan

operacion-dulce-detalleLlego a la página 396 y última de Operación Dulce (Anagrama) y sigo sin tener claro si se trata de una novela de espías, de un ensayo sobre la creación literaria, de una colección de relatos o de la enésima reflexión sobre las complejidades de la relación amorosa. Hay algo de todo eso en esta última obra de Ian McEwan, un indiscutible de la brillante generación literaria británica que tiene a Julian Barnes y Martin Amis como sus otros representantes más destacados. Los tres bordean o han sobrepasado ya los 65 años, lo que en cualquier otra profesión les habría forzado a la jubilación, pero que en la de escritor, siempre que haya talento por medio —como es el caso—, implica una fecunda madurez creadora, mezcla de inspiración y oficio.

Operación Dulce es un ejemplo perfecto de esa madurez. Se trata de una obra bien trenzada, con una trama ingeniosa pero que no deslumbra, escrita con ese lenguaje ágil y aparentemente sencillo que revela un dominio total del idioma, con toques irónicos que revelan tanto escepticismo como sentido del humor, y —lo mejor de todo— sin otra pretensión que la de facilitar una lectura inteligente, pero en forma alguna pretenciosa.

Como, en cierto sentido, es una novela de espías, es difícil resistir la tentación de compararla con las de John Le Carré, cuya última obra se acaba también de publicar en España. Y algún parecido existe, no con las de los últimos años —las más comprometidas políticamente—, sino con  sus clásicos, los que revelaban los entresijos y las miserias de los servicios secretos británicos, el MI-5 (interior) y el MI-6 (exterior), las que no solo revelaban la inmundicia de las cloacas del poder soviético, sino también las no menos sucias del llamado mundo libre.

Le Carré se tomaba quizás demasiado en serio las vidas pequeñas de Smiley y sus colegas, aunque no era ajeno a la vena sarcástica (El sastre de Panamá) que Graham Greene elevó a la excelencia en El cónsul honorario. En lo que tiene de novela de espías (que no supone la mayoría de sus páginas), Operación dulce recuerda a estos dos referentes. La idea central es tan absurda como en aquellos casos y, tal vez por eso mismo no es inverosímil. Aún más: se puede dar por seguro que tanto en el Reino Unido como sobre todo en Estados Unidos, se ha invertido mucho dinero en acciones como la que describe McEwan: la subvención por parte del MI-5 a una decena de escritores, sin que ellos lo sepan (para eso están las tapaderas), para promover su carrera literaria y propagar la ideología anticomunista en plena Guerra Fría. Un derroche que contrasta con las dificultades que vivía el país en esa época, en plena crisis energética, con apagones, calefacciones a 15 grados en invierno, mineros en huelga, sindicatos amenazando al sistema, el fantasma del desabastecimiento asomando la cabeza y la amenaza de regreso al poder del laborista Harold Wilson, el rojo que no lo había sido tanto y que aún había de serlo menos.

Serena Frome, una veinteañera licenciada en Matemáticas cuya verdadera vocación es la lectura, y que acaba de ser reclutada con un sueldo mísero por el MI-5, recibe el encargo de captar a Tom Haley, una joven promesa literaria, con mucha ambición pero ni un penique. Es decir, con un bolsillo tan vacío que difícilmente puede resistirse a una oferta que, presentada por una fundación cultural aparentemente fuera de toda sospecha, le ofrece el triple de los ingresos que obtiene a duras penas sin otra obligación que la de escribir con absoluta libertad lo que le dé la gana. En realidad, el único riesgo que corre —aunque lo ignora— es que un mal día se conozca que su carrera estaba financiada por el MI-5, con tan mala fama hace 40 años como lo sigue estando hoy.

En Operación Dulce McEwan describe la sede del MI-5 como una oficina siniestra, con compartimentos estancos, jefes mezquinos y clasistas que culpan al más débil de sus errores, ideológicamente simples y tan escasos de imaginación que cuesta imaginarle ideando conjuras para destruir al diabólico imperio soviético. Serena, una chica de lo más normal, no tenía futuro en esa institución, aunque nunca supuso que su carrera sería tan fugaz como estéril. Pero lo que importa a efectos de la eficacia del libro es que, interesada más por la persona que por la misión, la heroína examina la obra del escritor con pasión de lectora compulsiva, lo que da pie a McEwan para intercalar el argumento de varios relatos cortos de Haley. Algunos de ellos son ingeniosos, puede que geniales. Como el que con algún escrúpulo voy a destripar ahora, aunque apenas en un tercio de su trama.

Los protagonistas son dos hermanos gemelos: uno, pastor anglicano; el otro, un descreído diputado laborista. Son muy diferentes, pero se adoran y comparten la afición por las travesuras. Un día el ateo visita al creyente y le encuentra abrumado por la preocupación: al día siguiente tiene que pronunciar una homilía en una celebración religiosa a la que asistirá el obispo, pero una gripe con fiebre alta le mantiene postrado en la cama. Un desastre. O no tanto, porque hay solución. Sí, es fácil adivinar lo que sigue, pero no tanto lo que ocurrirá con una mujer que, al fondo de la iglesia, se sentirá fascinada por la oratoria del oficiante.