El ojo y la lupa

Herejes judíos, 'emos' en la Cuba de Castro y un cuadro de Rembrandt

herejes El hombre que amaba a los perros, penúltima novela publicada por el cubano Leonardo Padura, centrada en el destino de León Trotski y de su asesino Ramón Mercader, era casi una obra maestra. Herejes, editada también por Tusquets, no alcanza la misma altura, pero es también una obra mayor, un ambicioso proyecto literario que se nutre de una minuciosa investigación histórica para ilustrar el alto costo, a veces insoportable, que supone la conquista de la libertad individual.

Herejes, si acaso, peca de exceso de ambición, porque lleva dentro tres o cuatro libros, cada uno de ellos con peso suficiente como para justificar su edición por separado y a los que une, a veces con un hilo demasiado delgado, el destino que corre a través de más de tres siglos y medio, un cuadro de Rembrandt con la cara de Cristo.

El primer libro transcurre en 1939, cuando el barco S.S. Saint Louis fondea frente a La Habana con un pasaje de 900 judíos que huyen de la persecución nazi tras comprar un visado para Cuba que las corruptas autoridades se niegan a honrar y que, sin que nadie quiera darles refugio, son devueltos a Europa, donde la gran mayoría es exterminada en los campos de la muerte de Hitler. Entre las víctimas de ese vergonzoso episodio se encuentran tres miembros de la familia Kaminski, a las que no sirve como moneda de cambio una pintura de Rembrandt cuya pista se pierde entonces en la isla. Setenta años después, otro Kaminski descendiente de aquellos, pide al atípico detective Mario Conde que rastree la trayectoria del cuadro y las claves de su desgracia.

El segundo libro retrocede hasta mediados del siglo XVIII, a una Amsterdam en la que los judíos askenazis procedentes de Centroeuropa y los sefardíes descendientes de los expulsados por los Reyes Católicos encuentran en esa ciudad calvinista en la que enriquecerse podía ser patriótico e incluso santo las mayores cotas de libertad de las que había gozado su pueblo desde la destrucción del Segundo Templo, allá por el siglo I. Sin embargo, la endogámica comunidad judía, anclada en sus sagradas leyes ancestrales, no permite a los suyos el mismo grado de libertad que le permite prosperar. Y el hereje Elías Ambrosius Montalbo de Ávila se convierte en un paria entre lo suyos cuando se hace público su horrendo delito de idolatría, agravado por el hecho de servir de modelo a Rembrandt en el cuadro de Jesús, hijo de Dios para los cristianos y falso mesías para los judíos. "Como siempre había sido y sería en la historia humana, alguien decidía qué era la libertad y cuanto de ella le correspondía a los individuos a los que ese poder reprimía o cuidaba. Incluso en tierras de libertad". Como consecuencia, Elías se ve forzado a huir a Polonia (con el cuadro que luego sería patrimonio de los Kaminski), y allí se ve inmerso en la espiral horrenda de pogromos antisemitas que, entre 1648 y 1653, llevó a la muerte en circunstancias atroces de decenas de miles de judíos.

El tercer libro, el menos ligado a la trama judía, se desarrolla en la época actual cuando Mario Conde, protagonista de la mayor parte de las obras de ficción de Leonardo Padura que, a sus 54 años es un "paradigmático integrante" de la "generación más desencantada y jodida del país", recibe el encargo de averiguar el paradero de una adolescente miembro de la tribu urbana de los emos. Son estos bichos menos raros de lo que cabría pensar en la Cuba socialista, reflejo de la búsqueda de una identidad propia de los herejes que no encuentran su lugar en los dictados del régimen. Muchachos, dice el autor, "nacidos y crecidos sin nada, en un país que empezaba a alejarse de sí mismo para convertirse en otro en el cual las viejas consignas sonaban cada día más huecas y desasidas, mientras la vida cotidiana se vaciaba de promesas y se llenaba de nuevas exigencias".

El cuarto libro, por fin, es que se centra en el propio Conde, en su modo de vida, generosidad, su ética inconformista, su particular lucha por la vida que le permite algo parecido a la felicidad porque le ha otorgado cuatro tesoros: buenos libros para leer, "un perro loco e hijo de puta del cual cuidar", unos amigos a quienes "joder, abrazar" y con los que emborracharse, y una mujer a la que amaba y que "si no se equivocaba demasiado le amaba a él".

Como es un magnifico escritor, tal vez el mejor de su generación en Cuba, Padura consigue dotar a cada una de estas historias de un aliento propio pero es la última la que tiene un interés más inmediato, por utilizarse para describir la dura lucha por la vida bajo el régimen castrista. El panorama que presenta es desolador. Como cuando pone en boca de uno de sus personajes: "Los que no trabajan viven mejor que los que trabajan y estudian (…), los que se sacrificaron por años hoy están muriendo de hambre con una jubilación que no les da ni para comprarse aguacates (…) Unos se van para donde puedan, otros quieren hacerlo, otros viven del invento, otros se hacen cualquier cosa que dé dinero: putas, taxistas, chulos, friáis, rockeros y emos (…) A eso llegamos después de tanta cantaleta con la fraternal disputa para ganar la bandera del colectivo vanguardia nacional en la emulación socialista". O cuando hace decir a una profesora: "Si un país o un sistema no te permite elegir donde quieres estar y vivir es porque ha fracasado. La fidelidad por obligación es un fracaso".

Sin embargo, Padura, que no se reconoce ni como hereje (porque se confiesa descreído) ni como disidente (porque nunca ha pertenecido a nada) sino, si acaso, como un heterodoxo, un cínico que va por libre, reconoce en sus declaraciones públicas que el panorama de la isla no es tan desolador, que con el Castro más joven al frente se están creando nuevos espacios para la iniciativa privada y las libertades individuales.

En todo caso, él sigue siendo una excepción, tolerado pese a su posición crítica, que nunca ha sido perseguido y ha podido publicar sus libros sin otros problemas que alguno ocasional por la escasez de papel, y que puede viajar libremente al extranjero cuando lo desea. En una reciente entrevista en La Vanguardia señalaba como hitos positivos que están surgiendo "si no clases sociales, sí grupos sociales diferenciados", que se puede trabajar al margen del Estado y que se ha liberalizado el uso de móviles, signos de que, tras década y media perdida, la situación "ha empezado a moverse en los últimos siete años".

No dudo de que el retrato de Cuba que emana de las páginas de El hereje no sea sincero, pero sí resulta descompensado. No incluye, siquiera como contrapunto, referencias a causas fundamentales de los problemas que sufre la isla, como el eterno y agobiante embargo de Estados Unidos, ni recuerda logros espectaculares de la revolución en materias como la educación y la sanidad, grandes niveladoras sociales.

Padura muestra un país en el que la simple supervivencia es un reto, en la que persisten desigualdades y privilegios, en la que no se atisba ningún horizonte de progreso, incapaz de ofrecer unos objetivos razonables a su juventud, un desierto en el que prevalece el grito de ¡sálvese quien pueda!, y en la que Mario Conde y sus amigos disfrutan –es un decir- de la vida gracias al ron, las artes culinarias, el placer de la buena conversación, el escepticismo compartido y la renuncia a una vida mejor.

Se trata de un retrato desolador, que dejará en muchos lectores una imagen que, sin ser falsa, sí resulta injusta. Padura es muy libre de escribir lo que quiera, incluso de pensar que la mejor forma de atajar los problemas es denunciar su existencia, pero si debería ser consciente de que la falta de equilibrio al presentar la realidad de su país no es la mejor manera de servir los intereses de sus compatriotas. Aunque él, como escritor –uno de los grandes- pueda alegar que sólo ha escrito una novela y que no está obligado a rendir cuentas a nadie, excepto a sus lectores y a la diosa Literatura.