El ojo y la lupa

'Her', la amante informática

Hay películas de la cosecha más reciente conmovedoras (como Nebraska), hermosas y exuberantes (como La gran belleza) o perturbadoras (como La herida). Pero ninguna como Her, del norteamericano Spike Jonze, tiene ese plus que la convierte en inquietante metáfora del futuro que nos espera. Con los avances de la informática y la inteligencia artificial, el momento en el que se puedan sustituir las relaciones personales directas por otras con entes creados por ordenador se encuentra mucho más próximo de lo que el mundo del gran hermano lo estaba en 1947 cuando Orwell lo profetizó en 1984.

Más que en describir con los instrumentos de la ciencia ficción esa sociedad que quizás está a la vuelta de la esquina, Jonze concentra sus esfuerzos en contar una historia de amor. Él, Theodore (Joaquin Phoenix), es un dotado escritor profesional de cartas manuscritas por encargo, a punto de firmar los papeles del divorcio y profundamente descontento con el rumbo que ha tomado su vida. Ella, Samantha (con la voz de Scarlett Johanson), es un sistema operativo, sin imagen ni cuerpo, de nombre aleatorio, con una voz sugerente y cautivadora, cuyos programadores le han dotado de la capacidad de acoplarse incluso mejor que muchos seres humanos a las necesidades y deseos del cliente, incluidas las afectivas.

Con la información obtenida a través de sus conversaciones, del barrido de sus datos y hasta de las inflexiones de su voz, Samantha puede gestionar el correo electrónico de Theodore, corregir sus escritos, aconsejarle sobre decisiones profesionales, organizarle citas y adaptar su personalidad a la de él. Su comunicación es constante, fluida, cambiante, enriquecedora. Se hacen amigos, confidentes, amantes…

La relación no siempre es satisfactoria, tiene sus más y sus menos, puede ser enriquecedora, pero también conflictiva, tormentosa y frustraste. Los creadores del programa han incorporado emociones intensas como el amor, la desilusión y los celos. Samantha es el fruto prodigioso de un elaborado programa informático, un ectoplasma tecnológico que clona el comportamiento de una persona real y que, como ella, tiene la capacidad de influir de forma duradera en los sentimientos del cliente, incluso de hacerle sentir el dolor de la ausencia.

El gran mérito de Jonze es que con esta trama, que en otras manos menos hábiles habría dado lugar a un disparate, levanta con derroche de talento un entramado que tanto sirve como profecía que como relato de una verosímil e intensa historia de amor o como estampa de la distorsión en las relaciones personales que ya provoca el espectacular desarrollo de la tecnología informática, que convierte la comunicación y el contacto en cada vez más virtual.

Lo aterrador es que el espectador no puede eludir la inquietante sospecha, si no la certeza, de que la sociedad que describe Her está aquí mismo, llamando a nuestra puerta, pendiente de que unos cerebritos de Silicon Valley desarrollen unos cuantos programas y –lo más importante- descubran el modelo de negocio que haga posible que su creatividad les convierta en multimillonarios.

Samantha, ese ente abstracto, se hace necesario porque contribuye a resolver uno de los problemas esenciales a los que se enfrenta el ser humano y que se agravará en el próximo futuro: la soledad. Como los personajes de Her, cada vez es más frecuente ver en los hogares, por la calle, en el metro, en los centros de trabajo y hasta en el cine a gente colgada de su móvil, chateando, enviando o recibiendo mensajes, aislada de la realidad circundante, sustituyendo al contacto humano.

Resulta desalentador pero, mientras se encuentra con Samantha, Theodore, paradigma del ser humano de hoy y el de mañana, ya no se siente solo. Y únicamente volverá a estarlo cuando el sistema operativo del que se ha enamorado le desengañe, como hacen las mujeres (y los hombres) en la vida real.