James Salter: un magnífico escritor, pero que sólo mira a su propio mundo

En la recta final de Todo lo que hay (Salamandra), de James Salter, el protagonista y tal vez alter ego del autor, Philip Bowman, editor de éxito, asegura: “El poder de la novela en la cultura del país [Estados Unidos] se había debilitado. Ocurrió gradualmente. Nadie lo ignoraba y todos se desentendían como si nada hubiese cambiado”. Tal vez porque es un observador privilegiado para detectar una tendencia que le entristece, Salter, magnífico narrador, tanto en las distancias largas como en las cortas, ha regresado a la novela después de 35 años, con una obra de aliento autobiográfico, como casi todas las suyas, con la que está cosechando no solo un notable éxito de ventas sino también, y sobre todo, el reconocimiento casi unánime de la crítica. Lástima que, concentrado en los problemas internos de los de su propia clase privilegiada, no muestre empatía con quienes deben librar cada día una dura lucha por la vida, cuya simple existencia parece ignorar.

Salter, que el próximo junio cumplirá 89 años, y que durante décadas, y hasta hace poco, fue uno de esos escritores a los que aprecian mucho sus compañeros de profesión pero con serias dificultades para llegar al gran público, muestra en Todo lo que hay su característica habilidad de entomólogo para adentrarse en los secretos del comportamiento humano. Sin embargo, en sentido estricto, no es un gran fabulador, un inventor de historias. Él mismo reconoce que no le sobra imaginación y que su materia prima es siempre la más inmediata: él mismo y la gente a la que conoce.

En Años luz, por ejemplo, escrita en 1975 y rescatada recientemente por Salamandra, se podía identificar claramente a la pareja de amigos suyos en la que se inspiró para ilustrar la descomposición de un matrimonio y la evanescente esencia de ese ectoplasma que se conoce como felicidad. Debe ser un mal negocio tener tratos con él si se quiere preservar la intimidad pero, tal vez por esas traiciones, los libros de Salter desprenden una deslumbrante aura de autenticidad.

En Todo lo que hay esa sensación sigue viva e impregna todo el libro, tanto en los personajes principales como en la galería de secundarios, que en ocasiones solo viven durante menos de una página pero que, aun así, son capaces de dejar huella.

Esa capacidad para diseccionar a sus personajes, reflejada en mostrar lo que piensan pero -sobre todo- las claves de que se comporten como lo hacen, lo que tienen de arquetípicos que puede hacer que el lector se reconozca en ellos, es una de las dos grandes señas de identidad de Todo lo que hay y, en general, de toda la narrativa de Salter. La otra es el estilo: limpio, depurado, conciso, fruto exquisito de un prodigioso dominio del idioma y de un elaborado proceso de destilación.

Habrá lectores que, a priori, o incluso por una cuestión de principios, menosprecien una literatura como la de Salter sin apenas preocupación social, que no presta atención a los problemas de las clases más desfavorecidas, a la explotación, la desigualdad y la injusticia que permean y carcomen ese paraíso del dinero, el consumismo, el individualismo y el sálvese quien pueda que es Estados Unidos.

Hay mucho de inútil y prescindible en ese Bowman editor que deja transcurrir una vida de éxito progresivo y casi automático, sin otros sobresaltos que los que se derivan de una activa vida sexual y sentimental cuyos episodios suelen acabar en fracaso, mientras el tiempo se le escapa entre los dedos, robándole las últimas ilusiones, devolviéndole a la pregunta que ya se hacía el protagonista de Años luz: “¿Es verdad que sólo tenemos una estación, un verano, y se acabó?”. También hay detalles que revelan que tal vez Bowman, en el fondo, sea un miserable, porque sólo uno, y muy grande, podría vengarse de una mujer que le traicionó en la persona de su inocente hija.

Sin embargo, con ser verdad todo eso que podría distanciar a muchos lectores, ninguno podrá dejar de reconocer que el egoísmo y la ignorancia de los problemas ajenos son consustanciales con la naturaleza humana, mucho más que el altruismo y la generosidad, y que mostrarlos sin condenarlos, fiándolos al juicio externo, puede ser un empeño loable para un buen escritor.

En cualquier caso, siempre quedará la huella de la obra bien escrita y el reflejo de la hábil descripción de entornos tan diversos como el del mundillo de escritores y editores que pululan por Nueva York o el medio campestre cercano a la gran ciudad en el que las clases medias y altas, más o menos intelectuales, intentan relajarse del estrés de la gran colmena. En cuanto al resto de la población, los que están por debajo, son invisibles, como si no existieran o, si acaso, como complementos instrumentales para hacerles la vida más fácil.

Todo lo que hay no tiene una trama ascendente que conduzca a un clímax final. Podría terminar 50 páginas antes sin perder con ello algo sustancial. Consiste en una sucesión de imágenes, personajes y episodios que, por supuesto, reflejan una evolución de su protagonista, escéptico, egoísta y vagamente inmoral, perverso solo en una ocasión, pero que no conduce hacia una conclusión clara o algo parecido a una moraleja. Al final, al protagonista se le sin arrepentirse de nada, pero empapado de melancolía, recordando a compañeros de estudios y de armas, a amistades, conocidos y amantes, poco preparado para la decadencia física y quizá mental, la soledad y la muerte, consciente de que será derrotado por el tiempo y que, cuando eso ocurra, sin poder agarrarse a cualquier gran idea o creencia, nada le importará cómo vivió su vida.