El ojo y la lupa

Toni Servillo: un genio anda suelto al servicio del buen cine político

Un genio anda suelto. Se llama Toni Servillo y es un actor italiano de cine y de teatro. En este mes han coincidido en España dos de sus interpretaciones más notables: en la obra de Eduardo de Filippo La voz interior y en el filme de Roberto Andò Viva la libertà. En su país es un mito. Fuera de él, se ha ganado un merecidísimo prestigio con tres películas fuera de lo común, dirigidas al espectador inteligente y con sensibilidad social. Una de ellas, La gran belleza, de Paolo Sorrentino, puede contemplarse como una recreación de La dolce vita que en algún momento supera al original de Fellini. Las otras dos son magníficas muestras del acreditado cine político italiano: Il divo, también de Sorrentino, y la ya citada Viva la libertà.

Servillo es uno de esos actores que jamás descomponen el gesto, que no gritan, que huyen del histrionismo y pueden llegar a parecer hieráticos, como  inmovilizados a mitad de camino entre la seriedad reflexiva y –más frecuentemente- el esbozo apenas insinuado de una sonrisa irónica o sarcástica. Pero no se trata de un déficit de expresividad, porque detrás de esa fachada de desdén e indiferencia existe un rico espectro de matices que se aprecia en toda su variedad expresiva cuando la cámara se acerca a su rostro y muestra las sutiles transformaciones que en él se producen.

Su forma de hablar pausada y distanciada, como si observase las miserias humanas desde la altura de quién está por encima del bien y del mal, adquiere una intensidad que reclama la oscuridad y concentración de una sala de cine, porque gran parte de esa magia se pierde en la pantalla de un televisor o de cualquier otro dispositivo electrónico. Su lentitud de movimientos, por fin, nunca da la sensación de reflejar la abulia, la indecisión, la pereza o el simple cansancio de vivir, aunque haya algo de esto último. Recuerda más bien a un felino con las garras limadas (como en el tango que, en Viva la libertà, baila con una émula de Angela Merkel) o a una sombra ligera que se mueve entre espectrales prototipos de la banalidad (como en la fiesta nocturna frente al Coliseo de La gran belleza).

Servillo interpretó a Giulio Andreotti en Il divo y, en cierta forma, mejoró el original. Su Andreotti parecía más Andreotti que el propio Andreotti, iba más allá de la imagen pública del personaje más fascinante y siniestro de la vida política italiana desde la II Guerra Mundial, el gran intrigante, manipulador y capaz de pactar con el diablo, si no de encarnar al diablo mismo (uno de sus apodos era Belcebú). Se podría decir, que, al recrearlo y en buena medida reinventarlo, le dio más profundidad, se aproximó a su esencia, fijó su imagen casi tanto como lo hizo el archifamoso beso de la muerte con el padrino mafioso Totó Riina. Por supuesto, gran parte del mérito de ese retrato magistral corresponde al director del filme, Paolo Sorrentino, pero sólo Servillo atesoraba en su interior el genio necesario para construir al personaje al extremo de mejorar el original.

En La gran belleza, el actor da vida a Jep Gambardella, una especie de árbitro de la elegancia que reina entre una casta de inútiles con glamour de los que se burla con irónica benevolencia y con un punto de amargura, porque sabe que no se diferencia tanto de ellos. Hace de guía por una Roma hermosa y decadente, de palacios ocultos y fauna humana prescindible, sin preocupaciones económicas ni inquietudes sociales, sin horizonte, incrustada en la inanidad. El Gambardella-Petronio se encarna con precisión en el gesto siempre distanciado e irónico de Servillo, al que Sorrentino da la impresión de que no dirige en sentido estricto, sino que se limita a dejarle a su aire.

En Viva la libertà, recién estrenada en España, los dos hermanos gemelos a los que da vida de Servillo ilustran otra gran parodia, en esta ocasión política. El líder de la principal fuerza de oposición (se entiende que se trata del más o menos izquierdista Partido Democrático) decide desaparecer cuando su índice de popularidad está por los suelos y amenaza con arrastrar a su formación hasta el límite de la irrelevancia. Para llenar el vacío, su principal asesor y ayudante recurre a la desesperada a su hermano, un filósofo que acaba de salir del manicomio y con una extraña habilidad para transmitir el mensaje que los italianos estaban esperando: una regeneración política que supere el anquilosamiento, la burocratización y la falta de imaginación de los partidos tradicionales. El tour de force de Servillo le lleva a ponerse en la piel de los dos hermanos y a mostrarles idénticos o diferentes, según las necesidades de la historia.

Andò y Servillo despojan de sus artificios y desnudan la política italiana, la enfrentan a sus vergüenzas, la despojan de su uniforme de conformismo y manipulación. Parodian la grave enfermedad crónica que, no sólo en Italia, está en el origen del creciente desprecio de la ciudadanía hacia quienes teóricamente la representan y velan por sus intereses. E, inevitablemente, el filme obliga a preguntarse por qué, pese a haber tanta materia prima esperando a quien quiera sacarle partido, los realizadores españoles no se atreven a emular a los italianos y hacer buen cine político. O al menos intentarlo.