Cuando la enfermedad no se llama anorexia, sino capitalismo

Lucía, la anoréxica amiga del protagonista de Grietas, es mujer de pocas certezas, pero si de algo está segura es de que no sufre un trastorno alimenticio, sino que su enfermedad se llamaba capitalismo y que “solo al poner nombre a su patología, había comenzado a comer”. En esta novela tan poco convencional, ganadora del Premio Lengua de Trapo, Santi Fernández Patón -miembro de La Casa Invisible, una iniciativa de gestión ciudadana de Málaga- da voz a la generación del 15-M, una legión de desencantados que hacen compatibles la militancia en movimientos de protesta social con un modo de vida precario del que la ausencia de oportunidades de trabajo les impide escapar.

El protagonista de Grietas, cuyo nombre no llegamos a conocer, pero del que sabemos que ronda la edad del autor (nacido en 1975), y en el que se adivina un perfil similar, sobrevive con ayudas puntuales de sus padres, trabajos temporales estresantes y mal pagados, renuncias a caprichos y lujos. Es ese mundo en el que las mudanzas se hacen con ayudas de los amigos, los muebles proceden de la calle o les sobraban a los conocidos, la red familiar facilita el poder trabajar sin abandonar a los hijos, y los viajes, cuando los hay, son un modelo de equilibrio para minimizar gastos viviendo a salto de mata.

Puede que al autor le falte aún cierta destreza y le sobre solemnidad discursiva. El texto adolece de algunos fallos elementales que cabe achacar a las prisas y a la falta de una relectura crítica a fondo. Sin embargo, y pese a esas deficiencias que debería salvar sin dificultad en el futuro, muestra estatura de buen escritor, de esos capaces de ilustrar un problema general –o generacional- a través de las vivencias de personajes particulares pero con valor de arquetipos.

Ese protagonista que avanza en la escritura y en la vida, capaz de afrontar el regalo inesperado de una hija de corta edad con la que descubre una paternidad impensada y gratificante, mientras intenta salir adelante en lo material y lo afectivo, tiene una notable fuerza literaria. La misma que muestra la contradictoria Lucía, incapaz de marcar los límites de su compromiso con los demás, en constante lucha contra sí misma más que contra la anorexia, que reniega de esas terapias que tratan a las personas como a niños, “como si fueras gilipollas en lugar de enferma”.

De esas vidas incompletas y sin oportunidades, a las que “esa enfermedad llamada capitalismo” ha llevado a extremos de angustia, de ese rechazo de un sistema injusto, surge de manera espontánea la militancia en movimientos alternativos que reniegan de la política convencional, que combaten lo que ésta defiende. No se trata del elemento central del fresco social que es Grietas, pero está siempre presente, como un indeleble y condicionante telón fondo.

Lucía sufre en carne propia las consecuencias de la brutalidad policial en uno de los intentos de rodear el Congreso posteriores al 15-M. La rotura del radio de un brazo que le causan los porrazos de la policía la condiciona a partir de entonces, en un paisaje en el que los recortes del Estado de bienestar alargan las listas de espera hospitalarias y dificultan la atención médica que necesita para recuperarse. En el libro no se deja lugar a dudas sobre a quién cree el autor que correspondió la principal responsabilidad de los violentos incidentes: “Los encapuchados que habían iniciado los disturbios exhibían de repente sus placas identificativas, arrastraban a quien pillaban hasta el centro de la plaza y sus colegas uniformados lo apaleaban (…) Los infiltrados seguían apaleando a cualquiera que cogieran desprevenido”.

No es ésa la única violencia que muestra Grietas. Aunque sin porrazos y patadas, las condiciones laborales que Fernández Patón describe en uno de sus empleos, como teleoperador, pondrían los pelos de punta de no ser porque, en los últimos años, se ha llegado a considerar normal (incluso un privilegio) lo que hace tan solo unos pocos años se consideraba degradante. Una labor mal pagada, para la que ha habido superar un proceso de selección y una formación (no retribuida), que no da tregua, que somete al empleado a una vigilancia constante por parte de supervisores que meten prisa, con la continua amenaza de despido si no se cubren objetivos. Alienante y estresante. Tanto que el protagonista de la novela no lograba romper el bucle que trababa su sueño “y que no era otro que el de una repetición en duermevela de una conversación telefónica sin fin”. Una presión que, en algunos de sus compañeros, “tomaba forma de trastornos estomacales o caídas de cabello”.

En Conversaciones en la catedral, Zabalita se preguntaba en qué momento se jodió el Perú. Fernández Patón, en un homenaje no sé si consciente, cierra Grietas preguntándose en qué momento se jodió todo.