Del GULAG a espía del KGB y agente doble en España

No abundan tanto los buenos narradores en España como para no lamentar que Víctor del Árbol haya tenido que trabajar 20 años como mosso d’esquadra antes de poder convertirse en escritor profesional. Y quizás no lo habría logrado de no ser porque su penúltima novela, La tristeza del samurái, publicada por una pequeña editorial (Alrevés), tuvo un inesperado éxito en Francia que le consagró allí, facilitó su difusión internacional y provocó un efecto rebote en su país.

Ya en excedencia de la policía autonómica catalana –una experiencia que ha convertido en vivero de ideas literarias-, Del Árbol vuelve con Un millón de gotas (Destino), una novela-río de casi 700 páginas, de largo aliento, bien escrita, ambiciosa, con una trama de doble filo (intimista y privada, por un  lado; histórica y política, por otro) que, si acaso, suscita algunas dudas de tipo ideológico. Más concretamente: sobre el equilibrio (o la ausencia de él) entre el retrato estremecedor de la etapa más siniestra del estalinismo y la inexistente referencia a la implacable represión franquista, sobre todo en los primeros años de la posguerra.

Un millón de gotas se podría leer como un folletín y llevar la firma de Dumas. Con oficio al alcance de pocos autores de best sellers, y con un notable dominio del idioma, la novela está bien construida, gradúa con habilidad el interés de una trama siempre in crescendo, presenta personajes creíbles y complejos, encaja con precisión las piezas de un puzzle que se enraíza en un pasado terrible que determina un futuro que no lo es menos, y refleja un esfuerzo documental que permite ambientar sin caer en el despropósito una de las etapas más negras de la historia de la Unión Soviética.

Del Árbol traza una polémica frontera a la hora de reflejar los excesos del estalinismo. Por un lado, recoge la arbitrariedad y crueldad de los injustos terribles castigos impuestos a los enemigos del pueblo, y describe de forma descarnada las penalidades de los presos del GULAG, convertidos en mano de obra esclava para los proyectos faraónicos del zar comunista. Y, por otro lado, evita una condena frontal del sistema y de su máximo responsable que hicieron posible ese horror, hasta el punto de que, en varias ocasiones, algunos personajes muestran su convicción de que Stalin no estaba al tanto de esas desviaciones, como si éstas, más que política de Estado, fueran tan sólo el resultado de errores, exceso de celo o crueldad de personas concretas.

Se exculpa, por ejemplo, a la viuda de Lenin, Nadezhda Krúpskaya, quien, acompañada del secretario general del Partido Comunista Español, José Díaz, se entrevistan en 1934 con el protagonista de la novela, Elías Gil, milagrosamente escapado del infierno de la isla-cárcel de Názino. Ambos reciben su informe –resultado de la colaboración con otros auténticos patriotas- y se comprometen a elevarlo a lo más alto para evitar que se repitan atrocidades como las que él sufrió y que ensucian el carácter intrínsecamente bueno del sistema.

El origen del sufrimiento de Gil que marcará toda su existencia no se halla en sentido estricto en el GULAG, sino en que su destino se cruza con el de un delincuente común, un monstruo que basa su carrera criminal en el desprecio de la vida humana, en el acoso y la tortura a sus víctimas y en su capacidad para doblegar la voluntad ajena. Camino de Názino y en la isla misma, el joven ingeniero comunista español que viajó a una URSS que consideraba el paraíso de los trabajadores, descubre la amistad, la abnegación y el amor, pero tan sólo para que las tres sean ultrajadas como resultado de la persecución de ese enemigo casi existencial. Es el símbolo de la maldad en estado puro, que le perseguirá toda su vida y le forzará a tomar decisiones que convertirán su primigenio idealismo en cinismo y crueldad, sin posibilidad de redención.

De esa experiencia, Gil sale con el corazón de piedra, maduro para convertirse en un espía de Laurenti Beria, el todopoderoso jefe de la seguridad del Estado (NKVD, antecedente del KGB), que le envía de vuelta a España, donde se pondrá durante la guerra civil a las órdenes (que incluían con frecuencia asesinatos) del coronel Orlov, embajador de Beria en la república.  Del Árbol ofrece ficticios, creíbles y sugerentes bocetos de ese y otros personajes reales.

En conjunto, el perfil que se traza en Un millón de gotas del régimen soviético es muy negativo. No se trata de que responda o no a la realidad, sino de que de contrasta de forma llamativa con el hecho de que pase de puntillas sobre la represión salvaje y el aplastamiento brutal de toda disidencia en el franquismo en la posguerra. Más aún: lo elude, como si no hubiera existido, o más bien como si lo considerase irrelevante para el desarrollo de su relato, lo que le permite dar un salto de varias décadas en el vacío. De haberlo querido, habría encontrado en esa época sustancia suficiente para ilustrar esa realidad ominosa y, de paso, dotar de más equilibrio al relato.

Podría decirse que la novela no trata ni de la URSS de Stalin, ni de la guerra civil española, ni de los campos de refugiados republicanos en el sur de Francia, ni de la conversión de Elías Gil en traidor a la URSS y agente doble de la mano de un policía y antiguo compañero de estudios. Todo eso es contexto, aunque quizá supere en interés al texto. En sentido estricto, el libro ni siquiera trata de Elías Gil, pero es Elías Gil el que lo vertebra: su vida y su muerte, los fantasmas de su pasado, la deshumanización a la que le arrastran sus sufrimientos, su conversión en lo peor de lo que representa su gran enemigo personal, la huella que deja en quienes le trataron, el engaño que sustenta la veneración de su imagen de héroe y luchador antifranquista, o el enfrentamiento existencial con su némesis. Todo ello condiciona de forma trágica la existencia de los teóricos protagonistas: sus hijos, su mujer, la hija de la mujer a la que amó y traicionó…

La parte de la trama que se desarrolla a comienzos del siglo XXI tiene entidad por sí misma e incorpora con propósitos obviamente comerciales elementos como la especulación inmobiliaria, la mafia rusa y los abusos sexuales a menores. Sin embargo, nunca habrían podido sostener por sí solos una obra de esta entidad cuyo principal foco de interés, lo que le dota de singularidad, es su faceta de novela histórica, la recreación en muchos aspectos discutible de una época terrible y fascinante, en la URSS y, tangencialmente, en España. No daré detalles para no destripar más la historia. Baste con decir que Víctor del Árbol se las compone muy bien para ligar  y hacer confluir detalles y piezas que parecían inconexas, despejar todas las incógnitas planteadas y llegar a un desenlace impecable, aunque un tanto inverosímil por lo milimétricamente que encaja todo, hechos y sentimientos.

Al pasar la última página, es inevitable preguntarse si ha merecido la pena emplear tantas horas enganchado a Un millón de gotas o si se ha sido víctima de un prestidigitador que vende humo a precio de caviar. Algo parecido debieron preguntarse los lectores de El conde de Montecristo, con la que podría descubrirse algún parentesco, y no sólo en el estilo, sino incluso en la semejanza entre la isla de Názino de Elías Gil y el castillo de If de Edmond Dantés.