El ojo y la lupa

No es la mejor familia del mundo, pero es mi familia

Los comienzos de las novelas suelen ser más memorables que los finales, tal vez por la imperiosa necesidad –incrustada en el código genético de muchos escritores- de deslumbrar a quienes deben decidir si un libro pasa a la imprenta o se queda en el limbo. Sin embargo, en ocasiones, hay que esperar hasta el último párrafo para encontrar la frase que condensa todo el esfuerzo anterior. Así ocurre con La buena reputación (Seix Barral), de Ignacio Martínez de Pisón, cuyo mejor resumen, a la hora del cierre, son estas palabras: "No era la mejor familia del mundo, pero era su familia". Imposible –y menos tras la lectura de 633 páginas- no detectar el paralelismo con el celebérrimo inicio de Anna Karénina: "Todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera".

Martínez de Pisón se siente cómodo cuando se le compara con Galdós o Balzac, pero tampoco está muy alejado de Tolstói. Le emparentan con los grandes maestros del realismo su prosa clara y exacta pero, sobre todo, la extraordinaria capacidad para dotar de vida a sus personajes e insertarlos en un contexto social, que en este caso es el de las clases medias (su laboratorio literario preferido) durante buena parte del siglo XX, tanto en la España peninsular como en Melilla durante y después del Protectorado. Describe las peripecias de una familia de clase media que podría ser como tantas otras de no ser por una peculiaridad que se convierte en esencial y plantea profundos aunque con frecuencia ocultos problemas de identidad: la matriarca es una católica hija de militar destinado en aquella plaza de soberanía, pero su marido es un judío sefardí descendiente de los expulsados de la Península en 1492 por los Reyes Católicos.

De esta dualidad surgen dos novelas que no siempre conviven en armonía: la cotidiana que describe la vida familiar, con sus pocas grandezas y sus muchas miserias, y la exótica, que se centra en los equilibrios que Samuel Caro, el pater familias, tiene que hacer para ser aceptado en un contexto social ajeno sin renegar por ello de su condición esencial de judío. La buena reputación adquiere entonces un neto contorno etnográfico que ilustra una realidad casi desconocida, con episodios como la ayuda que los judíos del Protectorado prestaron en 1936 a Franco para el traslado de las fuerzas rebeldes a la Península, la autorización al contrario que en ésta de las Comunidades Israelíes en las ciudades españolas del Norte de África tras la Guerra Civil, o la Operación Yazhin, que con el generalísimo mirando hacia otro lado, permitió al Mosad trasladar a 25.000 sefardíes al nuevo Estado de Israel, cuando el fin de la presencia colonial en Marruecos (francesa y española) derivó en persecución, aunque sin llegar a los extremos de la que, en 1904, había provocado un éxodo hacia Melilla.

Son dos novelas las que hay en La buena reputación, y no cinco como el propio autor presenta su obra, cada una de ellas dedicada a un miembro del clan: el propio Samuel, su esposa Mercedes, su hija Miriam y los hijos de ésta, Elías y Daniel. Es difícil encontrar defectos formales a esta obra espléndida, escrita por un creador que odia la expresión oscura o enrevesada, utiliza una prosa sencilla para dar vida a personajes complejos, y abomina de modas y florituras que alejen del meollo de su obra y pueda confundir al lector.

Puestos a buscar fallos, el más visible sería el desequilibrio entre el interés que suscitan sus diversos protagonistas. Las vivencias de algunos de ellos (la hija, los nietos…) resultan a veces insulsas y aburridas, un efecto que estoy seguro de que no se le escapa a Martínez de Pisón, pero que seguramente es premeditado y que debe considerar esencial para transmitir la insustancial banalidad de la clase media, el objeto de su estudio entomológico.

La intensidad del relato se decanta del lado del matrimonio primigenio y, sobre todo, de ese Samuel Caro que era aceptado entre la comunidad sefardí de Melilla por sus buenas relaciones con el régimen franquista, pero que exhibe la escarapela de renegado de la que solo se libra cuando vuelve a sus raíces ancestrales y se convierte en un héroe que facilita el retorno de muchos judíos perseguidos a la Tierra Prometida. Es así como se hace merecedor a la buena reputación a la que alude el título. De hecho, su caída hacia la decadencia y algo parecido a la locura es consecuencia directa del impacto emocional de la muerte en el naufragio de un barco (el Pisces) de decenas de emigrantes a Israel, episodio histórico que pasó prácticamente desapercibido en su época, a finales de los años cincuenta del pasado siglo.

Hay un efecto indeseado que puede darse entre algunos lectores, sobre todo los que hayan leído la novela este verano, mientras las bombas israelíes no dejaban piedra sobre piedra en Gaza y segaban la vida de más de 2.000 palestinos, en su mayoría inocentes víctimas colaterales. En ese contexto, resulta más difícil sentir empatía hacia las penalidades de la comunidad judía de Marruecos, o mostrar comprensión ante sus dificultades para emigrar a una tierra que consideraban propia por decisión divina, pero de la que había que expulsar a otro pueblo con tanto o más derecho que ellos a poseerla. Este aliento de epopeya resulta ahora fuera de lugar.

Se echa en falta que Martínez de Pisón no mencione siquiera la palabra palestino en el libro, ni haga la más mínima referencia a la otra cara de la emigración judía hacia el nuevo Estado de Israel. Su coartada podría ser que ése no era el tema de la novela, y que tenerlo en cuenta podría haber distorsionado su desarrollo, pero ese purismo literario es difícil de defender a la vista de lo que ha ocurrido en las últimas décadas en la Tierra Santa para las tres principales religiones monoteístas.

La clave de las intenciones del autor se detecta en la página 257, donde el narrador omnisciente que preside La buena reputación habla de atrapar al lector a través de las palabras: "Adueñarse no solo de su atención, sino también de su espíritu, como siempre habían hecho los grandes novelistas, que cuando te contaban una historia sabían manejar tu estado de ánimo y tan pronto te conmovían con las penalidades de los personajes como te hacían sentir en toda su plenitud la inmensa dicha de estar vivos".

Con la reserva citada, queda claroque estamos ante una gran novela de un gran escritor, respetado y admirado de siempre por la gran mayoría de sus colegas y que recoge la herencia actualizado del glorioso realismo del siglo XIX. Resulta excesivo, no obstante, la frecuente comparación de su obra –contenida, ajena a toda épica- con los Episodios Nacionales de Galdós. En todo caso, con 11 novelas en el zurrón, y tras la espléndida El día de mañana, que obtuvo el Premio de la Crítica en 2011, Martínez de Pisón demuestra que le sigue quedando fuelle para completar un corpus literario con fuerza para convertirle en todo un clásico.