La rabia

Si Relatos salvajes, dirigida por Damián Szifrón y coproducida por los hermanos Almodóvar, se ha convertido en la película más taquillera de la historia del cine argentino es porque constituye una válvula de escape para el sentimiento que, cada vez más, domina a millones de ciudadanos: la rabia.

Se trata de esa misma rabia que acumulan la injusticia institucionalizada, la difícil lucha por la supervivencia, las duras circunstancias de la vida en una sociedad fracturada, la corrupción generalizada y el hecho de que tanta gente no mire más allá de su egoísmo. La misma rabia que puede llevar a tanta y tanta gente en situación límite a tomar decisiones desesperadas.

Szifrón ha puesto con maestría en imágenes, con ayuda de un puñado de intérpretes en estado de gracia (Ricardo Darín, Rita Cortese, Erica Rivas, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia…), lo que mucha gente ha pensado pero nunca se ha atrevido a hacer, quizás más por miedo y prudencia que por considerarlo inmoral.

A través de seis historias, puestas en escena con un trepidante dominio del oficio, ilustra situaciones extremas que enfrentan a sus protagonistas a su yo real y más oculto, deja aflorar su ruindad o su capacidad de dejarse llevar por una violencia salvaje, y les hace expresar en hechos una rabia teñida de sentido justiciero. Les saca fuera, en fin, esa rabia que les ahogaba.

¿Qué hará un pobre desgraciado, castigado por la vida, maltratado y despreciado por cuantos le han tratado, si consigue reunir en un avión a todos quienes le han hecho daño y él se pone a los mandos del aparato?

¿Hasta dónde estará dispuesta a llegar una joven camarera, con la complicidad de la cocinera, cuando entra en su modesto restaurante el empresario y político corrupto que arruinó a su familia, acosó a su madre y llevó a su padre al suicidio?

¿Cómo reaccionará el satisfecho conductor de un automóvil de lujo cuando, tras un absurdo incidente en la carretera, un cafre sin dos dedos de frente le lleva al límite de humillación?

¿Cuál será la decisión desesperada de un ingeniero experto en explosivos al que la grúa retira el coche sin motivo, es ignorado por el podrido aparato burocrático cuando intenta reclamar, pierde su trabajo por dejarse llevar por los nervios o su sentido de la justicia y, como consecuencia de todo ello, ve fracasar su matrimonio y está a punto de perder la custodia de su hija?

¿Qué fronteras legales y morales cruzará un padre cuyo hijo ha atropellado mortalmente a una mujer embarazada cuando, por salvarle, intenta comprar un cabeza de turco y se convierte en víctima de la codicia del fiscal y el abogado? Un caso en el que es difícil no pensar: se lo tiene merecido, que le den por donde le quepa.

Y, por fin: ¿será capaz de aguantar una novia radiante y enamorada el impacto de enterarse en el banquete de boda de que el marido no solo la engaña con una compañera de trabajo, sino que su amante se sienta sonriente a una mesa y quizás se burla de ella junto a varios amigos que están al cabo de la calle?

En la vida real, puede que estas situaciones marcadas por la rabia no hubiesen derivado en una explosión. Por unos motivos o por otros, la contención habría primado sobre el desahogo. La gente está acostumbrada a tragárselo todo, y en situaciones críticas como la actual, este castrante autodominio no hace sino extenderse, mutilando la capacidad de respuesta. La rabia se oculta, se almacena, carcome, destruye, pero la sociedad, la misma sociedad responsable de esos traumas, queda aparentemente a salvo, acumulando podredumbre e injusticia.

Relatos salvajes ofrece la oportunidad de dejar escapar la rabia durante un par de horas. A la salida del cine, se puede volver a cerrar la espita y a tragar con lo que haga falta. Porque en la calle espera la vida real. Pero por un rato se produjo el milagro, solo posible si hay buen cine de por medio. Y la película de Szifrón es del mejor. No hay que perdérsela.