Eutanasia ‘de lujo’ en Israel, eutanasia a bombazo limpio en Gaza

Me deja una incómoda impresión de malestar el hecho de que el máximo galardón, la Espiga de Oro, de la 59ª Semana Internacional de Cine de Valladolid, haya recaído en el filme israelí La fiesta de despedida, de Sharon Maymon y Tal Granit, una tragicomedia que, entre sonrisas y ojos húmedos, constituye un alegato a favor de la eutanasia. Trata de un grupo de ancianos judíos, de los que  unos se enfrentan al alzheimer o el cáncer en estado terminal y otros al dilema de cómo aliviar su sufrimiento y facilitarles una muerte dulce, en un país en el que la influencia de los partidos religiosos convierten esa práctica en delito.

Sin ser una película redonda, el premio no tendría nada de escandaloso de no ser porque ignora lo que nunca se debería obviar: que cuesta aislar cualquier cosa que ocurra hoy en Israel, incluido cuanto afecta a su modelo social, sin relacionarlo de alguna manera con lo que pasa en la Gaza reducida a escombros y en la Cisjordania ocupada por el Tshahal.

El contexto es esencial. La mayoría de los israelíes hebreos tienden a considerarse orgullosos ciudadanos de una isla de modernidad y democracia en un océano árabe y musulmán de pobreza y fanatismo. Pero no existe tal isla. Tampoco una auténtica atmósfera de tolerancia. Un muro, por alto que sea, no basta para separar a dos pueblos.

Los octogenarios de La fiesta de despedida viven en lujosos apartamentos de un complejo residencial con todos los servicios y comodidades imaginables y tienen libre acceso a la mejor asistencia sanitaria que el Estado o los seguros privados puedan pagar. Sus dudas a la hora de plantearse cómo acabar con el sufrimiento y la agonía de sus seres queridos tienen carácter moral, legal y práctico, pero nunca económico. Incluso tienen acceso a la tecnología que les permite construir una máquina que hace posible la muerte sin dolor.

Si se tiene talento (y en la película no escasea) se puede mostrar esta dura problemática con delicadeza y buen humor, dejando un buen sabor en el espectador. Pero a estas alturas del conflicto palestino-israelí, el juicio al filme no puede limitarse a los aspectos técnicos y artísticos. Exige ir más lejos. Porque esta eutanasia para ricos contrasta brutalmente con esa eutanasia para pobres que el Ejército judío, armado por Estados Unidos, aplica en una Gaza cuyos habitantes se encuentran ya en estado terminal como consecuencia del opresivo cerco militar y el estrangulamiento económico. No hay muertes dulces en la franja, ni cóctel de fármacos para sedar primero y matar después, evitando el sufrimiento. Sólo eutanasia a bombazo limpio.

¿Demagogia? Quizás. Pero tal vez sólo sea posible avanzar hacia el fin de este brutal despropósito que envenena de odio Oriente Próximo (y más allá) si no se desaprovecha ocasión, por peregrino que sea el nexo, para denunciar la política agresiva de Israel hacia el pueblo con el que comparte tierra, mal que le pese. Tal vez así, y con menos hipocresía y una actitud más firme de un Occidente cuya tolerancia hacia el Estado judío se confunde con complicidad, sea posible que un día éste deje de ser una isla en Oriente Próximo y coexista en paz con sus vecinos.

Nada que objetar en cambio a los galardones obtenidos por Camino de la Cruz, del alemán Dietrich Brüggemann: Espiga de Plata, Premio Fipresci de la Crítica Cinematográfica y Premio del Jurado Joven. Se trata de un filme que podría muy bien titularse El fanatismo religioso perjudica gravemente la salud. Fanatismo católico, en este caso, el de la Sociedad de San Juan de Dios, con una radical y fundamentalista interpretación de la religión que, inculcada en María, la adolescente protagonista del filme, la conduce a la renuncia constante a cualquier satisfacción material y, por fin, a ofrecer su propia vida (y no es una metáfora) para que su hermano de cuatro años pueda hablar.

La película tiene un comienzo magistral: una larga escena, prodigio de equilibrio dramático, en la que un sacerdote de la orden explica esta vía al sacrificio a seis adolescentes a punto de recibir la Extremaunción. Una madre tan fanática como el cura completa en casa el proceso de autodestrucción de María.

Cine con mayúsculas, del que siempre se esperan unas cuantas muestras en la Seminci, aunque haga bastante tiempo que perdió su etiqueta oficial de Cine Religioso y de Valores Humanos. Por cierto: el distribuidor anunció en la gala de clausura que se estrenará el 12 de diciembre.

Me cuesta entender, por último, que Dos días, una noche, de los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne, se haya ido de vacío en el palmarés. Pasó desapercibida para un jurado heterogéneo al que no impresionaron ni la emotiva y contenida interpretación de Marion Cotillard, ni la difícil simplicidad y economía expresiva de la realización ni, sobre todo, el contenido social y de valores humanos que ha marcado durante décadas el carácter de la Seminci.

El filme narra cómo una mujer despedida de su trabajo tras superar una depresión lucha durante un frenético y angustioso fin de semana por obtener la solidaridad y el sacrificio material de sus compañeros,  enfrentados al dilema de elegir entre que se la readmita o perder una prima de 1.000 euros. Cine comprometido, cine de la crisis, cine militante de alto valor moral en estos tiempos oscuros. No diré más porque, estrenada comercialmente coincidiendo con su presentación en el festival, la película ya ha sido glosada aquí por Begoña Piña.