El ojo y la lupa

Rojos, blancos y políglotas

William Gerhardie (1895-1977) es uno de esos semidesconocidos autores ingleses en cuyo rescate para lectores en castellano se empeña desde hace años Enrique Redel, editor de Impedimenta. Es el caso de Stella Gibbons (la saga de Flora Poste), Edmund Crispin (La juguetería errante), Penelope Fitzgerald (El inicio de la primavera), Elizabeth Bowen (La muerte del corazón) o David Nobbs (Caída y auge de Reginald Perrin). En todos los casos está garantizada una escritura clásica  y contenida, con ese agradable poso que deja la obra bien hecha.

Los políglotas va en esa línea, pero no se desarrolla en los ambientes rurales o urbanos típicamente ingleses de las obras citadas. Gerhardie, a tono con una biografía que le hizo nacer en la San Petersburgo zarista y ser testigo en la Rusia asiática de la guerra entre blancos y rojos que siguió a la revolución bolchevique, crea un peculiar protagonista y narrador: George Hamlet Alexander Diabologh.

Se trata de un joven oficial británico, con ínfulas literarias, que jamás ha disparado un tiro, que se preocupa de mantener los lazos de su heterogénea familia, que cumple misiones de tanto valor estratégico como seguir la pista a 50.000 gorras perdidas, y que deambula al filo de 1920 por Tokio, Vladivostok, Harbin (entonces rusa, hoy china), Pekín, Shanghai, Hong Kong y otros lugares sacudidos por la sinrazón enloquecida de un conflicto que cambiaría el rumbo del siglo XX.

Gerhardie utiliza la guerra como desvaído telón de fondo, no muestra simpatías por ningún bando, y tampoco justifica ni condena el intervencionismo interesado de las grandes potencias en un conflicto del que deberían haberse mantenido al margen. Lo que realmente le interesa son los personajes, esos políglotas que no siempre hablan varias lenguas, pero cuyas vidas son transnacionales y se apartan de la rutina.

Son seres peculiares, exóticos, estrambóticos, con frecuencia inconscientes e incapaces de centrarse, que viven en una burbuja mientras el mundo se desmorona alrededor.  Como la familia inglesa que se afincó en la siberiana Karsnoyársk en la época zarista y que hizo allí fortuna antes de perderlo todo. O como sus parientes anglo-belgas que emigraron al Extremo Oriente para ponerse a salvo de la Gran Guerra que ensangrentaba Europa. O como el propio Diabologh, sobrino o primo de todos ellos. O como los militares rusos a los que la revolución pilla en fuera de juego, a los que, más allá de cualquier ideología, gustaría por puro pragmatismo sumarse al bando ganador, pero que se ahogan en el desconcierto porque no está claro quien terminará ganando la partida.

"El mundo se había salido de sus casillas", reflexiona el narrador, "y daba vueltas en un mar de chifladura; aquellos pocos lunáticos giraban independientemente como parte de ese mundo: ¡ruedas dentro de ruedas! (…) Tan sensatos, amables y relevantes eran en el pequeño mundo de su delirio que nosotros, los grandes lunáticos, empeñados como estábamos en hacer la guerra y la revolución, les permitíamos a los pequeños lunáticos andar sueltos".

En cuanto a la guerra —las guerras en general— Gerhardie las descalifica como "asuntos sumamente estúpidos, dirigidas por gente estúpida [en las que] los hombres que de ordinario estarían a la sombra pasan a primer plano y organizan un llamado servicio secreto, cuyos agentes se pasan el rato enviándose unos a otros información sobre todo tipo de individuos lunáticos e inocentones".

Si, dentro de sus heterogéneas adscripciones culturales, hay algo que une a la mayoría de los miembros de esa galería de feria, aparte de los lazos de parentesco, es la desubicación, la incapacidad para encontrar una salida a su desorientación, el desconcierto ante una situación que les supera, el empeño pese a ello por mantener la apariencia de normalidad en medio del caos.

Añádanse unos diálogos ágiles y un humor sutil que, pese a algunos toques trágicos, es difícil no encontrar en cada página y se tendrán las claves que, durante décadas, han permitido varias recuperaciones de Los políglotas en el Reino Unido y convirtieron a su autor en más apreciado por sus compañeros de profesión que por los mismos lectores. Graham Greene le consideraba el escritor más brillante de su generación. Y Evelyn Waugh llegó a decir: "Yo tengo talento, pero lo de Gerhardie es genialidad".