Dario Fo: Lucrecia Borgia era una buena chica

Ni intrigante cuya ambición no tenía límites, ni corrupta, ni adúltera compulsiva, ni cruel e implacable, ni hábil envenenadora, ni conspiradora profesional, ni amante incestuosa de su padre (el Papa Alejandro VI) y de su hermano César, inspirador de El príncipe de Maquiavelo. Dario Fo, en Lucrecia Borgia. La hija del Papa (Siruela), reivindica cinco siglos después de su muerte en 1519 a los 38 años una figura fascinante cuyo recuerdo ha superado el paso del tiempo gracias a una imagen deformada que la presentaba como prototipo del mal en estado puro.

Desechando de forma radical esa leyenda negra, el premio Nobel italiano, con un recurso extenso a fuentes documentales, convierte a Lucrecia en esta biografía novelada en una mujer de su tiempo, ilustrada y mecenas de las artes y las letras, amante del buen gobierno, honrada estadista, generosa y altruista, pero con un destino marcado por la tragedia y la calumnia. Y, sobre todo, una víctima inocente de las intrigas de su familia, que la utilizó como moneda de cambio en una Italia desgarrada en la que el Pontífice utilizaba su teórico poder espiritual emanado del Altísimo para acrecentar su poder temporal y servir a sus ambiciones personales.

De tanto que la honra cabe preguntarse si Fo, por muy encomiable que resulte su intento de borrar cuanto de injusto pueda tener el siniestro retrato de Lucrecia predominante durante cinco siglos, no se habrá pasado de rosca hacia el otro extremo, sin recalar en el justo punto de equilibrio. Sea como sea, la novela —primera de su prolífico autor— ofrece una lectura apasionante, como apasionantes son su singular protagonista y la época convulsa en la que le tocó vivir.

Los Borgia (Borja en su origen valenciano) nunca pasan de moda. De cuando en cuando surgen nuevos libros, novelas, películas y hasta series de televisión que los utilizan como materia prima para asegurarse un éxito que suele basarse en el escándalo y la exageración. Ahora mismo, y aparte la obra de Fo, esta familia originaria de Xàtiva, que hizo fortuna en la Italia del Renacimiento, es protagonista de una exposición en el museo Maillol de París (Los Borgia y su tiempo) que busca la verdad sin abjurar del morbo.

De forma simultánea, Alejandro VI y su hijo César (en su triple condición de cardenal, guerrero y político) son personajes troncales en las disputas entre Aragón y Francia, que se llevan buena parte del metraje de Isabel, de la que, por cierto, está ausente el personaje de Lucrecia. Aparte de reflejar que el desprecio del Papa Borgia por el celibato era compatible con la búsqueda de prebendas y honores para su retoño predilecto, la serie presenta al Pontífice como un hábil y astuto estadista siempre a la búsqueda de sacar provecho de la rivalidad entre las dos potencias, Francia y Aragón, cuyos intereses entraban en conflicto en la bota italiana.

Dario Fo sostiene que los Borgia, con todos sus excesos, pero también con su mecenazgo artístico y su visión de Estado, eran preferibles a muchos políticos actuales, cortos de miras e inspirados tan sólo por el ansia de conquistar el poder o mantenerse en él. Y después de todo, viene a decir, aquellas intrigas, aquellas conspiraciones no eran tan diferentes a las de hoy, solo que a éstas les falta altura de miras.

Si ese diagnóstico sirve para los Borgia en su conjunto, mucho más es pertinente en el caso de Lucrecia, que según Fo no estaba contaminada por el lado oscuro de su padre y su hermano. El escritor, buen conocedor de una época en la que ha ambientado una decena de obras, plasma con un fuerte pulso narrativo el trauma que para Lucrecia supuso saber a los 14 años que su tío, el cariñoso cardenal Borgia, era en realidad su padre y que aquel a quien había considerado siempre como tal se trataba en realidad en un progenitor de alquiler.

Resulta curioso que la paternidad quedase oculta —o al menos sin exhibirse— cuando el futuro Alejandro VI era tan sólo un príncipe de la Iglesia y que se proclamase cuando fue elegido Papa, una muestra de hasta qué punto se sintió invulnerable en cuanto se sentó en la silla de Pedro. Para que cinco siglos después nos vengan con historias sobre lo esencial que es el celibato sacerdotal en la vida de la Iglesia…

A partir de ahí, el Papa utilizó a Lucrecia (como por cierto los Reyes Católicos a su prole) para concertar matrimonios que consideraba necesarios para forjar alianzas ventajosas: primero con Giovanni Sforza, duque de Pesaro, al que se obligó a declararse impotente —tenía muchos defectos, pero no éste— cuando el enlace ya no le resultó útil; luego, con Alfonso de Aragón, instrumento al servicio de las ambiciones en Nápoles de César Borgia y asesinado por orden de éste en cuanto fue una rémora; y, por fin, con Alfonso de Este, duque de Ferrara, una posición que permitió a Lucrecia demostrar sus dotes de estadista, imbuida de un sincero deseo de justicia y de bienestar para los más pobres (llegó a crear un Banco de Piedad para acabar con la usura), y de mecenas de las artes y las letras. De esa última época (murió en 1519 a los 38 años) data su romance con el poeta Pietro Bembo, adulterio que Fo presenta como resultado de una desbordante pasión tan intelectual como física.

El retrato amable de Lucrecia se ve enriquecido con detalles como su altruista recluta de tropas para ayudar en un momento de apuro al hermano que tanto mal le había causado, la atención que prestó a mejorar la situación en las cárceles, o la fundación de un convento revolucionario para su tiempo porque promovía la acción práctica antes que la inútil vida contemplativa.