El Nobel Modiano, en el café de la juventud perdida

Un escritor no es necesariamente un buen crítico de su propia obra, pero las claves sobre la misma que dio el pasado domingo Patrick Modiano en su discurso del Nobel resultan muy esclarecedoras. Se definió como un “niño de la guerra” marcado por su fecha de nacimiento (1945) y por tanto por la previa ocupación alemana, así como por la época en la que nació y ha vivido, algo así como un “prisionero de su tiempo”, aunque dé la impresión de ser un solitario atrincherado en su torre de marfil. También se reconoce un nostálgico —si no deudor— de los novelistas del XIX, una época en la que el tiempo transcurría con esa lentitud que considera esencial para la labor del narrador. Y como un tímido abrumado por la repercusión del premio que quizá teme que tanto estruendo a su alrededor le aparte de ahondar en una obra que aún está lejos de dar por concluida.

Por otra parte, nadie se atreve a decir que Patrick Modiano no sea un buen escritor, pero se percibe a veces la duda de si será del todo merecida la concesión del Nobel, con lo que se arroja la sombra de una sospecha: que no alcance la estatura de un grande. Me parece una flagrante injusticia, pero el caso es que se insinúa que, a lo largo de una carrera literaria de casi medio siglo, no ha hecho sino escribir capítulos con frecuencia repetitivos de un mismo libro. En él se homenajea la idea del eterno retorno de Nietszche, se refleja la obsesión por la culpa francesa durante la ocupación del país, se escarba en los vericuetos de la memoria, se exacerba el poder de la nostalgia y se recorre, describe y homenajea a un París hoy casi desaparecido, en el que los viejos cafés con sus tertulias han dado paso a franquicias sin alma. Tanto se habría esforzado en la forja de un universo propio, en acuñar esa identidad y atmósfera literaria modianescas, que quizá le haya faltado aliento para escribir una sola obra del tamaño y la densidad imprescindibles para ser definitiva a indiscutible, para dejar una huella perdurable.

¡Como si El extranjero, de Camus, que se lee en un suspiro, no fuese por culpa de su brevedad una obra maestra! O como si no ocurriera otro tanto con la práctica totalidad de las novelas de Coetzee. Es cierto que las ficciones de Modiano son breves, que la Trilogía de la Liberación (tres novelas independientes) ha cabido en un volumen de menos de 400 páginas, o que En el café de la juventud perdida (Anagrama, como casi toda su producción en castellano), que se glosa en esta columna y que ya va por su sexta edición, apenas llegue a las 130. También es cierto que hay algo común que permite al no iniciado acercarse a cualquier punto de su trayectoria literaria y captar la esencia de su obra. A ese propósito sirve la elección de En el café… Podría haber sido cualquier otra de sus novelas y el comentario no diferiría en lo sustancial.

No hace falta recurrir a un refrán para concluir que la brevedad, por sí misma, no es un defecto, sino si acaso lo contrario, porque exige un ejercicio de concisión, de centrarse en lo realmente importante, de suprimir lo superfluo —en el fondo y en la forma— que, si el talento acompaña, puede conducir como en este caso a la excelencia literaria. Así, el Modiano de las novelas cortas no se aleja tanto de, por ejemplo, Proust y su monumental tiempo perdido.

En cuanto a que Modiano tenga un monotema del que no se despega casi nunca, la acusación, más que ser falsa, confunde una supuesta falta de imaginación con la dedicación obsesiva a crear un universo propio, un espacio personal, en términos conceptuales e incluso topográficos. El París del último Premio Nobel es tan identificable como el Dublin de Joyce y la Lisboa de Pessoa, dos escritores con los que, además de con Proust, presenta claros parentescos, y de los, que conscientemente o no, recibe notables influencias. Pero, al mismo tiempo, es un París diferente y único, que pertenece al escritor que lo ha explorado, redescubierto y dotado de una atmósfera fruto de su sensibilidad literaria.

Esta topografía parisina se ve con toda nitidez al leer En el café de la juventud perdida o, por citar la novela de Modiano que tengo más reciente, en Accidente nocturno. Los personajes de En el café…, en especial la protagonista, Louki, se mueven por las calles de una ciudad impregnada de una atmósfera que está en armonía con el carácter de los personajes literarios que la transitan; un París que ya no existe, al que no se glorifica como si fuera el paraíso perdido, pero cuya transformación, incluida la desaparición de los cafés en los que se daba cita la bohemia literaria, constituye una desgracia personal para el autor, que intenta rescatarlo con su poderoso poder de evocación.

En el café de la juventud perdida, publicada en Francia en 2007, no es su última novela, pero sí una de las más modianescas. Décadas después de los hechos fundacionales, pero con su vida aún marcada por ellos, y especialmente por el recuerdo de la enigmática Louki, el protagonista vuelve la vista atrás a los días de la tertulia en el viejo y ya desaparecido café Condé, a los hilos invisibles que enlazaron las vidas de sus parroquianos, a los misterios que ocultaban casi todos ellos, a las incertidumbres e inseguridades de la generación que estaba entonces en la veintena, en la década de los sesenta del pasado siglo. Rememoran esa época con nostalgia y con el dolor por un suceso trágico, pero coherente con lo que nos dejan saber de ellos. Un final casi existencialista, que evoca el de El extranjero, y que deja en el lector un acre sabor a incomprensión y desaliento.