El ojo y la lupa

‘Birdman’ y ‘De qué hablamos cuando hablamos del amor’

Ya se ha escrito demasiado sobre Birdman, la película de Alejandro González Iñárritu protagonizada por Michael Keaton con la que ambos se meten de lleno en la carrera hacia los Oscar (el actor ya se ha hecho con el Globo de Oro). Sería redundante insistir en el análisis del personaje principal, celebérrimo por sus papeles de superhéroe en el cine pero caído en el ostracismo y que busca en Broadway su redención artística y personal a través de la adaptación, dirección e interpretación de un texto corto de Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos del amor.

Algo no me acababa de cuadrar en la versión del relato que se presenta en el filme, así que he releído el original del autor de Oregón. Se publicó en España por primera vez en 1987 en la colección Panorama de Narrativas de Anagrama. Mi ejemplar, de páginas ya amarillentas y oliendo a viejo, conserva todavía el precio escrito a lápiz: 970 pesetas (algo menos de seis euros). Es una recopilación de 17 relatos escritos entre 1974 y 1981, de 150 páginas en total, de las que tan solo 16 corresponden a De qué hablamos cuando hablamos del amor.

La fidelidad al texto es absoluta en el pasaje en el que se describe cómo un anciano superviviente de un terrible accidente de tráfico se hunde en la melancolía, no por el dolor o las dudas sobre su recuperación, sino porque los vendajes y escayolas que le convierten casi en una momia le dejan una rendija tan minúscula al exterior que le impide ver a su mujer, que yace a su lado en condiciones similares. "¿Al hombre le rompía el corazón no poder volver la maldita cabeza para ver a su maldita esposa". Osea, que se trataba de una muestra de "amor verdadero", el tema sobre el que dos parejas discuten con pasión en una de esas reuniones de amigos en las que tanto se puede hablar de banalidades como de la sustancia de la vida.

La disonancia respecto al origen literario se aprecia, sin embargo, en el hecho de que, en la versión teatral que se recoge en el filme, se produce un hecho trágico, un suicidio, resultado de la desesperación que provoca el amor no correspondido. En el relato de Carver, el desenlace es el mismo, pero está precedido de graves episodios de violencia doméstica y amenazas de muerte que, años después, son descritos por quien los sufrió como pruebas de un amor desesperado, aunque de un tipo muy diferente al del anciano accidentado.

"Una noche me dio una paliza", recuerda la víctima de los malos tratos. "Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: ‘Te quiero. Te quiero, zorra’. Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas. ¿Qué se puede hacer con un amor así?" Por supuesto, surge un apasionado debate sobre la naturaleza del sentimiento que conduce a ese comportamiento. "Dios mío, no seas boba. Eso no es amor", le dice su nuevo marido. Pero ella insiste: "Sé que era amor. Puede sonarte a disparate, pero es verdad. (…) Me amaba. A su modo, quizá, pero me amaba".

Cabe dudar de que Carver hubiera escrito ese texto en estos tiempos de reinado de lo políticamente correcto, cuando lo que un día se describió como "crímenes pasionales" que llevaban a muchos jueces y jurados a ser benevolentes se ha trocado con toda justicia en violencia de género, socialmente condenada y consagrada en el código penal –al menos el español- como un agravante.

Birdman no trata en realidad sobre De qué hablamos cuando hablamos del amor, sino de egos, teatro, cine, fama, arte, crítica, pasión, interpretación, desesperación, búsqueda de la perfección, industria del entretenimiento y hasta redes sociales. Por el contrario, el relato de Carver, como indica su título, escarba en la esencia del amor. Y no llega a ninguna conclusión, solo insta a la reflexión. A fin de cuentas, para los cuatro amigos quizá sea tan solo un tema más de conversación. Quién sabe si en el siguiente encuentro discutirán con parecida pasión sobre política o el destino de sus próximas vacaciones.

En todo caso, y puede que sea de eso de lo que va esta columna, estaría bien que ir al cine fuese de vez en cuando un trampolín hacia el enriquecimiento personal que supone saltar de una película hacia el libro con el que se emparenta.